No era jueves. Era sábado. Y no eran cientos, sino apenas catorce mujeres, con nombres como Azucena, Berta, Haydée, Pepa. Todas compartían una herida: un hijo o hija secuestrada y desaparecida por la dictadura. Ese 30 de abril de 1977, en pleno estado de sitio, se animaron a lo imposible: reunirse en la Plaza de Mayo. Azucena Villaflor lo dijo claro: “Individualmente no vamos a conseguir nada”. Un policía las increpó: “Circulen”. Y entonces circularon. De a dos, tomadas del brazo, giraron en torno a la Pirámide. Así nació la ronda.
No había banderas ni pañuelos blancos todavía, solo un gesto mínimo que rompía el terror: caminar juntas. Lo que siguió fue una historia de lucha, organización desde abajo y desobediencia al poder. Cuarenta y ocho años después, sus pasos siguen marcando el camino. Hoy ya suman 2.455 rondas.
Escribe Federico Novo Foti
El 30 de abril de 1975 el gobierno de Vietnam del Sur, sostenido por el imperialismo estadounidense, se rindió ante las heroicas tropas de las guerrillas del Vietcong, apoyadas por Vietnam del Norte. Por primera vez en toda su historia los yanquis sufrían una derrota militar que los marcó desde entonces.
Era la mañana del 29 de abril de 1975 cuando los funcionarios, civiles y marines apostados en la embajada de Estados Unidos en Saigón (Vietnam del Sur) entraron en pánico. La comunicación que habían recibido les ordenaba la evacuación inmediata. Helicópteros HH-53 y CH-53 los llevarían hasta los buques ubicados en el Golfo de Tonkin. Pero miles de colaboracionistas vietnamitas rodearon la embajada intentando saltar sus muros para ser evacuados. La caótica huida no pudo completarse hasta el día siguiente, el 30 de abril, cuando el último de los helicópteros despegó de la terraza de la embajada norteamericana, dejando una imagen para la historia. Los Estados Unidos, la principal potencia imperialista y su ejército invencible, huyeron de Saigón derrotados por el pueblo vietnamita, terminando con treinta años de injerencia norteamericana y ocho años de guerra de ocupación.
Un país dominado, saqueado y dividido
Desde mediados del siglo XIX el imperialismo francés había comenzado a dominar parte de la península de Indochina (actuales Vietnam, Laos y Camboya), en el sudeste asiático. Multinacionales francesas saquearon las minas de carbón, estaño y zinc de la región. También tenían el dominio de los cultivos tropicales: arroz, algodón, caña de azúcar, tabaco, té y café, y crearon plantaciones de heveas (árboles del caucho) para obtener caucho para la fabricación de neumáticos, explotando a la población local (80% campesinos pobres).
Tras el periodo de ocupación japonesa, durante la Segunda Guerra Mundial, el imperialismo francés retomó su dominio en la región con apoyo estadounidense. Pero en octubre de 1954 las tropas francesas huyeron derrotadas por la heroica resistencia del pueblo vietnamita, tras la batalla de Dien Bien Phu y la entrada de las tropas rebeldes a Hanoi (principal ciudad del norte).1 El imperialismo debió reconocer el triunfo vietnamita pero partió el país en dos. Vietnam del Norte liberado, con capital en Hanoi, se convirtió en lo que los trotskistas denominamos un estado obrero burocrático, bajo el mando de Ho Chi Minh y el partido comunista (ver recuadro). Vietnam del Sur, con capital en Saigón, quedó bajo el dominio de la odiada dictadura de Ngo Dinh Diem, cuyo principal sostén fueron los Estados Unidos.
