Aug 11, 2026 Last Updated 7:29 PM, Aug 10, 2026

Escribe Francisco Moreira 

El golpe militar estuvo al servicio del plan de las grandes empresas y el FMI. La resistencia obrera y popular terminó derribando a la dictadura en 1982. Pero desde 1983 los sucesivos gobiernos continuaron aplicando los planes de ajuste y saqueo del FMI. La lucha continúa bajo el gobierno de 
Javier Milei.  

En marzo de 1976 los militares dieron el golpe e instalaron el terrorismo de Estado, un régimen de represión generalizada. Fueron suprimidas todas las libertades democráticas, intervenidas las organizaciones obreras y suspendida la actividad de los partidos políticos. La dictadura masificó los métodos represivos que ya se venían aplicando bajo el gobierno de Isabel Perón, impulsados por el siniestro ministro José López Rega, las patotas de la burocracia sindical y la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A).1 Miles fueron a las cárceles, torturados, asesinados y desaparecidos. Así buscaron aniquilar a la vanguardia de luchadoras y luchadores. Por eso gran parte de los 30 mil detenidos-desaparecidos son dirigentes, delegados y activistas sindicales y estudiantiles.

El movimiento obrero y popular fue derrotado, al tiempo que las patronales y el imperialismo lanzaron un ataque implacable para imponer sus planes de hambre y entrega bajo la batuta del general Jorge Rafael Videla y su ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz. Su objetivo era aplicar un plan económico de liquidación de las conquistas sociales y de saqueo del país. El genocidio se puso al servicio del FMI, de los grandes empresarios extranjeros y nacionales como Techint de la familia Rocca, Loma Negra de Amalita Fortabat, Molinos de los Pérez Companc, los Pescarmona o los Macri; también al servicio del capital financiero y de la estafa de la deuda externa.

Mientras esto sucedía, el presidente de la Conferencia Episcopal, obispo Adolfo Tortolo, convocaba a colaborar con el gobierno de Videla. Hoy, mientras Javier Milei niega el genocidio, los políticos patronales se llenan la boca hablando de “democracia” y repudian a la dictadura, pero en ese entonces acudían presurosos a colaborar. Los radicales aportaron embajadores e intendentes a la dictadura. El justicialista Tomás de Anchorena fue embajador en Francia. Muchos de ellos concurrieron a la confitería El Molino el 1º de diciembre de 1978 a la cena anual del Círculo de exlegisladores. El encargado del brindis fue el mismo Videla y entre los presentes estaban los radicales Ricardo Balbín y Antonio Tróccoli, treinta ex diputados justicialistas y hasta ex diputados comunistas, como Jesús Mira y Juan Carlos Comínguez.2

La resistencia, Malvinas y el fin de la dictadura

En medio de semejante horror empezó la resistencia obrera y popular que finalmente llevaría a la caída de la dictadura. Los militares, que venían para quedarse por décadas en el poder, duraron siete años. En su crisis y caída la clase trabajadora tuvo un protagonismo central.

A pesar de la derrota del golpe, las y los trabajadores empezaron una lenta recuperación. Ya en mayo de 1976, en Renault de Córdoba reclamaban aumento salarial con “trabajo a tristeza”. En los años siguientes hubo luchas de Luz y Fuerza, portuarios, trabajadores de subterráneos y ferroviarios. En 1979 hubo huelgas en Alpargatas, IME, Renault, Ferrum, Galileo, Capea, Santa Rosa (después Acindar) y Siam. Entre tanto, en abril de 1977 se realizó la primera ronda de las que luego serían las Madres de Plaza de Mayo.

En 1980 se produjo una grave crisis económica. Se terminaba la época de la “plata dulce” y sectores de la clase media, que habían paseado por el mundo porque había un dólar barato, comenzaron a entrar en crisis. La dictadura se quedaba así sin apoyo social, con la clase media uniéndose de hecho a la resistencia obrera. Aparecieron acciones populares moleculares cada vez más importantes: movimientos contra la censura de intelectuales y artistas o contra los impuestazos, y fue tomando forma la consigna “abajo la dictadura”. En julio de 1981 se produjo una huelga general parcial de la CGT.

