Jun 26, 2026 Last Updated 8:21 PM, Jun 25, 2026

Escriben Federico Novo Foti y Adolfo Santos
 
A fines de junio de 1941 el nazismo comenzó la invasión a la Unión Soviética en lo que se conoció como Operación Barbarroja. Buscaba terminar con el gobierno obrero, aunque estuviera en manos de la burocracia estalinista, y quedarse con sus recursos. Pese a un primer avance arrollador, gracias a la heroica y sacrificada resistencia del pueblo soviético, la invasión terminaría siendo el principio del fin del régimen nazi. 

La mañana del 22 de junio de 1941, el mariscal Georgi Zhukov llamó a la residencia de José Stalin, líder totalitario de la Unión Soviética: “¡Despiértelo inmediatamente! ¡Los alemanes están bombardeando nuestras ciudades!”. Por entonces, el nazismo se hallaba en la cumbre de su poder en la continuidad de la Segunda Guerra Mundial y su líder, Adolf Hitler, había decidido lanzarse a la conquista de la Unión Soviética, para terminar con el poder obrero, aunque éste estuviera en manos de la burocracia estalinista, y apoderarse de los recursos de ese extenso y rico país.

Después de la fácil conquista de gran parte de Europa Occidental, incluida Francia, los nazis suponían que el dominio de la Unión Soviética solo les llevaría tres o cuatro meses. La nueva campaña, que denominaron en clave “Operación Barbarroja”, se inició con una barrera de artillería sobre las posiciones rusas, seguida de un ataque aéreo de la Luftwaffe (su aviación). En el primer día de la invasión destruyeron cerca de 1.100 aviones rusos, lo que aseguró a los alemanes una cobertura aérea indiscutible en los primeros meses de la invasión. El avance del ejército nazi siguió a un ritmo de 32 kilómetros por día, atravesando la desprevenida línea de defensa soviética y llegando a Smolensk (a 369 kilómetros de Moscú) el 18 de julio.

Las sorprendidas tropas soviéticas sintieron el golpe y en pocos días sufrieron fuertes bajas y perdieron gran parte del territorio. En poco más de un mes, habían muerto casi un millón de soldados. El responsable de aquel aniquilamiento inicial no era otro que José Stalin.
 
El infame pacto Hitler-Stalin

Casi dos años antes, en agosto de 1939, la Alemania nazi y la Unión Soviética de Stalin habían firmado en Moscú el Pacto Molotov–Ribbentrop, un infame acuerdo de no agresión y partición de Polonia. León Trotsky, el revolucionario ruso que por entonces sufría la persecución del estalinismo, calificó el pacto como “una capitulación de Stalin ante el imperialismo fascista con el fin de resguardar a la oligarquía soviética”.1 Así, con las manos libres, Hitler invadió Polonia, dando inicio a la Segunda Guerra Mundial. Para fines de junio de 1940 las tropas alemanas ya ocupaban Dinamarca, Noruega, Países Bajos, Bélgica y Francia.

La invasión a la URSS comenzó a prepararse en los primeros meses de 1941. Sin embargo, Stalin continuaba confiando en que Hitler iba a respetar el pacto y había desestimado, una y otra vez, las permanentes advertencias hechas por sus agentes de inteligencia diseminados por Europa.2 Pero el 22 de junio los alemanes cruzaron la frontera e iniciaron la invasión de la Unión Soviética. Con la invasión a la Unión Soviética los nazis provocaron un realineamiento decisivo que definió los dos bloques de la Segunda Guerra Mundial. Los países agrupados en el Eje, por un lado: encabezados por Alemania, con Italia y Japón. Por el otro, los Aliados: con Francia e Inglaterra, a los que se sumaron la URSS en agosto y Estados Unidos en diciembre, después de sufrir el ataque japonés en Pearl Harbor.

