Jun 09, 2026 Last Updated 2:58 PM, Jun 9, 2026

Foto de portada: Escena de la película Operación Masacre basada en el libro de Rodolfo Walsh


Escribe Federico Novo Foti

El 9 de junio de 1956 se recuerda como la fecha en que fueron fusilados trabajadores en un basural de José León Suárez, provincia de Buenos Aires, algunos de los cuales preparaban un levantamiento contra la dictadura militar de Aramburu, tras el golpe gorila de 1955 que había derrocado a Juan Perón. El hecho expuso los límites de la conducción peronista, incluido Perón, ante los desafíos que enfrentaba el movimiento obrero y popular. 
  
Aquella noche, un grupo de personas estaba reunido en una casa en la localidad de Florida, en el partido de Vicente López para escuchar la transmisión radial de la pelea por el título sudamericano de boxeo. Pero a las 23.30 horas, policías encabezados por el teniente coronel Desiderio Fernández Suárez, asaltó de manera intempestiva la vivienda. Doce personas fueron detenidas y trasladadas a una Comisaría del partido de San Martín. Allí se las interrogó y se las despojó de sus pertenencias. En la madrugada del día siguiente, sin juicio previo, Fernández Suárez dio la orden de fusilarlos. Los prisioneros fueron subidos a un carro de asalto y trasladados a José León Suarez donde fueron obligados a bajar y caminar hacia el interior del basural bajo la luz de los faros de una camioneta policial, y comenzaron a dispararles.1

La masacre de José León Suárez fue parte de la brutal represión orquestada por la dictadura militar de Pedro Eugenio Aramburu contra el intento de alzamiento militar y civil encabezado por el general Juan José Valle, que buscaba terminar con la dictadura y restituir a Juan Perón en el gobierno. Algunos de los fusilados no eran parte ni conocían los planes del levantamiento. En los días siguientes, se realizaron procedimientos represivos similares en La Plata, Lanús y distintos destacamentos militares. Fueron fusilados 13 civiles y 18 militares, incluido el general Valle.

Perón se despegó de los sublevados en una carta del 12 de junio: “Los dirigentes de ese movimiento han procedido hasta con ingenuidad. Lástima grande es que hayan comprometido inútilmente la vida de muchos de nuestros hombres, en una acción que, de antemano podía predecirse como un fracaso”.2
 
El golpe gorila y la resistencia peronista

En septiembre de 1955, había triunfado la autodenominada “Revolución Libertadora”. El “golpe gorila” derrocó al gobierno de Perón, quien había rechazado armar a los trabajadores, pese a los pedidos reiterados, y partió rumbo a Paraguay. Fue una dura derrota para el pueblo trabajador, que permitió que se consolidara un gobierno militar pro-patronal, proyanqui y clerical.3 Tras el golpe comenzaron dieciocho años de proscripción para el peronismo.

Bajo las dictaduras del general Eduardo Lonardi y, luego, de Aramburu se impusieron planes para trasformar a la Argentina en una semicolonia de Estados Unidos. Se firmaron los pactos con la OEA y el país ingresó al FMI. El “Plan Prebisch” se centró en liquidar las conquistas obtenidas por la clase trabajadora. Pero para ello la dictadura debía terminar de destruir la organización del movimiento obrero. Ese era el significado de la “desperonización” (la proscripción y persecución al peronismo) a la que se unía una represión generalizada sobre el conjunto de los sectores populares. La dictadura intentó inter-venir los gremios con la colaboración de viejos dirigentes sindicales radicales, del PS y el PC.

Ante la ofensiva contra el movimiento obrero se inició lo que se conocerá como “Resistencia Peronista”, entre 1956 y 1959. Al comienzo, la resistencia no fue alentada ni por Perón ni por los burócratas sindicales, quienes llamaban a la pacificación, sino que fue producto de los activistas que actuaron espontáneamente en defensa propia, de la clase obrera y del peronismo. La conducción peronista, así como no había llamado a los trabajadores a resistir el golpe, después de su caída tampoco buscó apoyarse en el movimiento obrero que, sin duda, dio muestras de estar dispuesto a luchar.

