Foto de portada: Milicias obreras y campesinas se organizaron en contra del golpe
Escribe Federico Novo Foti
En julio de 1936 se levantó un sector fascista del ejército español encabezado por Francisco Franco. Las masas respondieron al intento de golpe con la insurrección obrera y campesina. Pero la traición de las direcciones mayoritarias del movimiento obrero (socialistas, anarquistas y comunistas) frenaron la revolución y permitieron la recuperación de los militares fascistas dando inicio a la guerra civil española.
El 17 de julio de 1936 el ejército español tomó el control del protectorado de Marruecos. Al día siguiente el comandante general de Canarias, general Francisco Franco, transmitió por radio un manifiesto llamando al alzamiento a las guarniciones militares del país. Aquel manifiesto afirmaba que las “huelgas revolucionarias de todo orden paralizan la vida de la nación”. La proclama terminaba llamando a derrocar al gobierno y a una “guerra sin cuartel” para imponer el orden.1
La noticia del intento de golpe de estado fue recibida por el presidente de la república, Manuel Azaña (Izquierda Republicana), el mismo 17 de julio. Pero el gobierno no la divulgó hasta el 18, cuando emitió un comunicado que concluía: “El gobierno habla de nuevo para confirmar la absoluta tranquilidad de toda la península, el gobierno reconoce los ofrecimientos de las organizaciones obreras y aunque los agradece, declara que la mejor ayuda que se puede dar al gobierno es garantizar la normalidad de la vida cotidiana, para dar un nuevo ejemplo de serenidad y confianza en los medios de la fuerza militar del estado. Gracias a las medidas de previsión aprobadas por las autoridades, puede considerarse que ha sido disuelto un amplio movimiento de agresión contra la República; no ha encontrado apoyo en la península y sólo ha logrado partidarios en un sector del ejército de Marruecos”.2
Pero la realidad era bastante diferente. En aquellas regiones donde el gobierno había impuesto sus llamados a mantener el orden, el alzamiento militar había triunfado, como en Zaragoza, Oviedo, Cádiz, Córdoba, Granada y Sevilla. Pero en aquellas otras regiones donde desobedecieron al gobierno, las y los trabajadores y campesinos se armaron, organizaron milicias que asestaron duras derrotas al ejército. Para el 20 de julio, las grandes ciudades peninsulares, como Madrid, Barcelona, Valencia o Bilbao, estaban en manos de las masas insurrectas.
El golpe militar había intentado terminar con el gobierno electo en febrero de ese año, liquidar el régimen republicano y el ascenso obrero y campesino. La insurrección de las masas había casi derrotado la intentona golpista. Pero la pasividad del gobierno republicano y la traición de las direcciones mayoritarias del movimiento obrero permitieron la recuperación de los militares fascistas dando inicio a la guerra civil española.
Revolución y contrarrevolución
A comienzos de la década de 1930 España era uno de los países más pobres y atrasados de Europa. En las regiones vasca y catalana había cierto desarrollo de la industria (metalúrgica y textil) y en Asturias de la minería. Pero la población vivía mayoritariamente en el campo. Unos cuantos miles de latifundistas y la poderosa Iglesia Católica poseían la mayor parte de las tierras. Millones de campesinos vivían en condiciones de extrema pobreza.
Por entonces el rey Alfonso XIII y la Iglesia eran las figuras salientes del atrasado régimen capitalista español. Así, el odio creciente de las masas se fue transformando en lucha y en las elecciones municipales de 1931 dio el triunfo a los partidos republicanos y anticlericales. Como resultado, Alfonso XIII debió abdicar, cayendo la monarquía y estableciéndose la Segunda República.
Desde un comienzo los partidos republicanos patronales en el gobierno y las direcciones de las centrales obreras UGT (socialista) y CNT (anarquista) intentaron sostener un equilibrio imposible entre las demandas de las masas y el mantenimiento del sistema capitalista atrasado. Mientras que la oligarquía terrateniente y la burguesía consintieron inicialmente la proclamación de la República con la expectativa de que terminara con la movilización obrera y campesina. Pero con avances y retrocesos, el ascenso revolucionario se mantuvo y se fue profundizando. Así por ejemplo en 1934 sucedió la insurrección de los mineros de Asturias3, que fue aplastada con un saldo de casi 2.000 muertos y 30.000 detenidos.