La guerra de Vietnam
La resistencia popular a la dictadura de Diem en el sur fue creciendo y fortaleciendo una guerrilla de masas, el Vietcong (Comunistas de Vietnam-Frente de Liberación Nacional/FLN), que contaba con el apoyo de Vietnam del Norte. Desde 1964, ante la incapacidad del ejército local de sostener al gobierno títere, el presidente Lyndon B. Johnson pasó del envío de asesores y ayuda militar a los bombardeos y la intervención directa de las tropas estadounidenses. Durante ocho años, el ejército yanqui desarrolló masacres cotidianas contra el pueblo vietnamita, con ataques aéreos con armas químicas, como el devastador napalm, que buscaban arrasar la selva y provocaron terribles vejaciones entre la población civil. Durante la guerra Estados Unidos llegó a enviar más de medio millón de soldados, tuvo cerca de 50 mil muertos y gastó más de 150 mil millones de dólares.
Por su parte, las burocracias china y soviética sólo ayudaban “con cuentagotas”, sin involucrarse en forma contundente en apoyo al pueblo vietnamita. En 1965, la delegación del PC cubano hizo en el 23º Congreso del PCUS una propuesta fundamental: exigió a las conducciones de los partidos comunistas de la URSS y China que declararan a Vietnam como parte inviolable de sus propios territorios para derrotar la invasión. El Che hizo su llamado: “crear dos, tres... muchos Vietnam”.2 Los burócratas hicieron oídos sordos.
Un triunfo histórico
Las masas vietnamitas comenzaron a inclinar la balanza a su favor con la “Ofensiva del Tet”, iniciada el 30 de enero de 1968, con levantamientos y ataques en más de cien pueblos y ciudades del sur. La acción coincidió con el ascenso de las movilizaciones en todo el mundo, especialmente con el “Mayo Francés”, y la extensión de la solidaridad con el pueblo vietnamita entre la juventud estudiantil y los luchadores de Europa y América.
Desde el comienzo de la guerra, en Estados Unidos había surgido un movimiento contra la invasión a Vietnam, que se fortaleció cuando la prensa mundial comenzó a exponer las atrocidades cometidas por el bando norteamericano. Millones se fueron sumando al reclamo de “traigan los soldados a casa ahora”, mientras la represión interna comenzaba a dejar centenares de presos, heridos e incluso muertos. Pero las protestas pacifistas no se detuvieron y se repitieron en Washington y cientos de ciudades en todo el país. En la vida política norteamericana, en las universidades, la prensa y en la industria musical y cinematográfica se instaló cotidianamente el tema de Vietnam. El cantante de country Johnny Cash sorpresivamente cambió de postura y desairó al presidente Richard Nixon en la Casa Blanca, tras su viaje a Vietnam en 1971. La actriz Jane Fonda tuvo la valentía de visitar durante quince días Vietnam del Norte en 1972. El veterano de guerra Ron Kovic, que había quedado paralítico, se sumó al repudio a la invasión y se convirtió en un emblema del movimiento.3
En enero de 1973, el gobierno yanqui y su títere en Saigón, Nguyen Van Thieu, tuvieron que firmar unos “acuerdos de paz” que incluían la retirada norteamericana y un consejo (que involucraba al Vietcong) para convocar elecciones. A pesar de que la suerte de los dictadores del sur y sus amos imperialistas ya estaba echada, por la crisis en Estados Unidos y la ofensiva militar del Vietcong, intentaron no cumplir los acuerdos. Pero desde comienzos de 1975 el avance del FLN fue arrollador y casi no tuvo respuesta por parte del gobierno de Saigón y sus tropas. El 30 de abril, el fugaz presidente del sur, Duong Van Minh, ordenó a los restos de su ejército suspender las hostilidades y se rindió, transfiriendo el poder a un gobierno del FLN. Los últimos ocupantes norteamericanos huyeron en desbandada.