En 1956 y 1957 se sucedieron paros, luchas parciales, reagrupamientos, se crearon listas y se realizaron plenarios sindicales. En ese proceso la corriente trotskista dirigida por Nahuel Moreno jugó un papel importantísimo publicando boletines diarios de huelga y vendiendo 10 mil periódicos semanales con sus propuestas políticas. A fines de 1956 el morenismo jugó un papel destacado en la huelga de la Unión Obrera Metalúrgica que duró 40 días donde el propio Moreno se convirtió en una referencia del Comité Nacional de Huelga.  

Esa política de resistencia fue asumida por una nueva dirección que estaba surgiendo en el movimiento obrero y que abrumadoramente se reivindicaba peronista. Sin embargo, los dirigentes peronistas, incluido Perón en el exilio, quien comenzó a enviar sus “Instrucciones” y “Directivas”, entendían que la “resistencia” debía consistir en una sucesión de acciones que desgastaran a la dictadura y sirvieran de soporte para un golpe militar nacionalista peronista. Aquella experiencia fue la que fracasó estrepitosamente en junio de 1956 con el levantamiento del general Valle.

La corriente morenista, que había enfrentado el golpe gorila en 1955 y era parte de la resistencia a la dictadura, señalaba los límites del peronismo para enfrentar a la dictadura: “El golpe [de Valle] fracasó porque no se basó ni en la organización, ni en la movilización de la clase obrera” 4. De igual manera, señalaba la responsabilidad y los límites de la conducción peronista y su orientación golpista, apoyada en los militares y no en el movimiento obrero.
 
“Operación Masacre”

Seis meses más tarde, a fines de 1956, en un café de la ciudad de La Plata, un hombre susurraría al oído del joven periodista Rodolfo Walsh: “hay un fusilado que vive”. Aquella revelación dio lugar al inicio de una investigación en la que Walsh, con ayuda de la periodista Enriqueta Muñiz y algunos de los siete sobrevivientes, logró documentar y denunciar públicamente la masacre de José León Suárez.

Los medios nacionales, cómplices de la dictadura, no habían expuesto hasta entonces los fusilamientos. Pero entre mayo y julio de 1957, Walsh publicó en forma de notas en el diario Mayoría los resultados de su investigación. En diciembre de ese año se publicaría en forma de libro bajo el título Ope-ración Masacre.5 La difusión de sus crímenes llevó a que la dictadura de Aramburu fuera popularmente conocida como la “revolución fusiladora”.

A pesar de la derrota del levantamiento del general Valle y los fusilamientos de José León Suárez, las luchas obreras continuaron. Recién en enero de 1959, la derrota de los obreros del frigorífico Lisandro de la Torre marcó el cierre de la resistencia peronista. Vinieron luego diez años de batallas defensivas y derrotas obreras. Hubo importantes conflictos, pero fueron menores respecto a los del período de la resistencia.

En este período el peronismo profundizó su línea de integración al régimen iniciado con la “fusiladora”. Ejemplo de ello fue en 1966, cuando la burocracia sindical peronista se hizo presente en la asunción del dictador Juan Carlos Onganía, al tiempo que Perón llamaba a “desensillar hasta que aclare”. La tarea por construir una nueva dirección política y sindical en el movimiento obrero y popular sigue vigente.

1. Rodolfo Walsh. Operación Masacre. Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 2000.
2. Citado en Ernesto González (coord.). El trotskismo obrero e internacionalista en Argentina. Tomo 2. Editorial Antídoto, Buenos Aires, 1996. Disponible en www.marxists.org 
3. Nahuel Moreno. El golpe gorila de 1955. Las posiciones del trotskismo. Ediciones El Socialista, Buenos Aires, 2012. Disponible en www.nahuelmoreno.org 
4. Rodolfo Walsh. Op. Cit.
5. “Sólo la organización y actividad de la clase obrera podrán solucionar los problemas del país y de los trabajadores”, en Separata de Unidad Obrera Nº 1 (junio de 1956) en Ernesto González (coord.) Op. Cit.