A fines de 1935 el mayoritario partido socialista, un partido liberal burgués y el pequeño partido comunista (que contaba con el prestigio de la URSS y el apoyo de la burocracia soviética) formaron el Frente Popular. La creación del Frente Popular llevaba a cabo la orientación de conciliación de clases (unidad obrero-patronal) impuesta por la Tercera Internacional dominada por José Stalin.
El Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), un partido de izquierda centrista que había estado alineado en la oposición a la burocracia estalinista junto a León Trotsky, rompió con éste y apoyó el programa liberal burgués del Frente Popular. Los anarquistas evitaron realizar una fuerte campaña contra las elecciones y el 16 de febrero de 1936 el Frente Popular ganó con el voto mayoritario de obreros y campesinos.
El gobierno del Frente Popular intentó en vano, una vez más, conciliar los intereses de las clases en lucha. Pero el enfrentamiento se fue agudizando día a día con oleadas de huelgas y ocupaciones de tierras. Entretanto, la reacción monárquica y la oficialidad fascista, encabezada por Franco, comenzaron a conspirar. En junio, Azaña rechazó el pedido del dirigente de la izquierda socialdemócrata Francisco Largo Caballero de armar a obreros y campesinos y aplastar a los conspiradores.
La guerra civil
El anunciado intento de golpe del 18 de julio fue aplastado por la insurrección de obreros y campesinos en la mayor parte del territorio español. Ante la parálisis del gobierno republicano, las masas se armaron y organizaron milicias, cuestionaron los poderes tradicionales desalojando a los curas de las iglesias, crearon comités para resolver los principales problemas sociales, ocuparon tierras y fábricas.4
El gobierno republicano, mientras tanto, pretendía combatir al fascismo sin cuestionar la propiedad privada y temía a las masas, sus comités y milicias. En septiembre de 1936 Largo Caballero asumió la presidencia con la intención de frenar el proceso revolucionario, restaurando las instituciones del estado burgués. Para lograrlo, apeló a la cooptación. En Cataluña ingresaron al gobierno burgués del Frente Popular tanto la CNT (anarquista) como el POUM. Su dirigente, Andreu Nin, asumió como ministro de Justicia.
Poco a poco el partido comunista fue cumpliendo un papel cada vez más importante. Usando el prestigio de la URSS y el envío a cuentagotas de armas, el comunista Juan Negrín pasó a encabezar el gobierno en 1937. Su labor se orientaría a liquidar toda oposición en el campo republicano. La GPU (policía secreta de Stalin) persiguió a las y los revolucionarios, Nin fue una de sus víctimas.
La traición de las direcciones socialista, anarquista y comunista a la revolución condenó la lucha contra el fascismo. Finalmente, con el apoyo activo de Benito Mussolini y Adolf Hitler y ante la pasividad de los gobiernos de Francia e Inglaterra, Franco se impuso en todo el país. El costo de esa traición fueron las cuatro décadas de fascismo franquista.
1. Francisco Franco. Manifiesto de Las Palmas, 18/07/1936. Disponible en la web.
2. Citado en “Revolución y contrarrevolución en el Estado Español. 1936-1937” en Suplemento de Lucha Internacionalista Nº 204, septiembre de 2025. Disponible en www.luchainternacionalista.org