El pueblo vietnamita triunfó, derrotó a Estados Unidos, la más grande potencia militar. Su triunfo se explica por la tremenda capacidad de lucha de las masas vietnamitas, demostrada en años de heroica resistencia. También, por la extendida solidaridad mundial que jugó un papel decisivo para apoyarlas en el triunfo, especialmente en los Estados Unidos. El pueblo vietnamita demostró que se podía vencer al monstruo imperialista. El “síndrome de Vietnam” llevó a Estados Unidos a buscar negociaciones y abstenerse de invadir países durante varios años. Cuando reincidió, como en el caso Irak y Afganistán, las masas retomaron aquellos caminos de lucha, propinándole nuevas derrotas, debilitando su rol de “gendarme” mundial
1. Ver El Socialista Nº 591, 2/9/2024. Disponible en www.izquierdasocialista.org.ar
2. Ernesto “Che” Guevara. “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental”, 16/04/1967. Disponible en www.marxists.org
3. Ver “Nixon y el hombre de negro” (2018) de Sara Dosa y Barbara Kopple. En 1974, Ron Kovic escribió su autobiografía bajo el título “Nacido el 4 de julio”, publicado en 1976 y llevado al cine en 1989 por Oliver Stone.
Escribe Federico Novo Foti
La combatividad de las masas vietnamitas, junto a la solidaridad mundial, logró vencer al imperialismo. Pero pese al heroico triunfo, quedó planteado con toda agudeza el problema las inconsecuencias de su dirigencia en la lucha por el socialismo. En 1954, tras la expropiación de la burguesía y terratenientes, Ho Chi Minh había creado en Vietnam del Norte un estado obrero burocrático. Un régimen totalitario de partido único a imagen y semejanza de los regímenes de la URSS y China. En 1975, el Partido Socialista de los Trabajadores (PST), orientado por Nahuel Moreno, al tiempo que reconocía el inmenso triunfo revolucionario sobre la ocupación yanqui, señalaba el carácter burocrático e inconsecuente de la dirección comunista: “El proceso que conduce a una revolución socialista es complejo y difícil. Exige un encadenamiento de medidas que avancen desde las reivindicaciones democráticas y antiimperialistas hasta la expropiación de todos los explotadores y la planificación integral de la economía colectivizada. Y ese proceso deberá ser garantizado por la dirección y el control de las masas organizadas democráticamente, bajo la conducción de la clase obrera. Nada indica que la dirección de la masas indochinas se oriente en esa perspectiva”.1 La consolidación de un estado obrero burocrático tras la unificación de Vietnam y su negativa de poner aquel triunfo al servicio de la revolución socialista mundial, expuso los límites de la dirección comunista vietnamita. Límites que quedaron aún más en evidencia cuando ésta acompañó el curso restauracionista de la burocracia china, abriendo las puertas al retorno del capitalismo. La tarea de construir una dirección socialista revolucionaria consecuente sigue vigente.
1. Ver Avanzada Socialista Nº 146, 10/5/1975 en nahuelmoreno.org
Escribe Francisco Moreira
El 28 de abril de 1945 Mussolini, el máximo jefe del fascismo italiano y socio incondicional de Adolf Hitler, era capturado y ajusticiado por partisanos (guerrilleros) de la resistencia antifascista. Su muerte y la de Hitler dos días después, marcaron el fin del nazi-fascismo en la Segunda Guerra Mundial.
Eran las seis y media de la mañana del 27 de abril de 1945 cuando el grupo de partisanos de la Brigada Garibaldi de la resistencia antifascista detectó un convoy alemán cerca de la localidad de Dongo, un municipio de la provincia de Como (Italia). Tras un intercambio de disparos, los alemanes accedieron a negociar. Los miembros de la brigada permitieron la retirada de los alemanes a cambio de la entrega de todos los italianos que iban con ellos. Alrededor de las siete de la tarde, cuando estaban revisando la documentación de los italianos, reconocieron disfrazado con ropas alemanas, a Benito Mussolini.
La noticia de la detención de il Duce (el caudillo), el dictador fascista que había gobernado con mano de hierro Italia entre 1922 y 1943, fue anunciada por la radio junto con la decisión del Comité de Liberación Nacional de ajusticiarlo “como un perro rabioso”. El 28 de abril fue fusilado, junto a su amante Clara Petacci. Sus cuerpos y los de otros jerarcas fascistas fueron trasladados a Milán y exhibidos en la Plaza Loreto, colgados cabeza abajo. La imagen recorrió el mundo y significó el golpe de gracia contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial.