Escribe Adolfo Santos

El 29 de mayo de 1974 fueron asesinados por la Triple A Oscar “Hijitus” Mesa, Antonio “Tony” Moses y Mario “el Tano” Zidda, militantes del Partido Socialista de los Trabajadores (PST). El hecho quedó conocido como la Masacre de Pacheco.

Por iniciativa del Suteba Tigre y la Comisión Ana María Martínez, el viernes pasado se realizó un acto en la plaza de El Talar, con la participación de organizaciones políticas, sindicales y de derechos humanos, para mantener viva la memoria y el reclamo de justicia por este crimen político cometido en pleno gobierno peronista.

En los primeros años de la década del ‘70, las patronales y sus gobiernos no conseguían contener las demandas sociales. Las luchas, huelgas y movilizaciones que, con el Cordobazo, habían colocado en retirada a la dictadura de Onganía y Lanusse, se sucedían y generaban un poderoso activismo. En ese contexto, el PST, fundado por Nahuel Moreno, tuvo una actuación destacada, ganando representación en cuerpos de delegados y comisiones internas de fábrica, que eran el motor de ese ascenso.

La vuelta de Juan Domingo Perón después de 18 años de exilio, acordada entre sectores militares y políticos patronales como una apuesta para frenar las luchas, no dio resultado. Desde el gobierno peronista, con la complicidad de la burocracia sindical, recurrieron a la formación de bandas armadas como la Triple A o la Concentración Nacional Universitaria (CNU), que, con métodos fascistas, cometían crímenes para amedrentar a las y los luchadores.

El 29 de mayo de 1974, una banda de la Triple A encabezada por Julio Yessi, dirigente peronista ligado a José López Rega, invadió el local del PST en la localidad de Pacheco. Secuestraron a seis integrantes del partido y, cerca de Pilar, fusilaron a los compañeros Oscar Mesa, delegado de Astilleros Astarsa; Antonio “Tony” Moses, trabajador de Wobron; y Mario Zidda, joven estudiante de la ENET Nº 1 de Tigre.

La conmoción por el bárbaro crimen se reflejó en el multitudinario acto realizado durante el sepelio de los tres compañeros, donde Nahuel Moreno convocó a la más amplia unidad de acción para aplastar al fascismo.

La actividad realizada este viernes 29 en la plaza de El Talar contó con compañeras y compañeros que fueron militantes del PST, dirigentes sindicales, sociales y jóvenes. Entre ellos se encontraba una delegación de Izquierda Socialista, continuadora de la tradición del PST.

Los oradores rindieron homenaje a los compañeros asesinados y exigieron la vuelta a la cárcel del asesino Julio Yessi. También reafirmaron el compromiso de seguir el ejemplo de los luchadores de los ‘70, hoy contra el gobierno ultraderechista de Javier Milei, y de continuar exigiendo la apertura de los archivos de la represión desde 1974 a 1982 para conocer la verdad sobre los crímenes de la Triple A y la represión contra la militancia obrera, estudiantil y socialista.




Foto de portada: A fuerza de movilización de obreros y estudiantes, huyó la caballería

Escribe Federico Novo Foti

El 29 de mayo de 1969, en medio de una huelga general nacional, los obreros cordobeses se movilizaron, derrotaron a la policía y dominaron el centro de la ciudad. Sólo la represión del ejército logró terminar de controlar la situación, el mediodía del viernes 30. Pero la dictadura del general Juan Carlos Onganía ya estaba herida de muerte.
  
El jueves 29 de mayo de 1969 la ciudad de Córdoba amaneció con un clima enrarecido. Es que la CGT 1 había convocado a un paro nacional de 24 horas para el viernes 30. Pero la CGT regional de Córdoba había decidido adelantar la convocatoria para el día previo, transformando la acción en una huelga de 36 horas. Desde las 10 de la mañana de aquel jueves, miles de obreros comenzaron a abandonar las fábricas para dirigirse al centro de la ciudad. La medida logró una adhesión del 98%, evidenciando la bronca existente entre los trabajadores por los bajos salarios y la represión de la dictadura militar encabezada por Juan Carlos Onganía.