3. María Luisa Carnelli. U. H. P. Mineros de Asturias. Buena Vista Editora, Córdoba, 2025.
4. Pierre Broué y Emile Témine. La revolución y la guerra de España. FCE, México, 1962. Disponible en www.marxismo.org
Escribe Federico Novo Foti
Desde 1931 el revolucionario ruso León Trotsky, a pesar de las difíciles condiciones impuestas por el exilio y la persecución estalinista, acompañó con entusiasmo el ascenso revolucionario en el estado español. En 1940, en un artículo reconstruido por medio de fragmentos encontrados tras su asesinato en agosto por un agente de la GPU de Stalin, Trotsky explicaba por qué había sido derrotado el proletariado español: “En 1936 (para no remontarnos más lejos) los obreros españoles rechazaron el ataque de los oficiales, que habían puesto a punto su conspiración bajo el ala protectora del Frente Popular. Las masas improvisaron milicias y levantaron comités obreros, ciudadelas de su propia dictadura. Por su parte, las organizaciones dirigentes del proletariado ayudaron a la burguesía a disolver esos comités, a poner fin a los atentados de los obreros contra la propiedad privada y a subordinar las milicias obreras a las direcciones de la burguesía y, para colmo, con el POUM participando en el gobierno, tomando así directamente su responsabilidad en el trabajo de la contrarrevolución. [...] El proletariado español ha sido víctima de una coalición formada por imperialistas, republicanos españoles, socialistas, anarquistas, estalinistas y, en el ala izquierda, por el POUM. Todos juntos han paralizado la revolución socialista que el proletariado español había efectivamente comenzado a realizar. No es fácil acabar con la revolución socialista. Todavía nadie ha encontrado otros métodos para ello que no sean la represión feroz, la matanza de la vanguardia, la ejecución de los dirigentes, etcétera [...] En el interior del bloque republicano han sido los estalinistas los que han llevado la política más coherente. Han sido la vanguardia combatiente de la contrarrevolución burguesa-republicana. [...] la GPU, en este caso, sólo ha actuado como el destacamento más resuelto al servicio del Frente Popular. Ahí residía la fuerza de la GPU. En eso consistía el papel histórico de Stalin”.1
1. L. Trotsky. “Clase, partido y dirección” en Fourth International Nº 7, diciembre 1940. Disponible en www.marxists.org
Foto de portada: El 29 de julio de 1966 una violenta represión irrumpió en varias facultades de la UBA, deteniendo a centenares de estudiantes
Escribe Francisco Moreira
La noche del 29 de julio de 1966 la policía de la dictadura de Juan Carlos Onganía irrumpió en cuatro facultades de la Universidad de Buenos Aires apaleando salvajemente a estudiantes y docentes. Aquel episodio sería recordado como “la noche de los bastones largos”. Fue el comienzo de la intervención de las universidades estatales. La lucha obrera y estudiantil terminaría con la dictadura tras el Cordobazo de 1969.
El 29 de julio estudiantes en asambleas votaron la toma de cuatro facultades de la UBA. Aquella medida era la continuidad de la lucha del movimiento estudiantil que en los meses previos había protagonizado ocupaciones y escaramuzas con la policía por el reclamo de mayor presupuesto y la reacción ante el reciente decreto de intervención de las universidades. Pero la respuesta del gobierno fue inmediata y violenta.
“Operación Escarmiento” se llamó el operativo policial del gobierno para reprimir a estudiantes y docentes. Esa misma noche del 29 la policía irrumpió en las facultades y las desalojaron a bastonazos. La represión fue especialmente violenta en las facultades de Ciencias Exactas y Naturales y en Filosofía y Letras. Aquel hecho se conocería como “La noche de los bastones largos” y tenía el objetivo de terminar con la lucha universitaria.1
Luego del desalojo y la golpiza se llevaron a 400 personas detenidas. Otras tantas fueron llevadas al hospital. Fueron destruidos laboratorios y bibliotecas universitarias. En los meses siguientes, con la intervención y la imposición de la censura de contenidos, cientos de docentes fueron despedidos, renunciaron o debieron huir al exilio, iniciando un proceso de “fuga de cerebros” que debilitó fuertemente el desarrollo de la ciencia y la técnica.
El golpe de Onganía y el movimiento estudiantil
“La noche de los bastones largos” había sido precedida por varios años de ascenso en las luchas estudiantiles. En 1958 se habían dado enormes movilizaciones contra la iniciativa del presidente Arturo Frondizi de permitir la creación de universidades privadas, pelea que se conoció como “Laica o Libre”. En los años siguientes continuó la lucha estudiantil contra los recortes presupuestarios.
Desde su asunción en 1963 el gobierno radical de Arturo Illia venía ajustando el presupuesto de las universidades estatales para fomentar la creación de universidades privadas. Las movilizaciones fueron reprimidas, pero la lucha continuó. En 1965 se produjo la renuncia del rector de la UBA, Dr. Julio Olivera, fruto de una protesta estudiantil en la Facultad de Ciencias Económicas contra el economista y funcionario del gobierno estadounidense Walt Whitman Rostow, defensor de la guerra de Vietnam.
El 28 de junio de 1966 el golpe militar encabezado por el jefe del Ejército, el teniente general Juan Carlos Onganía, acabó prematuramente con el gobierno de Illia. La preocupación de la burguesía y las Fuerzas Armadas era poder aplicar los planes del imperialismo y los sectores más concentrados del capital, evitando que las y los trabajadores y el pueblo no retomaran un nuevo período de ascenso generalizado. La “amenaza roja”, la “excesiva politización” de las y los estudiantes y sus movilizaciones habían sido algunas de las excusas del golpe.2
Pero el movimiento estudiantil fue de los primeros en enfrentar la ofensiva de Onganía. Al mes, el gobierno dictó el decreto ley 16.912/66 que intervenía todas las universidades estatales del país.3 Esto significaba el fin de la autonomía y el cogobierno universitario conquistado en la Reforma de 1918. Rectores y decanos se transformaban en títeres de los militares. La respuesta estudiantil a la intervención decretada por el gobierno fueron aquellas asambleas y la ocupación de las facultades en la noche del 29 de julio, las cuales fueron brutalmente reprimidas.