Contrariamente a lo que preveían Hitler y la oficialidad nazi, de que el desánimo y la desmoralización llevarían a la deserción en masa de sus enemigos, resultó lo opuesto. Pese a la traición de Stalin, los soldados soviéticos resistieron con un heroísmo sorprendente. Lo que los alemanes creían que se resolvería en pocos meses se extendió más de la cuenta y Alemania tuvo que movilizar a todos los varones de entre 15 y 55 años para relevar a los agotados soldados del frente. Entre las tropas alemanas se generalizó la expresión “son preferibles tres campañas en Francia que una sola en Rusia”.3 Mientras tanto, en las zonas ocupadas de la Unión Soviética aumentaba la actividad de los partisanos, combatientes que eran un verdadero martirio para la retaguardia alemana.

Octubre y noviembre fueron cruciales. La llegada anticipada del invierno, con las primeras nevadas y lluvias, con temperaturas bajo cero, fueron aliados fundamentales de una resistencia encarnizada. Aunque los ejércitos nazis consiguieron llegar a las puertas de Leningrado (hoy San Petersburgo) y Moscú no consiguieron su objetivo de ocuparlas y fueron rechazados. El 25 de noviembre, más de cien mil obreros se movilizaron en Moscú para sumarse a la defensa de la ciudad. Se cavaron 160 kilómetros de zanjas para evitar el paso de los Panzer (tanques) y se colocaron kilómetros de alambrados y otros obstáculos, una acción de la población civil que elevó la moral de los soldados soviéticos.

En diciembre, a las puertas de Moscú, Alemania cedió la iniciativa y perdió su potencial militar frente a la tenaz resistencia de los soldados y el pueblo soviético. Pese al deseo de Hitler de un esfuerzo final, el comandante Gunther Von Kluge dio la orden de detener la ofensiva el 4 de diciembre. La Operación Barbarroja llegaba a su fin. Era la primera gran derrota del ejército nazi.
 
El comienzo del fin del régimen nazi

Tras la Operación Barbarroja, en 1943, ocurrieron dos grandes y decisivas batallas. En febrero terminó la batalla de Stalingrado (hoy Volgogrado), que marcó un punto de inflexión. En agosto, la división tanques del ejército soviético trabó la mayor batalla de tanques de la historia y detuvo la última ofensiva nazi a gran escala imponiéndole una derrota categórica en la batalla de Kursk. Fueron momentos decisivos para quebrar las fuerzas y la moral del ejército alemán. La derrota sobre los nazis no solo estimuló a las tropas soviéticas, también insufló fuerzas a la resistencia antifascista en los países ocupados facilitando el avance de las tropas aliadas.

En mayo de 1945 las tropas soviéticas tomaron Berlín y terminaron definitivamente con el régimen nazi y la Segunda Guerra Mundial.4 Por la cantidad y ferocidad de los enfrentamientos, la derrota de los nazis se debe en gran parte al valor y la determinación del pueblo soviético que, según estadísticas, aportó 75% de los 50 millones de soldados y civiles muertos durante la guerra.

El papel jugado por el pueblo y el ejército soviético en la derrota del nazismo generó una corriente de simpatía con el comunismo, fundamentalmente en los países de Europa. Terminada la guerra, la fuerza y las armas estaban en manos de las y los trabajadores y de la resistencia, que se sentían y eran los verdaderos ganadores. Podrían haberse apropiado del poder en países como Francia, Italia o Grecia. Sin embargo, una vez más, la burocracia estalinista utilizó su influencia para cometer una nueva traición. Exigió deponer las armas y convocó a la clase obrera a colaborar con la reconstrucción económica de Europa al servicio del capitalismo, impidiendo el triunfo de revoluciones obreras y socialistas.


1. León Trotsky. "Stalin, el comisario de Hitler” (2/9/1939) y “La alianza germano-soviética” (4/9/1939) en Escritos, tomo XI, vol. 1. Pluma, Bogotá, 1979. Disponible en www.marxists.org
2. Leopold Trepper. El gran juego. Editorial Ariel, Barcelona, 1977.
3. Jean López. Historia visual de la Segunda Guerra Mundial. Editorial Planeta, Madrid, 2019.
4. Días antes había caído el régimen fascista en Italia y semanas después, tras el lanzamiento de las bombas atómicas sobre las ciudades de Nagazaki e Hiroshima, se rendiría Japón.