La dictadura empezó a tener cada vez más dificultades y a entrar en crisis. En 1982, en un intento desesperado por sostenerse, el general Leopoldo Fortunato Galtieri, ahora al frente de la dictadura, lanzó la toma de Malvinas. El objetivo era tratar de desviar hacia los ingleses el odio popular creciente contra la dictadura. En ningún momento creyeron que iba a haber una guerra. Insólitamente creían que el imperialismo yanqui los iba a apoyar en una negociación con los ingleses para quedarse con las Malvinas. Cometieron varios errores a la vez. Los yanquis se unieron a los ingleses y la guerra de Malvinas provocó una movilización de masas antiimperialista, nacional y latinoamericana, que fue contra el gobierno militar, que rápidamente capituló. El papa Juan Pablo II vino al país para reforzar la actitud derrotista de la burguesía argentina. El 15 de junio una concentración popular en Plaza de Mayo gritaba: “Los pibes murieron, los jefes los vendieron”. Se produjo un vacío de poder. La dictadura caía. Galtieri tuvo que renunciar y los militares no tuvieron otra salida que irse a las corridas a negociar con los políticos patronales para convocar a elecciones.

De Alfonsín a Milei

La caída de la dictadura fue un inmenso triunfo revolucionario del movimiento de masas. Pero los políticos del sistema se unieron entonces en la Multipartidaria para desviar la movilización popular hacia las elecciones, buscando hacer creer a las masas que la alternativa a sus reclamos de justicia social y libertades pasaba por votarlos a ellos. Los socialistas revolucionarios dijimos entonces que era una mentira y que, aunque participamos en las elecciones, había que seguir la lucha por un gobierno de las y los trabajadores y por una Argentina socialista, para lograr el no pago de la deuda y los cambios de fondo.

Millones votaron entusiastas al radical Raúl Alfonsín en 1983. Creyeron que “con la democracia se educa, se come y se cura”. Pero las expectativas fueron defraudadas. Alfonsín continuó pagando la deuda y aplicando los planes dictados por el FMI. Luego, con el peronista Carlos Saúl Menem, a pesar de las promesas de “salariazo y revolución productiva”, vinieron las privatizaciones y creció la desocupación. Los gobiernos radicales y peronistas impusieron las leyes de impunidad (Obediencia Debida y Punto Final) y los indultos para salvar a los genocidas de la cárcel.

El Argentinazo, en diciembre de 2001, con sus consignas “que se vayan todos” y “sin peronistas, sin radicales vamos a vivir mejor”, fue el punto más alto de repudio a los gobiernos, partidos y políticos patronales tras la caída de la dictadura. Fue una rebelión popular que tiró al gobierno radical de Fernando de la Rúa, impuso la suspensión del pago de la deuda y obligó a retomar los juicios contra los genocidas. Los Kirchner, a pesar de su doble discurso, volvieron a pagar la deuda externa. Cristina Fernández se autotituló “pagadora serial”, pero la deuda continuó creciendo, al igual que la inflación y la pobreza. Mauricio Macri nos volvió a endeudar con el FMI e intentó salvar a los genocidas con el 2x1. Alberto Fernández mintió cuando dijo “entre los bancos y los jubilados, elijo a los jubilados”.

A pesar de las promesas, los gobiernos patronales sucesivos tras la caída de la dictadura continuaron con los planes de ajuste, profundizando el hambre, la entrega y el saqueo. Hoy el gobierno ultraderechista y negacionista de Javier Milei, con su plan motosierra, es la expresión más cruel de ese modelo.

Una nueva dirección para una Argentina socialista

A cincuenta años del golpe, miles y miles se movilizarán en todo el país contra el negacionismo de Milei, para reafirmar el repudio a los militares genocidas, para homenajear a los caídos en la lucha por recobrar las libertades democráticas y para seguir exigiendo el castigo a los represores de ayer y de hoy. Las y los trabajadores y el pueblo no están derrotados y siguen dando pelea contra los planes de ajuste y de reformas al servicio de las patronales y el FMI, por salario y trabajo. El gobierno de Milei evidencia que el sistema capitalista en nuestro país se basa en el saqueo y la subordinación al imperialismo y en la explotación al servicio de las ganancias de los grupos empresarios. No representa una salida para el pueblo trabajador.