El PRT ante el golpe y la represión universitaria
Cuando sucedió el golpe de Onganía, el Partido Revolucionarios de los Trabajadores (PRT), partido orientado por Nahuel Moreno y antecesor de Izquierda Socialista, llamó a la unidad de todos los sectores que querían enfrentar al gobierno y su plan de ajuste y entrega al imperialismo. Lamentablemente las distintas alas de la burocracia sindical peronista se jugaron a no enfrentar el golpe, siguiendo las órdenes de Juan Perón de “desensillar hasta que aclare”. Atendiendo a esta realidad, el PRT llamó a organizar la resistencia a largo plazo, considerando que comenzaba una nueva etapa más defensiva.
En el movimiento estudiantil, el PRT planteó que ante los golpes recibidos era necesaria la unidad de todo el estudiantado para organizar piquetes y campañas públicas con volantes y asambleas, para defender a las universidades de los ataques del gobierno y salir a enfrentarlo. Dio especial importancia a lograr la unidad con otros sectores para ganar, especialmente con el movimiento obrero. Sin embargo, la conducción de la FUA (el PC) comenzó a desarrollar una línea ultraizquierdista bajo el planteo de “hagamos la revolución en la universidad” sin tener en cuenta la etapa defensiva que se había abierto.
“La noche de los bastones largos” fue un duro golpe para el movimiento estudiantil, especialmente en la UBA, donde por la política de la conducción no pudo darse una respuesta contundente. Una de las excepciones fue la de la Facultad de Farmacia y Bioquímica, donde gracias al peso de la corriente impulsada por el PRT se logró concretar una huelga estudiantil el 30 de agosto, a la que se sumaron todos los estudiantes para dar la pelea dentro y fuera de la facultad.4
Sin embargo, a pesar de que en la UBA la lucha declinó, ésta se trasladó al resto del país. Las y los estudiantes del interior se transformaron en la vanguardia de la lucha, con la huelga general declarada por la FUA y movilizaciones y manifestaciones permanentes. Córdoba fue donde la lucha adquirió un carácter más masivo. Con un proceso ejemplar que organizó el barrio estudiantil y las pensiones con delegados, rompiendo focos de alumbrado para evitar que la policía actuara de noche, entre otras formas de enfrentar la persecución y la represión policial.
En ese marco, el 12 de septiembre cayó asesinado por la policía Santiago Pampillón, estudiante de Ingeniería Aeronáutica, obrero de la IKA-Renault. El asesinato produjo indignación en toda la población. En Buenos Aires se realizó un paro de 24 horas que culminó en una movilización de 2 mil estudiantes y se realizaron medidas similares en el interior.
Pese al golpe sufrido por la represión de la dictadura, la lucha estudiantil siguió creciendo a finales de la década de 1960 al calor de lo que también sucedía con la juventud en todo el mundo, protagonista en las luchas de Tlatelolco en México, la “Primavera de Praga” y el Mayo Francés. En mayo de 1969, Córdoba sería el epicentro de las movilizaciones obreras y estudiantiles, cuya chispa se encendió en Corrientes con un nuevo asesinato de un joven a manos de la represión policial, en una movilización contra la privatización del comedor universitario de la Universidad del Nordeste y que rápidamente se expandió a todo el país, siendo el principio del fin de la dictadura de Onganía.
1. Ernesto González (coordinador). El trotskismo obrero e internacionalista en Argentina. Tomo 3, Editorial Antídoto, Buenos Aires, 1999.
2. Ernesto González. Ídem.
3. Ver en www.argentina.gob.ar
4. Ver en La Verdad N.º 56, 05/09/1966.
Escribe Federico Novo Foti
La lucha por terminar con la dominación española había comenzado en 1810. Seis años después, en Tucumán, se declaró la independencia. Sin embargo, a 210 años, el país volvió a caer bajo el dominio de las potencias imperialistas y aún tenemos por delante la enorme tarea de lograr una segunda y definitiva Independencia.