A fines de 1939 León Trotsky definía a Stalin y Hitler como “astros gemelos”.1  Cuando firmaron el pacto germano-soviético, Trotsky reiteró su definición de que Hitler tenía como objetivo liquidar a la Unión Soviética y que Stalin le hacía el juego. Pero el pacto y el accionar de Stalin en la guerra impactaron en la joven Cuarta Internacional, fundada por Trotsky en 1938 para batallar contra la traición de la burocracia estalinista. En Estados Unidos surgió un sector en el Socialists Workers Party (SWP) que comenzó a rechazar la definición de la URSS como estado obrero, aunque degenerado por la burocracia, que Trotsky consideraba como uno de los pilares del programa de la nueva internacional. En el mismo sentido, el sector encabezado por Max Shachtman y James Burnham, rechazaba la defensa de la URSS ante la amenaza de invasión nazi que sostenía Trotsky.2  Dos días antes del primer aniversario de la firma del pacto, el 21 de agosto de 1940, Trotsky caía asesinado por un agente estalinista en México. Menos de un año después, en junio de 1941, se cumplía su vaticinio: los ejércitos nazis comenzaban la Operación Barbarroja, la invasión a la Unión Soviética.

1. “Los astros gemelos: Hitler-Stalin”’ en Revista Liberty. 27 de enero de 1940. www.uit-ci.org  
2. León Trotsky. En defensa del marxismo. Yunque, Buenos Aires, 1975. www.marxists.org 

Foto de portada: Escena de la película Operación Masacre basada en el libro de Rodolfo Walsh


Escribe Federico Novo Foti

El 9 de junio de 1956 se recuerda como la fecha en que fueron fusilados trabajadores en un basural de José León Suárez, provincia de Buenos Aires, algunos de los cuales preparaban un levantamiento contra la dictadura militar de Aramburu, tras el golpe gorila de 1955 que había derrocado a Juan Perón. El hecho expuso los límites de la conducción peronista, incluido Perón, ante los desafíos que enfrentaba el movimiento obrero y popular. 
  
Aquella noche, un grupo de personas estaba reunido en una casa en la localidad de Florida, en el partido de Vicente López para escuchar la transmisión radial de la pelea por el título sudamericano de boxeo. Pero a las 23.30 horas, policías encabezados por el teniente coronel Desiderio Fernández Suárez, asaltó de manera intempestiva la vivienda. Doce personas fueron detenidas y trasladadas a una Comisaría del partido de San Martín. Allí se las interrogó y se las despojó de sus pertenencias. En la madrugada del día siguiente, sin juicio previo, Fernández Suárez dio la orden de fusilarlos. Los prisioneros fueron subidos a un carro de asalto y trasladados a José León Suarez donde fueron obligados a bajar y caminar hacia el interior del basural bajo la luz de los faros de una camioneta policial, y comenzaron a dispararles.1

La masacre de José León Suárez fue parte de la brutal represión orquestada por la dictadura militar de Pedro Eugenio Aramburu contra el intento de alzamiento militar y civil encabezado por el general Juan José Valle, que buscaba terminar con la dictadura y restituir a Juan Perón en el gobierno. Algunos de los fusilados no eran parte ni conocían los planes del levantamiento. En los días siguientes, se realizaron procedimientos represivos similares en La Plata, Lanús y distintos destacamentos militares. Fueron fusilados 13 civiles y 18 militares, incluido el general Valle.

Perón se despegó de los sublevados en una carta del 12 de junio: “Los dirigentes de ese movimiento han procedido hasta con ingenuidad. Lástima grande es que hayan comprometido inútilmente la vida de muchos de nuestros hombres, en una acción que, de antemano podía predecirse como un fracaso”.2
 
El golpe gorila y la resistencia peronista

En septiembre de 1955, había triunfado la autodenominada “Revolución Libertadora”. El “golpe gorila” derrocó al gobierno de Perón, quien había rechazado armar a los trabajadores, pese a los pedidos reiterados, y partió rumbo a Paraguay. Fue una dura derrota para el pueblo trabajador, que permitió que se consolidara un gobierno militar pro-patronal, proyanqui y clerical.3 Tras el golpe comenzaron dieciocho años de proscripción para el peronismo.