Los manifestantes, a los que se fueron sumando cada vez más estudiantes, se encolumnaron y ocuparon un área de 150 manzanas, donde comenzaron a hostigar a la policía. Para el mediodía, hora de inicio formal de la huelga, los enfrentamientos ya eran generalizados. Vecinos se sumaron a las barricadas improvisadas y, a fuerza de pedradas, hicieron huir a la Caballería. La Guardia de Infantería utilizó armas de fuego y asesinaron al obrero del Smata, Máximo Mena y al estudiante de arquitectura, Daniel Castellanos. Lejos de apaciguarse los ánimos, los enfrentamientos recrudecieron y la policía debió replegarse. El centro de la ciudad había quedado en manos de los manifestantes.2

Recién pasadas las 17 horas, cuando la movilización comenzaba a debilitarse, entraron en acción las tropas del ejército. Su objetivo era recuperar el dominio del centro de la ciudad. Casi sin enfrentamientos masivos, los manifestantes fueron obligados a retirarse a los barrios, donde continuaron con ataques a puestos policiales. Para el mediodía del viernes 30 el ejército tenía controlada la situación. El saldo de la represión fue de 6 muertos, 51 heridos y 300 arrestados. Entre estos últimos estaban, Raimundo Ongaro, secretario general de la CGT de los Argentinos, Elpidio Torres, secretario general del Smata y Agustín Tosco secretario general de Luz y Fuerza, uno de los principales dirigentes de aquellas jornadas.

El Cordobazo fue una insurrección espontánea, protagonizada por obreros y estudiantes, provocada por el odio a la dictadura militar de Onganía. Fue la máxima expresión de la unidad en las manifestaciones callejeras de obreros y estudiantes. El régimen militar quedó herido de muerte y nunca se pudo recuperar de aquel golpe.
 
Antecedentes del Cordobazo

El Cordobazo no fue un rayo en cielo sereno. Desde 1966 el país estaba gobernado por la dictadura militar de Onganía. Pero la represión y la miseria habían comenzado a provocar un creciente malestar entre los obreros y sectores populares. 

El movimiento obrero comenzó a recuperarse después de años de estancamiento. Durante 1968 se dieron tres luchas obreras importantes: la de los petroleros de YPF en Ensenada, la de los gráficos de Fabril Financiera en Barracas y la de Citroën, también en la ciudad de Buenos Aires. Fueron tres luchas largas y con mucha fuerza en la base, que organizó piquetes y se enfrentó a los “carneros”. Si bien fueron derrotadas por responsabilidad de la burocracia sindical, el ascenso no se interrumpió y se trasladó a las provincias. Desde comienzos de 1969, fueron saliendo a la lucha los metalúrgicos, Luz y Fuerza, Smata, estatales y docentes.

Entre tanto, el estudiantado del interior también había comenzado a luchar. En marzo de 1969 hubo conflictos estudiantiles en Tucumán y Rosario. A mediados de mayo se movilizaron los estudiantes correntinos en contra de la privatización del comedor universitario y fueron duramente reprimidos. El estudiante de Medicina Juan José Cabral cayó asesinado por la policía. Esto generó una inmediata movilización en Rosario que dio origen al Rosariazo, donde fue asesinado otro estudiante de Económicas, Adolfo Ramón Bello. El 16 de mayo los estudiantes comenzaron a movilizarse y enfrentar en las calles a la policía hasta derrotarla. El 21 de mayo se sumaron sectores del movimiento obrero, día en que fue asesinado el joven metalúrgico Luis Blanco.

En ese escenario de ebullición, la CGT se vio obligada a convocar a un paro nacional de 24 horas para el 30 de mayo. Pero fue en Córdoba donde se dio el punto más alto de la lucha. Allí, en la segunda ciudad del país por población y peso industrial, creció el malestar por los bajos salarios y la represión entre un movimiento obrero joven y altamente calificado (metalúrgico y automotor), con una burocracia relativamente más débil, y un estudiantado de tradición combativa, concentrado en pensiones y casas estudiantiles en el Barrio Clínicas, que se venía movilizando en solidaridad con los estudiantes tucumanos, correntinos y rosarinos.
 