El 24 de marzo de 1816 comenzaron las sesiones del Congreso General Constituyente de las Provincias Unidas de Sudamérica en San Miguel de Tucumán. Cada provincia participante había elegido a un diputado cada 15 mil habitantes.1 El 9 de julio, los diputados firmaron el Acta de Declaración de la Independencia de las Provincias Unidas.
El acta original afirmaba la voluntad de ser “una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli”. Uno de los que presionaba para adoptar esa decisión era José de San Martín. Pero como aún existían sectores que entendían el futuro del país como el cambio de la dependencia de una potencia europea por otra, diez días después, se completó el acta con el agregado “y de toda dominación extranjera”.2
De la revolución a la guerra
La invasión del ejército francés de Napoleón Bonaparte a España y Portugal en 1808 tuvo enormes consecuencias políticas. La corona portuguesa emigró con toda su corte y se instaló en Río de Janeiro. En cambio, la monarquía de España cedió el trono al hermano de Napoleón, José Bonaparte, y el rey Fernando VII permaneció cautivo hasta finales de 1813.
En el inmenso imperio español en América esto produjo un vacío de poder que derivó en una crisis revolucionaria. En la península europea había comenzado una “guerra de independencia” contra la ocupación francesa y para organizarla se formaron juntas locales de gobierno. Los pueblos americanos también instalaron sus juntas. En 1808 y 1809 el grito libertario se oyó en Montevideo, Quito, Charcas y La Paz. En 1810, terminó por abarcar a todo el continente, desde Buenos Aires en el sur hasta México.
Los pueblos americanos plantearon que ante la falta del rey la soberanía debía volver a los pueblos. Diversos cabildos asumieron así el gobierno y formaron sus “Primeras Juntas”, como la que presidió Cornelio Saavedra en Buenos Aires desde el 25 de mayo de 1810. Gobernaban “en nombre de Fernando VII” ya que, en principio, estas revoluciones no cuestionaban a la monarquía española, aunque lo hacían de hecho, derrocando a los virreyes y desmantelando progresivamente el antiguo régimen burocrático-colonial.
El proyecto de una nación independiente estaba encabezado por Manuel Belgrano, Mariano Moreno y Juan José Castelli, a los que luego se sumaron José de San Martín y muchos otros. Se inspiraban en los pensadores más avanzados de las revoluciones burguesas de Inglaterra en 1688 y de Francia en 1789. Unían la lucha por la independencia política de España a un proyecto de igualdad y libertad para toda la población y la unidad latinoamericana. La influencia de Jean Jacques Rousseau se sumaba a la reivindicación de la insurrección derrotada de Tupac Amaru (1780) y a la integración y respeto de los pueblos originarios. Para ellos, una herramienta imprescindible para el desarrollo de la nueva nación era la educación pública para todos.
Pero otros sectores pretendían retrasar o no declarar la independencia. Unos, buscaban mantener la relación de sumisión al trono español. Otros, pretendían el “protectorado” de otra potencia europea por entonces en ascenso como Inglaterra.
Pero entre tanto desde Lima, capital continental de los realistas, se organizaba la contrarrevolución. Esto obligó a los revolucionarios a lanzar expediciones militares para expandir el grito libertario. Así la revolución se convirtió en guerra. Una situación que se agudizó en 1814 cuando Napoleón, en retroceso, liberó a Fernando VII y éste regresó al poder decidido recuperar sus territorios americanos.
Por la segunda y definitiva independencia
En 1816, en medio de la lucha militar contra las tropas españolas y los choques políticos entre los distintos sectores criollos, comenzó a sesionar el Congreso de Tucumán. La situación no era nada fácil. Los patriotas estaban siendo derrotados en casi toda América del Sur, salvo en el Río de la Plata. Serían decisivas las gestas libertadoras de San Martín hacia Chile y el norte por la costa del Pacífico hasta Guayaquil, y la de Martín Miguel de Güemes y sus fuerzas guerrilleras en Salta y Jujuy.