Los socialistas seguimos creyendo que para resolver las tareas aún pendientes hay que unir todas las luchas y encaminarlas hacia los cambios de fondo que necesitamos. Luchamos por un gobierno de las y los trabajadores que realmente termine con la impunidad y con el modelo de saqueo y entrega al imperialismo, avanzando en construir una Argentina socialista. Para ello es imprescindible apostar por nuevos dirigentes políticos y sindicales. Ante la bronca que crece contra el gobierno nacional y sus aliados, el peronismo no es la salida. Necesitamos construir un partido socialista revolucionario que contribuya a lograr la unidad de la izquierda, las y los trabajadores y los sectores populares, para que gane cada lucha obrera, democrática y popular.


1. Ver El Socialista Nº 621, 25/02/2026
2. Revista Gente, Año XIII, Nº 698, 07/12/1978.

Reproducimos notas de Mercedes Petit de El Socialista Nº 24, 15/3/2006 por el 30 aniversario del 24M.


Escribe Mercedes Petit, dirigenta de Izquierda Socialista/FIT Unidad

En marzo de 1976, el Partido Socialista de los Trabajadores (PST) contaba con aproximadamente 4 mil militantes, en su mayor parte trabajadores (2 mil estaban organizados en la Juventud Socialista de Avanzada). Se había convertido en uno de los partidos trotskistas más grandes del mundo. Bajo la dictadura, desde la más completa clandestinidad, siguió activando en los lugares de trabajo y estudio, y en los barrios obreros. Su objetivo, ser el partido revolucionario que acompañe a la clase trabajadora en la lucha por el gobierno y el socialismo, continúa hoy.

Desde su fundación en 1972, el PST* se fue transformando en una fuerza importante entre los delegados, activistas y dirigentes obreros que enfrentaban a los gobiernos de Lanusse, primero, y del peronismo, después. En las elecciones de septiembre de 1973 (cuando Perón ganó con siete millones de votos) su fórmula presidencial, integrada por Juan Carlos Coral y José Francisco Páez, sacó más de 200 mil votos.

Tenía un peso importante en gremios como metalúrgicos, Smata, bancarios y docentes. En marzo de 1975 volcó sus mayores esfuerzos en el apoyo a la huelga metalúrgica de Villa Constitución. En junio, sus dirigentes obreros cumplieron un papel de vanguardia impulsando la movilización y la coordinación de las fábricas de la zona Norte del Gran Buenos Aires, que detonaron el Rodrigazo y provocaron la caída del ‘Brujo’ López Rega y de Rodrigo.

Esa presencia en los sectores más combativos de los trabajadores dio lugar a que la represión se ensañara con el PST desde 1974. En 1975 ya parte de la actividad partidaria se desarrollaba en la semiclandestinidad.

Las vísperas

En 1976 la lucha de la clase obrera argentina acorralaba al gobierno peronista de Isabel Martínez y su ministro de Economía, Emilio Mondelli, quienes insistían en los intentos de aplicar el plan de ajuste y entrega que exigía el FMI. El PST estaba en primera fila impulsando los conflictos y el plan de lucha para derrotarlos. Al mismo tiempo, denunciaba el peligro golpista, que iba tomando cuerpo a medida que Isabel mostraba su impotencia para derrotar a los trabajadores. Las acciones cada vez más aisladas e irresponsables de la guerrilla llevaban agua al molino represivo (ver recuadro).

La lucha contra la dictadura

Apenas instalada en la Casa Rosada, con uno de sus primeros decretos, la junta militar prohibió la existencia del PST. Los demás partidos políticos fueron “congelados”. Nuestro partido fue proscripto, la mera pertenencia al mismo era delito. Hubo que pasar varios años en la clandestinidad total. A pesar de la represión, la actividad militante se siguió desarrollando en esas extremas condiciones. Se retomó la publicación del periódico (con distintos nombres: La Yesca, Opción y Palabra Socialista), que se difundió en las empresas y en los barrios con todo tipo de recaudos.