Bajo las dictaduras del general Eduardo Lonardi y, luego, de Aramburu se impusieron planes para trasformar a la Argentina en una semicolonia de Estados Unidos. Se firmaron los pactos con la OEA y el país ingresó al FMI. El “Plan Prebisch” se centró en liquidar las conquistas obtenidas por la clase trabajadora. Pero para ello la dictadura debía terminar de destruir la organización del movimiento obrero. Ese era el significado de la “desperonización” (la proscripción y persecución al peronismo) a la que se unía una represión generalizada sobre el conjunto de los sectores populares. La dictadura intentó inter-venir los gremios con la colaboración de viejos dirigentes sindicales radicales, del PS y el PC.

Ante la ofensiva contra el movimiento obrero se inició lo que se conocerá como “Resistencia Peronista”, entre 1956 y 1959. Al comienzo, la resistencia no fue alentada ni por Perón ni por los burócratas sindicales, quienes llamaban a la pacificación, sino que fue producto de los activistas que actuaron espontáneamente en defensa propia, de la clase obrera y del peronismo. La conducción peronista, así como no había llamado a los trabajadores a resistir el golpe, después de su caída tampoco buscó apoyarse en el movimiento obrero que, sin duda, dio muestras de estar dispuesto a luchar.

En 1956 y 1957 se sucedieron paros, luchas parciales, reagrupamientos, se crearon listas y se realizaron plenarios sindicales. En ese proceso la corriente trotskista dirigida por Nahuel Moreno jugó un papel importantísimo publicando boletines diarios de huelga y vendiendo 10 mil periódicos semanales con sus propuestas políticas. A fines de 1956 el morenismo jugó un papel destacado en la huelga de la Unión Obrera Metalúrgica que duró 40 días donde el propio Moreno se convirtió en una referencia del Comité Nacional de Huelga.  

Esa política de resistencia fue asumida por una nueva dirección que estaba surgiendo en el movimiento obrero y que abrumadoramente se reivindicaba peronista. Sin embargo, los dirigentes peronistas, incluido Perón en el exilio, quien comenzó a enviar sus “Instrucciones” y “Directivas”, entendían que la “resistencia” debía consistir en una sucesión de acciones que desgastaran a la dictadura y sirvieran de soporte para un golpe militar nacionalista peronista. Aquella experiencia fue la que fracasó estrepitosamente en junio de 1956 con el levantamiento del general Valle.

La corriente morenista, que había enfrentado el golpe gorila en 1955 y era parte de la resistencia a la dictadura, señalaba los límites del peronismo para enfrentar a la dictadura: “El golpe [de Valle] fracasó porque no se basó ni en la organización, ni en la movilización de la clase obrera” 4. De igual manera, señalaba la responsabilidad y los límites de la conducción peronista y su orientación golpista, apoyada en los militares y no en el movimiento obrero.
 
“Operación Masacre”

Seis meses más tarde, a fines de 1956, en un café de la ciudad de La Plata, un hombre susurraría al oído del joven periodista Rodolfo Walsh: “hay un fusilado que vive”. Aquella revelación dio lugar al inicio de una investigación en la que Walsh, con ayuda de la periodista Enriqueta Muñiz y algunos de los siete sobrevivientes, logró documentar y denunciar públicamente la masacre de José León Suárez.

Los medios nacionales, cómplices de la dictadura, no habían expuesto hasta entonces los fusilamientos. Pero entre mayo y julio de 1957, Walsh publicó en forma de notas en el diario Mayoría los resultados de su investigación. En diciembre de ese año se publicaría en forma de libro bajo el título Ope-ración Masacre.5 La difusión de sus crímenes llevó a que la dictadura de Aramburu fuera popularmente conocida como la “revolución fusiladora”.