Lecciones del Cordobazo

El Cordobazo marcó el inicio de un nuevo ascenso de la lucha de clases en el país. Si bien la dictadura militar cayó herida de muerte, el imperialismo y los partidos patronales, con el líder radical Ricardo Balbín y Juan Domingo Perón, aún en el exilio, se jugaron a salvar al régimen capitalista forjando el “Gran Acuerdo Nacional” (GAN), que permitió el llamado a elecciones y el regreso de Perón al poder en 1973 con el objetivo de contener las luchas. Pese a todo, el ascenso continuó y en esta etapa se fortalecieron sectores antiburocráticos del movimiento obrero, cuya máxima expresión fueron los sindicatos combativos de la FIAT (Sitrac y Sitram).3 Este proceso perduró hasta el golpe de estado genocida del 24 de marzo de 1976.

Esto dejó importantes enseñanzas. Por un lado, puso en evidencia la fuerza del movimiento obrero cuando sale a la lucha. En aquella oportunidad, encabezando al movimiento estudiantil y sectores populares, logró barrer con la dictadura. Pero, por otro lado, expuso el problema de las conducciones políticas y sindicales. Si aquella movilización triunfante que derrotó a la dictadura de Onganía no terminó con el régimen capitalista fue porque la mayoría de los trabajadores eran conducidos por el peronismo, un movimiento patronal que se jugó a lograr la “estabilidad” burguesa del país, y por una dirigencia sindical burocrática y traidora, aliada incondicional de esos patrones.

Hoy, bajo el gobierno ultraderechista de Javier Milei y su plan motosierra, con el ajuste de los gobernadores (incluidos los peronistas) y la traición de la CGT se vuelve a demostrar que el peronismo no va más. La salida es con el Frente de Izquierda Unidad. Desde Izquierda Socialista en el FITU seguimos bregando por una nueva dirección sindical y política independiente de los patrones y los burócratas, que impulse un plan obrero y popular en la pelea por un gobierno de las y los trabajadores y el socialismo.

1. Por entonces la burocracia de la CGT estaba dividida en dos alas. La CGT “Azopardo” de Augusto Vandor (colaboracionista con la dictadura) y la CGT “de los Argentinos” de Raimundo Ongaro (unida a la oposición patronal a la dictadura).
2. Mercedes Petit.. “Dos días que conmovieron a la Argentina” en Revista de América Nº 4, junio de 1975. Disponible en www.nahuelmoreno.org
3. Ver R. de Titto. Historia del PST. CEHuS, Buenos Aires, 2016.

El dirigente trotskista argentino Nahuel Moreno, quien por entonces orientaba el Partido Revolucionario de los Trabajadores – La Verdad (PRT-LV), buscó sacar conclusiones del Cordobazo al calor de la intervención en los acontecimientos y en la pelea por construir un partido socialista revolucionario. En la compilación de textos “Después del Cordobazo”, editada por primera vez en enero de 1971, puede leerse: “Lo que ha ocurrido en Rosario, y principalmente en Córdoba, tiene un nombre muy claro, ha sido una semi insurrección […] Tanto en Rosario como en Córdoba hemos presenciado el encuentro de los obreros y estudiantes con las fuerzas represivas, como la derrota de éstas. Uno de los principales brazos armados del régimen, la policía, fue puesta en retirada por las fuerzas populares. […] En Córdoba el ejército intervino violentamente, originando una situación semiinsurreccional, de lucha civil, aunque por falta de dirección no fue respondida en la misma forma por el movimiento obrero y estudiantil. Hubiera sido suficiente que los trabajadores se hubieran armado para responder al fuego del ejército para que la guerra civil y la insurrección hubieran sido un hecho […] Lo que faltó tanto en Córdoba como en Rosario fue un partido revolucionario que supiera organizar a las masas para la insurrección. Si ese partido hubiera existido, hubiéramos logrado armas para los obreros y estudiantes, así como hubiera sabido elaborar un plan insurreccional para golpear a las fuerzas de la reacción en sus puntos neurálgicos”. 1

1. Nahuel Moreno. Después del Cordobazo, Ediciones El Socialista, Buenos Aires, 2013. Disponible en www.nahuelmoreno.org 

Escribe Federico Novo Foti

Entre mayo y junio de 1936 se produjo una oleada huelguística en toda Francia. León Trotsky anunció: “la revolución francesa ha comenzado”. Pero las conducciones reformistas de los partidos socialista y comunista, que dirigían a las y los trabajadores y gobernaban junto con un sector de la burguesía francesa con el Frente Popular, desmovilizaron a la clase trabajadora. Se lograron grandes conquistas económicas y sociales, pero el capitalismo imperialista salvó su dominio del país.