En reuniones breves, a veces de unos minutos, en bares o lugares de movimiento de gente, con suma puntualidad, los militantes se encontraban, intercambiaban materiales (camuflados en paquetes de cigarrillos y otros envases), informes políticos y las novedades y orientación para la militancia en los distintos frentes.

En los tempranos conflictos que empezaron a golpear a la dictadura, entre los portuarios, en los subterráneos y trenes, allí estaban los militantes del PST. Al mismo tiempo que se visitaba y defendía a los compañeros que poblaban las cárceles del país, se hacía en el extranjero, con los exiliados y partidos trotskistas hermanos, una importante campaña de denuncia del genocidio, exigiendo la libertad de todos los presos y que cesaran las “desapariciones”. En las difíciles condiciones de la tortura y la prisión, los militantes del PST mantuvieron consecuentemente su moral y política revolucionarias.

La pelea sigue

La resistencia contra la dictadura fue ganando fuerza. Finalmente, los genocidas fueron echados por la movilización obrera y popular en 1982. Pero el PST siguió legalmente proscripto. Hubo que seguir la tarea de construir el partido revolucionario con el MAS, que fue creciendo y avanzando por el camino que venía abriendo el PST. A fines de los ’80, luego del fallecimiento de Nahuel Moreno, hubo un largo período de crisis en las filas de nuestra corriente. Actualmente, entre otros grupos que en la Argentina y otros países reivindican la trayectoria del PST, seguimos la tarea construyendo Izquierda Socialista/FIT Unidad.

* El PST surgió de la fusión del PRT (La Verdad), que dirigía Nahuel Moreno, con un sector del viejo Partido Socialista, encabezado por Juan Carlos Coral.

 


Escribe Mercedes Petit, dirigenta de Izquierda Socialista/FIT Unidad

Así decía el título de un breve artículo de Avanzada Socialista N°182, el último que se publicó, el 20 de marzo de 1976. El 15 de marzo había estallado una poderosa bomba en la playa de estacionamiento del edificio del Comando General del Ejército. Fueron heridos algunos altos oficiales, pero la mayor parte de las víctimas fueron suboficiales, conscriptos y gente común que caminaba por la calle (entre ellos estaba el único muerto).

Desde que surgieron el PRT-ERP y luego los Montoneros, un rasgo distintivo del PST fue su permanente crítica a la política totalmente equivocada de las organizaciones guerrilleras. Aunque las defendíamos de la represión y reclamábamos la libertad de sus detenidos, en forma sistemática rechazábamos ese camino que pretendía sustituir la organización y movilización obrera y popular por acciones armadas de grupos de elite. Los Montoneros, además, eran el “brazo armado” de un partido patronal, el peronismo, e impulsaron que ese sector burgués volviera al gobierno, primero con Cámpora y luego directamente con Perón e Isabel. Cuando el propio Perón rompió con ellos, mantuvieron su camino equivocado de capitulación con sectores patronales y fueron exacerbando el carácter cada vez más descolgado de las masas de sus acciones militares. Mientras Isabel reprimía a los luchadores obreros, alentaba las bandas fascistas y permitía que creciera el golpismo, los Montoneros (y el ERP, aunque más debilitado) hacían una “guerra de bolsillo” contra la patronal y las fuerzas armadas, que daba argumentos a la represión y los iba empujando al creciente aislamiento y la desesperación.

 


Escribe Mercedes Petit, dirigenta de Izquierda Socialista/FIT Unidad

Nahuel Moreno fue el fundador y principal dirigente de nuestro partido hasta su muerte (en 1987). Desde 1975 hacía sus tareas de conducción del PST y nuestra corriente internacional desde la clandestinidad, ya que estaba en la mira de las Tres A. Junto a la actividad en el PST impulsó la publicación en español de los Escritos (1929-40) y otros textos de Trotsky por Editorial Pluma y, junto con Ernesto González, dirigía la Revista de América.