La independencia política fue declarada finalmente el 9 de julio de 1816. San Martín presionó por ella desde Cuyo, donde preparaba el cruce de Los Andes: “¡Hasta cuándo esperamos declarar nuestra independencia! ¿No le parece a usted una cosa bien ridícula acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional y por último hacer la guerra al soberano de quién en el día se cree dependemos? ¿Qué nos falta más que decirlo? Por otra parte, ¿qué relaciones podremos emprender, cuando estamos a pupilo? […] Esté usted seguro que nadie nos auxiliará en tal situación. Ánimo, que para los hombres de coraje se han hecho las empresas”.3
Tras la declaración de la independencia, lamentablemente, en pocos años se frustró la oportunidad de lograr una América latina unida, como pretendían San Martín y Simón Bolívar. Fueron primando los intereses económicos de los sectores más ricos en cada una las regiones, que a través de importantes luchas intestinas se fueron adueñando del poder político. El Virreinato del Río de la Plata se fragmentó en cuatro países: Argentina, Paraguay, Bolivia y Uruguay.
En la Argentina, los grandes estancieros, fundamentalmente de la provincia de Buenos Aires, se entronizaron como los dueños del país. Frustraron el desarrollo del mercado interno que permitiera un progreso armónico utilizando las grandes riquezas naturales disponibles. Una oligarquía riquísima fue depositando cada vez más sus expectativas de poder en sus relaciones con el imperialismo inglés. Finalmente, en la década de 1930, esa clase parasitaria transformó a la Argentina en una semicolonia directa. Luego, ante la decadencia británica, fueron los intereses imperialistas yanquis los que comenzaron a dominar el país desde los años cincuenta.4
La burguesía argentina con sus partidos patronales se fue transformado en la socia local y correa de transmisión de los intereses imperialistas. Hoy una segunda independencia solo la puede encabezar la clase trabajadora y los sectores populares. La segunda y definitiva independencia se va a lograr con un gobierno de las y de los trabajadores y una Argentina y Latinoamérica socialistas. Hace falta para ello una nueva conducción política que con un programa obrero y popular que lleve esta pelea hasta el final. De eso se trata. Es por lo que luchamos desde Izquierda Socialista en el FIT Unidad y nuestra organización internacional, la UIT-CI.
1. El Congreso tuvo la presencia de 33 diputados. Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe no participaron porque estaban enfrentadas con Buenos Aires y en ese entonces integraban la Liga de los Pueblos Libres junto con la Banda Oriental, bajo el mando de José Artigas.
2. “El Redactor del Congreso Nacional” Nº 6, 23 de septiembre de 1816, en Ravignani Emilio. Asambleas Constituyentes Argentinas, Tomo I, Buenos Aires, 1937. Disponible en la web.
3. Carta de San Martín al diputado Godoy Cruz de Mendoza en Ricardo Levene. El genio político de San Martín Editorial Kraft, Buenos Aires, 1950.
4. Ver Nahuel Moreno. Método de interpretación de la historia Argentina. (1965) Ediciones El Socialista, Buenos Aires, 2012. Disponible en nahuelmoreno.org
Escribe Federico Novo Foti
Pasaron ya 210 años de la histórica declaración independentista. Se logró gracias a un movimiento revolucionario y una heroica lucha continental que nos liberó del imperio español. Pero a lo largo de las décadas nuestro país perdió su carácter independiente, consolidándose como un país capitalista semicolonial, de los ingleses primero y de los yanquis después.
¿Qué quiere decir que Argentina es un país capitalista semicolonial? Que si bien el pueblo elige a los gobiernos de turno, seguimos atados mediante tratados económicos y políticos a un nuevo amo: el imperialismo yanqui, sus multinacionales y bancos. Por eso en Argentina crecen el hambre, la pobreza y el saqueo.
Hoy el gobierno ultraderechista de Javier Milei y su plan motosierra encarnan lo peor del sometimiento de nuestro país al ajuste, el saqueo y la entrega al imperialismo yanqui de Donald Trump. Cuenta para ello con la inestimable ayuda de los gobernadores, legisladores y dirigentes sindicales peronistas.
Por eso desde Izquierda Socialista en el Frente de Izquierda Unidad decimos que para derrotar el plan motosierra de Milei y el FMI, el peronismo no es salida. Porque es un movimiento político patronal que fue abandonando incluso sus originarias banderas nacionalistas (justicia social, soberanía política e independencia económica).
Para terminar con el sometimiento de nuestro país al imperialismo se necesita una segunda y definitiva independencia. Volver a romper las cadenas que nos atan al imperialismo y al FMI, unidos a los pueblos latinoamericanos. Derrotar a los gobiernos de ultraderecha, como el de Milei. Para lograrlo no alcanzan las medias tintas. Hay que terminar con este sistema capitalista e imponer un gobierno de las y los trabajadores y el socialismo.