De la revolución obrera al fascismo
Mussolini, había nacido en 1883 en Predappio, un pueblito cerca de Bolonia. Fue docente y militó en el socialismo, siendo un fervoroso ateo. En agosto de 1914, cuando comenzó la “Gran Guerra” interimperialista, el Partido Socialista Italiano (PSI) rechazó la posición mayoritaria de la Segunda Internacional (socialdemócrata) a favor de la intervención en la guerra. Pero Mussolini la apoyó y fue expulsado del PSI. En mayo de 1915 Italia entró en guerra y Mussolini fue incorporado al Regimiento 11 de los bersaglieri (infantería).
Tras la firma del armisticio, entre 1919 y 1920, el proletariado italiano protagonizó una revolución que sacudió el país. Era parte del ascenso provocado por la guerra, y que había logrado el triunfo de la Revolución Rusa en 1917. En Italia se tomaron las fábricas y se formaron consejos obreros (soviets), fundamentalmente en el norte industrial, en Milán y Turín. Pero la traición de los reformistas del Partido Socialista y la juventud e inexperiencia del nuevo Partido Comunista llevaron la revolución a una derrota.
El 23 de marzo de 1919 Mussolini fundó los Fasci de Combattimento (grupos de combate). El movimiento fascista fue creciendo hasta que en noviembre de 1921 se transformó en el Partido Nacional Fascista y Mussolini fue elegido diputado en Milán. Es que mientras la socialdemocracia adormecía a las y los trabajadores, entre la burguesía, la pequeña burguesía rural y urbana crecía la adhesión al fascismo.
La dictadura fascista
El 28 de octubre de 1922 Mussolini encabezó la “Marcha sobre Roma”. El rey Victor Manuel se apresuró a nombrarlo presidente del consejo de ministros. Así el fascismo se apoderó del poder. Mientras sus bandas actuaban con cachiporras, cuchillos y revólveres, se fue consolidando el régimen dictatorial. Para 1926 habían sido totalmente aplastadas las organizaciones obreras y de masas, y había miles y miles de exiliados y presos. El más célebre fue el dirigente comunista Antonio Gramsci.
En 1931 León Trotsky escribía: “El fascismo en Italia es producto directo de la traición de los reformistas a la insurrección del proletariado. Desde el fin de la guerra, el movimiento revolucionario italiano iba en alza y en septiembre de 1920 los obreros habían llegado a la ocupación de empresas y fábricas. […] La socialdemocracia tuvo miedo y retrocedió. [...] El aplastamiento del movimiento revolucionario fue la premisa más importante para el desarrollo del fascismo”.1
Durante más de una década, Mussolini gobernó con mano de hierro. Fue aliado incondicional de Adolf Hitler y el nazismo alemán desde que se comenzó a desarrollar en 1923, y luego de que tomara el poder en 1933. A pesar de su origen antirreligioso, en 1929 firmó los “Pactos de Letrán” con el cardenal Pietro Gasparri, otorgando independencia política al Vaticano y enormes privilegios para la Iglesia Católica, que aún subsisten. Desde entonces, il Duce contó con la bendición del papado para sus aventuras imperialistas y la represión. El Vaticano lo apoyó en la conquista de Abisinia (1935-36), en el envío de tropas, armas y aviones a Francisco Franco para aplastar la revolución obrera española, en las leyes contra los judíos de 1938.
La guerra y el triunfo antifascista
En 1939 Hitler comenzó su invasión que dio lugar al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Italia fue su gran aliada. Invadió Grecia y sumó tropas a la invasión a la Unión Soviética. Pero las complicaciones de Hitler para dominar Europa y el mundo tuvieron una expresión temprana en Italia.