Poco después del golpe llevó a la práctica la votación que se había hecho en la dirección del PST en caso de producirse esa derrota: salió al exilio junto a un grupo de compañeros. Se radicó en Colombia y desde allí siguió con su actividad política y con Editorial Pluma.

Mantuvo un permanente contacto con el partido a pesar de la dictadura. En 1978 fue detenido en Brasil luego de una reunión con la dirección argentina. Una contundente campaña internacional impidió que lo entregaran a los militares y pudo regresar a Bogotá.

En 1979 organizó la participación de la Brigada Simón Bolívar en la lucha militar que encabezaba el Frente Sandinista de Liberación Nacional y que derrocó al dictador Somoza en Nicaragua. La actividad internacionalista de la corriente de Moreno permitió que el PST argentino, bajo la dictadura, impulsara la solidaridad con los trabajadores polacos contra el golpe militar de Jaruzelsky, en 1981. Tan pronto se produjo la caída de los militares, Moreno regresó al país, en septiembre de 1982.

 

 

Escribe: Federico Novo Foti
*Foto de tapá: La junta militar tras el golpe de Estado genocida
 
Hace 50 años comenzó la última dictadura de nuestro país. Sin dudas, la más antiobrera y genocida. Duró seis años, hasta que en 1982 fue echada por la movilización popular. Este primer artículo dedicado a recordar aquella fatídica etapa de nuestra historia, indaga sobre las causas y los responsables de llevar a los militares al poder.

El 24 de marzo de 1976 los militares derrocaron al gobierno de Isabel Perón, dando comienzo a la última y más cruenta dictadura militar de la historia argentina. La Junta Militar, comandada por el General del Ejército Jorge Rafael Videla, desató una brutal represión sobre el conjunto del pueblo trabajador, mediante la acción policial, militar y de grupos de tareas.

No “hubo una guerra” ni fueron simples “excesos”, como cínicamente dice el presidente negacionista Javier Milei. La represión fue parte de un plan sistemático, el terrorismo de Estado, que buscó terminar con el ascenso de las luchas obreras y populares que habían comenzado a fines de la década del ‘60 en el país. En los más de 800 centros clandestinos de detención montados por la dictadura se torturó, asesinó y desapareció a activistas políticos, sindicales, estudiantiles y sociales. Fue un genocidio que dejó 30 mil detenidos-desaparecidos, alrededor de 500 niños y niñas secuestrados y apropiados y otros tantos miles de presos y exiliados.

Buscaba terminar con el ascenso

El Cordobazo, en mayo de 1969, y los distintos “azos” que se dieron en varias ciudades del país habían marcado el inicio de una nueva etapa en la lucha de clases del país, signada por la irrupción del movimiento obrero y el movimiento estudiantil. Desde 1971, el entonces dictador Alejandro Lanusse, el radical Ricardo Balbín y el propio Juan Domingo Perón, desde su exilio en Madrid, fueron poniendo en marcha una apertura electoral para cerrar el ascenso, un pacto conocido como “Gran Acuerdo Nacional” (GAN), que terminó accediendo a levantar la proscripción al peronismo y, luego, el retorno del viejo líder al país.

En octubre de 1973, Perón asumió su tercer período presidencial con un claro objetivo: “terminar con las grandes perturbaciones”, es decir, disciplinar al movimiento obrero y de masas.1 Fue el mismo Perón, secundado por el siniestro ministro de Bienestar Social José López Rega y la burocracia sindical, quien alentó desde 1974 los ataques de bandas fascistas como la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) contra militantes y activistas protagonistas de las luchas. Pero en julio de 1974 Perón falleció sin haber logrado detener el ascenso. Su esposa, María Estela Martínez de Perón, más conocida como Isabel Perón, asumió la presidencia, dando continuidad al accionar de las bandas fascistas. Pero los conflictos obreros no cesaron. En junio de 1975 sucedió el “Rodrigazo”, la primera huelga general contra un gobierno peronista, que obligó a renunciar a López Rega y al ministro de Economía, Celestino Rodrigo, evidenciando la incapacidad de Isabel para frenar las luchas.