A pesar de la derrota del levantamiento del general Valle y los fusilamientos de José León Suárez, las luchas obreras continuaron. Recién en enero de 1959, la derrota de los obreros del frigorífico Lisandro de la Torre marcó el cierre de la resistencia peronista. Vinieron luego diez años de batallas defensivas y derrotas obreras. Hubo importantes conflictos, pero fueron menores respecto a los del período de la resistencia.

En este período el peronismo profundizó su línea de integración al régimen iniciado con la “fusiladora”. Ejemplo de ello fue en 1966, cuando la burocracia sindical peronista se hizo presente en la asunción del dictador Juan Carlos Onganía, al tiempo que Perón llamaba a “desensillar hasta que aclare”. La tarea por construir una nueva dirección política y sindical en el movimiento obrero y popular sigue vigente.

1. Rodolfo Walsh. Operación Masacre. Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 2000.
2. Citado en Ernesto González (coord.). El trotskismo obrero e internacionalista en Argentina. Tomo 2. Editorial Antídoto, Buenos Aires, 1996. Disponible en www.marxists.org 
3. Nahuel Moreno. El golpe gorila de 1955. Las posiciones del trotskismo. Ediciones El Socialista, Buenos Aires, 2012. Disponible en www.nahuelmoreno.org 
4. Rodolfo Walsh. Op. Cit.
5. “Sólo la organización y actividad de la clase obrera podrán solucionar los problemas del país y de los trabajadores”, en Separata de Unidad Obrera Nº 1 (junio de 1956) en Ernesto González (coord.) Op. Cit.

Escribe Adolfo Santos

El 29 de mayo de 1974 fueron asesinados por la Triple A Oscar “Hijitus” Mesa, Antonio “Tony” Moses y Mario “el Tano” Zidda, militantes del Partido Socialista de los Trabajadores (PST). El hecho quedó conocido como la Masacre de Pacheco.

Por iniciativa del Suteba Tigre y la Comisión Ana María Martínez, el viernes pasado se realizó un acto en la plaza de El Talar, con la participación de organizaciones políticas, sindicales y de derechos humanos, para mantener viva la memoria y el reclamo de justicia por este crimen político cometido en pleno gobierno peronista.

En los primeros años de la década del ‘70, las patronales y sus gobiernos no conseguían contener las demandas sociales. Las luchas, huelgas y movilizaciones que, con el Cordobazo, habían colocado en retirada a la dictadura de Onganía y Lanusse, se sucedían y generaban un poderoso activismo. En ese contexto, el PST, fundado por Nahuel Moreno, tuvo una actuación destacada, ganando representación en cuerpos de delegados y comisiones internas de fábrica, que eran el motor de ese ascenso.

La vuelta de Juan Domingo Perón después de 18 años de exilio, acordada entre sectores militares y políticos patronales como una apuesta para frenar las luchas, no dio resultado. Desde el gobierno peronista, con la complicidad de la burocracia sindical, recurrieron a la formación de bandas armadas como la Triple A o la Concentración Nacional Universitaria (CNU), que, con métodos fascistas, cometían crímenes para amedrentar a las y los luchadores.

El 29 de mayo de 1974, una banda de la Triple A encabezada por Julio Yessi, dirigente peronista ligado a José López Rega, invadió el local del PST en la localidad de Pacheco. Secuestraron a seis integrantes del partido y, cerca de Pilar, fusilaron a los compañeros Oscar Mesa, delegado de Astilleros Astarsa; Antonio “Tony” Moses, trabajador de Wobron; y Mario Zidda, joven estudiante de la ENET Nº 1 de Tigre.

La conmoción por el bárbaro crimen se reflejó en el multitudinario acto realizado durante el sepelio de los tres compañeros, donde Nahuel Moreno convocó a la más amplia unidad de acción para aplastar al fascismo.

La actividad realizada este viernes 29 en la plaza de El Talar contó con compañeras y compañeros que fueron militantes del PST, dirigentes sindicales, sociales y jóvenes. Entre ellos se encontraba una delegación de Izquierda Socialista, continuadora de la tradición del PST.