En mayo de 1936 comenzó una oleada huelguística en Francia. El detonante fue el despido de dos obreros, el 11 de mayo, de la fábrica de aviones Breguet en la región de Le Havre, por haber asistido a los actos del 1º de Mayo. En respuesta las y los trabajadores pararon la producción, ocuparon la planta y eligieron un comité de fábrica votado en asamblea. En sólo una noche lograron las reincorporaciones. Pero el movimiento huelguístico no se detuvo. Pronto se extendió a Toulouse y Courbevoie. El 24 de mayo más de 600 mil personas participaron de la manifestación para conmemorar la Comuna de París.[i] El 28 de mayo, las y los trabajadores de la planta de Renault en Billancourt dejaron de trabajar. En los días siguientes quedaría paralizada toda la actividad industrial en la región parisina. Para comienzos de junio cerca de dos millones de obreros de 12 mil empresas se encontraban en huelga, con más de dos tercios de ellas ocupadas. Todas las capas de la clase trabajadora del país, desde los talleres a las fábricas, en cada gremio y en los barrios se sumaron a la lucha por sus reivindicaciones.

En la huelga general con ocupaciones de fábrica surgió una nueva generación de activistas y dirigentes obreros que crearon comités de fábrica para el control de la propiedad y administración. El 10 de junio delegados metalúrgicos de 700 fábricas votaron que de no aceptarse inmediatamente sus reclamos (salario mínimo, reconocimiento de delegados y semana de 40 horas) exigirían al gobierno la nacionalización de las empresas y su puesta en funcionamiento bajo control obrero. La burguesía francesa, “las 200 familias” que dominaban el país, reconoció en aquella demanda una amenaza al orden capitalista y entró en pánico.

El revolucionario ruso León Trotsky, perseguido y exiliado por el estalinismo, seguía los acontecimientos por la radio desde una aldea al sur de Noruega: “Las palabras ‘revolución francesa’ pueden parecer exageradas. ¡Pero no! No es una exageración. Es precisamente así que nace la revolución. En general, no pueden nacer de otro modo. La revolución francesa ha comenzado.”[ii]

La lucha contra el fascismo y el Frente Popular

En la década del treinta, Francia y casi toda Europa estaban convulsionadas por el crecimiento del fascismo y por el ascenso de las luchas obreras, en medio de la crisis económica del capitalismo mundial. Ya desde 1922 el fascista Benito Mussolini gobernaba Italia. En 1933 Adolf Hitler había accedido al poder en Alemania. Aquellas derrotas fueron favorecidas por la política equivocada y traidora que imponía José Stalin a los poderosos partidos comunistas: el rechazo a la unidad de acción obrera en la lucha contra el fascismo, poniendo un signo igual entre éste y la socialdemocracia, a la cual llamaba “socialfascistas”.

El 6 febrero de 1934 la liga de los fascistas y realistas franceses realizó un alzamiento en París. La huelga general del 12 de febrero fue la respuesta obrera al desafío fascista. Trotsky calificó la asonada fascista de “primer ensayo general del bandidaje fascista” y, mientras denunciaba la política capituladora de la socialdemocracia y divisionista del estalinismo, planteaba la necesidad de la unidad de acción obrera contra el fascismo y llamaba a constituir milicias para responder a los golpes fascistas.[iii] Finalmente, bajo la presión de las luchas obreras los dirigentes socialistas y comunistas se vieron obligados a unirse contra los fascistas.

Pero el Partido Comunista transformó el paso positivo de la unidad de los obreros comunistas y socialistas para enfrentar al fascismo en la trampa suicida del “Frente Popular”: la unidad política permanente de los dirigentes reformistas y burocráticos con sectores burgueses “democráticos”. En julio-agosto de 1935 el Séptimo (y último) Congreso de la III Internacional Comunista proclamó esa política de conciliación con la burguesía como ley universal y permanente para todos los partidos comunistas del mundo.