En 1942 la inminencia de una invasión aliada en Sicilia, las penurias de las tropas y las malas condiciones de vida en el país, alimentaron un creciente malestar popular. El año culminó con el inicio de las actividades de las organizaciones de izquierda, de los partidos y los sindicatos obreros, que estaban en la clandestinidad. Las grandes huelgas de las fábricas Fiat en Turín comenzaron a extenderse a otras ciudades. Para los primeros meses de 1943, el movimiento huelguístico contra la guerra y las dificultades materiales dominaban el norte industrial, en demanda de reivindicaciones económicas y pacifistas, que desafiaban al régimen fascista. La victoria soviética sobre los ejércitos nazis en Stalingrado, en febrero, fortaleció la resistencia antifascista.
Con el desembarco aliado en Sicilia, gran parte de la burguesía y el monarca Víctor Manuel, encabezados por el “héroe” de Abisinia, el general Pietro Badoglio, dieron por cumplido el ciclo de Mussolini. El 25 de julio de 1943 lo arrestaron y lo recluyeron en una villa del Gran Sasso. Pero el 12 de septiembre un grupo de asalto alemán lo liberó y lo trasladó a Alemania. Poco después, Mussolini anunció la constitución de la «República de Saló», en Italia septentrional, ocupada por los alemanes.
En 1945, en medio del derrumbe de los ejércitos nazis, Mussolini viajó a Milán, en un intento de negociar su rendición ante los aliados. Se le exigió una rendición inmediata e incondicional. No la aceptó y cuando intentaba retirarse hacia el norte fue detenido por los partisanos que controlaban la zona. Su asesinato y el suicidio de Hitler dos días después, el 30 de abril, marcaron el fin del nazi-fascismo en la Segunda Guerra Mundial.
1. León Trotsky. “La lucha contra el fascismo en Alemania”. Tomo 1. Ediciones Pluma, Buenos Aires, 1973.
Nahuel Moreno, maestro y fundador de nuestra corriente trotskista, en referencia a la importancia de la unidad de acción para enfrentar al fascismo, decía: “El trotskismo se conformó como una corriente real del proletariado mundial, entre otras razones fundamentales porque era necesario lograr un frente de los partidos obreros para impedir, por métodos físicos, el triunfo del fascismo en cualquier país. Ante el peligro del triunfo fascista había que practicar una política muy parecida (a grandes rasgos idéntica) a la que los bolcheviques aplicaron frente a Kornilov -ante su intento de golpe de estado en Rusia-. En vez de luchar como objetivo inmediato por tomar el poder y derrotar a la burguesía, no se tenía la fuerza para hacerlo, era necesario pelear en forma inmediata para evitar que el fascismo tomara el poder, haciendo cualquier clase de acuerdo obrero y popular para ir a la lucha física, en las calles, con el fascismo, y derrotarlo en su terreno.
La Guerra Civil Española fue la máxima expresión de esa lucha para impedir el triunfo franquista, aunque las direcciones de las masas no la encararon con un criterio marxista revolucionario. Esas direcciones (los burgueses republicanos, con el Partido Socialista y el PC stalinista) quisieron circunscribir la lucha sólo al enfrentamiento entre el régimen democrático-burgués y el fascista. Y eso dentro de los cánones de la burguesía, respetando la propiedad privada y apoyándose en la policía y el ejército burgués. Los marxistas revolucionarios, en cambio, planteamos que era indispensable derrotar al fascismo a través de la unidad de todos los que estuvieran dispuestos a pelear contra él. Pero, al mismo tiempo, por la movilización del movimiento obrero y de masas, liquidar a los terratenientes y a la burguesía, poniendo bajo control de los trabajadores al aparato productivo, cambiando el carácter de clase del Estado. Esta sería la única forma de lograr una adhesión cada día mayor de los obreros y campesinos a la lucha contra el franquismo. Decíamos, en síntesis, que había que transformar la lucha en defensa del régimen burgués democrático en una lucha permanente por el socialismo”.1
1. Nahuel Moreno. “Revoluciones del siglo XX”. CEHuS, Buenos Aires, 2021. Disponible en www.nahuelmoreno.org