Los oradores rindieron homenaje a los compañeros asesinados y exigieron la vuelta a la cárcel del asesino Julio Yessi. También reafirmaron el compromiso de seguir el ejemplo de los luchadores de los ‘70, hoy contra el gobierno ultraderechista de Javier Milei, y de continuar exigiendo la apertura de los archivos de la represión desde 1974 a 1982 para conocer la verdad sobre los crímenes de la Triple A y la represión contra la militancia obrera, estudiantil y socialista.




Foto de portada: A fuerza de movilización de obreros y estudiantes, huyó la caballería

Escribe Federico Novo Foti

El 29 de mayo de 1969, en medio de una huelga general nacional, los obreros cordobeses se movilizaron, derrotaron a la policía y dominaron el centro de la ciudad. Sólo la represión del ejército logró terminar de controlar la situación, el mediodía del viernes 30. Pero la dictadura del general Juan Carlos Onganía ya estaba herida de muerte.
  
El jueves 29 de mayo de 1969 la ciudad de Córdoba amaneció con un clima enrarecido. Es que la CGT 1 había convocado a un paro nacional de 24 horas para el viernes 30. Pero la CGT regional de Córdoba había decidido adelantar la convocatoria para el día previo, transformando la acción en una huelga de 36 horas. Desde las 10 de la mañana de aquel jueves, miles de obreros comenzaron a abandonar las fábricas para dirigirse al centro de la ciudad. La medida logró una adhesión del 98%, evidenciando la bronca existente entre los trabajadores por los bajos salarios y la represión de la dictadura militar encabezada por Juan Carlos Onganía.

Los manifestantes, a los que se fueron sumando cada vez más estudiantes, se encolumnaron y ocuparon un área de 150 manzanas, donde comenzaron a hostigar a la policía. Para el mediodía, hora de inicio formal de la huelga, los enfrentamientos ya eran generalizados. Vecinos se sumaron a las barricadas improvisadas y, a fuerza de pedradas, hicieron huir a la Caballería. La Guardia de Infantería utilizó armas de fuego y asesinaron al obrero del Smata, Máximo Mena y al estudiante de arquitectura, Daniel Castellanos. Lejos de apaciguarse los ánimos, los enfrentamientos recrudecieron y la policía debió replegarse. El centro de la ciudad había quedado en manos de los manifestantes.2

Recién pasadas las 17 horas, cuando la movilización comenzaba a debilitarse, entraron en acción las tropas del ejército. Su objetivo era recuperar el dominio del centro de la ciudad. Casi sin enfrentamientos masivos, los manifestantes fueron obligados a retirarse a los barrios, donde continuaron con ataques a puestos policiales. Para el mediodía del viernes 30 el ejército tenía controlada la situación. El saldo de la represión fue de 6 muertos, 51 heridos y 300 arrestados. Entre estos últimos estaban, Raimundo Ongaro, secretario general de la CGT de los Argentinos, Elpidio Torres, secretario general del Smata y Agustín Tosco secretario general de Luz y Fuerza, uno de los principales dirigentes de aquellas jornadas.

El Cordobazo fue una insurrección espontánea, protagonizada por obreros y estudiantes, provocada por el odio a la dictadura militar de Onganía. Fue la máxima expresión de la unidad en las manifestaciones callejeras de obreros y estudiantes. El régimen militar quedó herido de muerte y nunca se pudo recuperar de aquel golpe.
 
Antecedentes del Cordobazo

El Cordobazo no fue un rayo en cielo sereno. Desde 1966 el país estaba gobernado por la dictadura militar de Onganía. Pero la represión y la miseria habían comenzado a provocar un creciente malestar entre los obreros y sectores populares. 

El movimiento obrero comenzó a recuperarse después de años de estancamiento. Durante 1968 se dieron tres luchas obreras importantes: la de los petroleros de YPF en Ensenada, la de los gráficos de Fabril Financiera en Barracas y la de Citroën, también en la ciudad de Buenos Aires. Fueron tres luchas largas y con mucha fuerza en la base, que organizó piquetes y se enfrentó a los “carneros”. Si bien fueron derrotadas por responsabilidad de la burocracia sindical, el ascenso no se interrumpió y se trasladó a las provincias. Desde comienzos de 1969, fueron saliendo a la lucha los metalúrgicos, Luz y Fuerza, Smata, estatales y docentes.