El 14 de julio de 1935 con una imponente manifestación que cantó La Marsellesa y la Internacional se proclamó el Frente Popular (Rassemblement Populaire), integrado por los socialistas (León Blum), comunistas (Maurice Thorez) y el Partido Radical Socialista (Eduardo Daladier), un partido de la burguesía democrática, apoyados por la conducción burocrática de la Confederación General del Trabajo (CGT).

El 26 de abril y 3 de mayo se realizaron las elecciones, triunfando el Frente Popular con casi el 60% de los votos. Dentro de la coalición ganadora los candidatos del PC casi duplicaron sus anteriores votaciones (1,5 millones de votos). Pero sus dirigentes favorecieron en los cargos a los socialistas, que a su vez pretendían ceder posiciones ante los burgueses radicales, que habían retrocedido en su caudal electoral. Pero la presión obrera obligó a que el socialista León Blum fuera elegido primer ministro.

El Frente Popular salvó al capitalismo

Entretanto, a finales de mayo estalló la huelga general. Días después, Trotsky afirmaba que “los días de febrero de 1934 marcaron la primera ofensiva seria de la contrarrevolución unificada. Los días de mayo-junio de 1936 son el signo de la primera ola poderosa de la revolución proletaria” y llamaba a la unificación de todos los comités de fábrica, a los que consideraba embriones de poder obrero.[iv]

Sin embargo, a pesar de no haber asumido formalmente el gobierno, los líderes del Frente Popular se ocuparon de las negociaciones con la burguesía y los dirigentes sindicales burocráticos (socialistas y comunistas) para detener el movimiento huelguístico que amenazaba el orden capitalista. El 4 de junio, adelantando la fecha prevista, León Blum asumió como primer ministro y días más tarde se reunieron en el Palacio de Matignon los negociadores del gobierno y la burguesía, junto a la cúpula de la CGT, donde firmaron los “Acuerdos de Matignon” en los que la burguesía se comprometía a otorgar importantes concesiones frente a la perspectiva de perderlo todo.

Sin una dirección alternativa que les señalara con audacia el camino de apoderarse del poder, las y los trabajadores se conformaron con las importantes concesiones que otorgó la aterrorizada burguesía francesa. Se lograron históricas conquistas como la semana de 40 horas, aumento de salarios, la firma de convenios colectivos, las vacaciones anuales pagas de un mes y el compromiso (nunca cumplido) de un plan de obras públicas para enfrentar la desocupación. Sin embargo, por seguir a los dirigentes traidores del Frente Popular, las y los trabajadores franceses se fueron desmovilizando y dieron una sobrevida al capitalismo imperialista francés. Esa pasividad facilitó también en 1940 que los ejércitos de Hitler ocuparon Francia. A lo que siguieron cinco años de tremendos sufrimientos y resistencia.

En los años y décadas siguientes, los ataques permanentes de la burguesía francesa y sus gobiernos obligaron a la clase trabajadora a defender parte de aquellas conquistas logradas en 1936. Ese es el caso del llamado “Mayo Francés” de 1968, las movilizaciones contra el “Plan Juppé” de 1995 o, más recientemente, las rebeliones de los “chalecos amarillos” de 2018 y las de 2023 y 2025. Sigue aún pendiente la tarea de lograr una nueva dirección política y sindical que permita que esa gran combatividad, que surge desde abajo y desbordando a las direcciones reformistas tradicionales, pueda terminar derrotando a los gobiernos capitalistas y logrando gobiernos de la clase trabajadora y los sectores populares que abran el camino del socialismo con democracia para el pueblo trabajador.


[i] Ver El Socialista Nº 187, 14/04/2011
[ii] L. Trotsky. ¿Adónde va Francia? Fundación F. Engels, Septiembre, 2006.
[iii] L. Trotsky. “Francia es ahora la clave de la situación” en The Militant, 31 de marzo de 1934.
[iv] L. Trotsky. ¿Adónde va Francia? Op. Cit.

 

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