Pero la traición de la burocracia sindical, que pisó el freno tras el Rodrigazo, impidió que se pudiera derrotar definitivamente la política del gobierno de Isabel. Entre tanto, las acciones de la guerrilla exacerbaban la represión y creaban más confusión con su “guerra de bolsillo”. Igualmente, pesó la ausencia de una dirección revolucionaria reconocida por las masas que las alentara a desarrollar la lucha para derrotar a Isabel y frenar el golpe de estado.

En octubre, el peronismo por medio del presidente provisional Ítalo Lúder (que reemplazó durante dos meses a Isabel), firmó los decretos de “aniquilamiento de la subversión” que terminaron de poner al país bajo el control operacional de las fuerzas armadas y dieron cobertura legal a la represión militar.2 Por su parte, el radical Ricardo Balbín llamó a terminar con la “guerrilla fabril”, tal como denominaba a los activistas, comisiones internas y delegados que peleaban contra el gobierno y la burocracia sindical. Días antes del golpe, en una reunión con Videla, manifestando el deseo de sectores políticos de derecha, patronales y eclesiásticos dijo: “¿Van a dar el golpe? Hagan lo que tengan que hacer”.3

El golpe fue para profundizar el saqueo y el ajuste

El imperialismo yanqui tuvo una injerencia directa en el impulso a los golpes militares en América Latina. El macabro “Plan Cóndor”, coordinado por la CIA, promovió el intercambio de información de los servicios secretos de las dictaduras latinoamericanas para ubicar, espiar y en muchos casos detener, torturar o asesinar a los exiliados políticos.

En Argentina sectores importantes del empresariado venían promoviendo la salida golpista desde 1975 y fueron sus principales beneficiarios. En acuerdo con el imperialismo, las multinacionales y sus organismos internacionales (Banco Mundial, FMI), la dictadura profundizaría el ajuste y la superexplotación de los trabajadores, mediante despidos, reducción de salarios y aumento de los ritmos y tiempos de trabajo. Al mismo tiempo, acrecentaría el saqueo financiero, dando origen a la deuda externa que aún padecemos.

Martínez de Hoz, Arrieta, Pérez Companc, Fortabat, Rocca o Macri son algunos nombres emblemáticos de aquellos cientos de grandes patrones que fueron impulsores, cómplices o protagonistas directos de la dictadura, así como multinacionales como la Ford, Mercedes Benz y otras. Así fue que las fuerzas armadas tuvieron absoluta impunidad para meterse en las fábricas y secuestrar a miembros de las internas, delegados o simples trabajadores. Incluso multinacionales como la Ford cedieron terrenos para levantar centros clandestinos de detención en sus predios.4

Ni olvido ni perdón

Pasaron 50 años pero la dictadura genocida no pertenece a nuestro pasado. Es parte de nuestro presente porque a pesar de las heroicas luchas sostenidas por los trabajadores y las masas de nuestro país, incluyendo la que provocó la caída de la dictadura tras la derrota de Malvinas, los sucesivos gobiernos y aún el de Milei sostuvieron el modelo económico de ajuste y saqueo de la deuda. Sigue presente también en la impunidad y el negacionismo que mantiene a centenares de genocidas en libertad y decenas de niños y niñas apropiados (hoy ya adultos) que no han recuperado su identidad. Es por ello que desde Izquierda Socialista en el Frente de Izquierda Unidad llamamos a movilizar en unidad el próximo 24 de marzo y seguimos diciendo: Son 30 mil, fue genocidio. ¡Juicio y castigo a los genocidas! ¡Basta de impunidad! ¡No olvidamos, no perdonamos, no nos reconciliamos! ¡Fuera el imperialismo de América Latina! ¡No al pago de la deuda externa!
 
1. “Perón en la CGT”, diciembre de 1973. Archivo Histórico TV Pública, disponible en youtube.com
2. Nicolás González, “A 50 años de los decretos de aniquilamiento” en Perfil, 06/10/2025.
3. “Videla dijo que Balbín pidió el golpe” en Infobae, 21/12/2010
4. Ver www.museositioesma.gob.ar

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