Entre tanto, el estudiantado del interior también había comenzado a luchar. En marzo de 1969 hubo conflictos estudiantiles en Tucumán y Rosario. A mediados de mayo se movilizaron los estudiantes correntinos en contra de la privatización del comedor universitario y fueron duramente reprimidos. El estudiante de Medicina Juan José Cabral cayó asesinado por la policía. Esto generó una inmediata movilización en Rosario que dio origen al Rosariazo, donde fue asesinado otro estudiante de Económicas, Adolfo Ramón Bello. El 16 de mayo los estudiantes comenzaron a movilizarse y enfrentar en las calles a la policía hasta derrotarla. El 21 de mayo se sumaron sectores del movimiento obrero, día en que fue asesinado el joven metalúrgico Luis Blanco.

En ese escenario de ebullición, la CGT se vio obligada a convocar a un paro nacional de 24 horas para el 30 de mayo. Pero fue en Córdoba donde se dio el punto más alto de la lucha. Allí, en la segunda ciudad del país por población y peso industrial, creció el malestar por los bajos salarios y la represión entre un movimiento obrero joven y altamente calificado (metalúrgico y automotor), con una burocracia relativamente más débil, y un estudiantado de tradición combativa, concentrado en pensiones y casas estudiantiles en el Barrio Clínicas, que se venía movilizando en solidaridad con los estudiantes tucumanos, correntinos y rosarinos.
 
Lecciones del Cordobazo

El Cordobazo marcó el inicio de un nuevo ascenso de la lucha de clases en el país. Si bien la dictadura militar cayó herida de muerte, el imperialismo y los partidos patronales, con el líder radical Ricardo Balbín y Juan Domingo Perón, aún en el exilio, se jugaron a salvar al régimen capitalista forjando el “Gran Acuerdo Nacional” (GAN), que permitió el llamado a elecciones y el regreso de Perón al poder en 1973 con el objetivo de contener las luchas. Pese a todo, el ascenso continuó y en esta etapa se fortalecieron sectores antiburocráticos del movimiento obrero, cuya máxima expresión fueron los sindicatos combativos de la FIAT (Sitrac y Sitram).3 Este proceso perduró hasta el golpe de estado genocida del 24 de marzo de 1976.

Esto dejó importantes enseñanzas. Por un lado, puso en evidencia la fuerza del movimiento obrero cuando sale a la lucha. En aquella oportunidad, encabezando al movimiento estudiantil y sectores populares, logró barrer con la dictadura. Pero, por otro lado, expuso el problema de las conducciones políticas y sindicales. Si aquella movilización triunfante que derrotó a la dictadura de Onganía no terminó con el régimen capitalista fue porque la mayoría de los trabajadores eran conducidos por el peronismo, un movimiento patronal que se jugó a lograr la “estabilidad” burguesa del país, y por una dirigencia sindical burocrática y traidora, aliada incondicional de esos patrones.

Hoy, bajo el gobierno ultraderechista de Javier Milei y su plan motosierra, con el ajuste de los gobernadores (incluidos los peronistas) y la traición de la CGT se vuelve a demostrar que el peronismo no va más. La salida es con el Frente de Izquierda Unidad. Desde Izquierda Socialista en el FITU seguimos bregando por una nueva dirección sindical y política independiente de los patrones y los burócratas, que impulse un plan obrero y popular en la pelea por un gobierno de las y los trabajadores y el socialismo.

1. Por entonces la burocracia de la CGT estaba dividida en dos alas. La CGT “Azopardo” de Augusto Vandor (colaboracionista con la dictadura) y la CGT “de los Argentinos” de Raimundo Ongaro (unida a la oposición patronal a la dictadura).
2. Mercedes Petit.. “Dos días que conmovieron a la Argentina” en Revista de América Nº 4, junio de 1975. Disponible en www.nahuelmoreno.org
3. Ver R. de Titto. Historia del PST. CEHuS, Buenos Aires, 2016.

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