Aug 11, 2026 Last Updated 7:29 PM, Aug 10, 2026

El dirigente trotskista argentino Nahuel Moreno, quien por entonces orientaba el Partido Revolucionario de los Trabajadores – La Verdad (PRT-LV), buscó sacar conclusiones del Cordobazo al calor de la intervención en los acontecimientos y en la pelea por construir un partido socialista revolucionario. En la compilación de textos “Después del Cordobazo”, editada por primera vez en enero de 1971, puede leerse: “Lo que ha ocurrido en Rosario, y principalmente en Córdoba, tiene un nombre muy claro, ha sido una semi insurrección […] Tanto en Rosario como en Córdoba hemos presenciado el encuentro de los obreros y estudiantes con las fuerzas represivas, como la derrota de éstas. Uno de los principales brazos armados del régimen, la policía, fue puesta en retirada por las fuerzas populares. […] En Córdoba el ejército intervino violentamente, originando una situación semiinsurreccional, de lucha civil, aunque por falta de dirección no fue respondida en la misma forma por el movimiento obrero y estudiantil. Hubiera sido suficiente que los trabajadores se hubieran armado para responder al fuego del ejército para que la guerra civil y la insurrección hubieran sido un hecho […] Lo que faltó tanto en Córdoba como en Rosario fue un partido revolucionario que supiera organizar a las masas para la insurrección. Si ese partido hubiera existido, hubiéramos logrado armas para los obreros y estudiantes, así como hubiera sabido elaborar un plan insurreccional para golpear a las fuerzas de la reacción en sus puntos neurálgicos”. 1

1. Nahuel Moreno. Después del Cordobazo, Ediciones El Socialista, Buenos Aires, 2013. Disponible en www.nahuelmoreno.org 

Escribe Federico Novo Foti

Entre mayo y junio de 1936 se produjo una oleada huelguística en toda Francia. León Trotsky anunció: “la revolución francesa ha comenzado”. Pero las conducciones reformistas de los partidos socialista y comunista, que dirigían a las y los trabajadores y gobernaban junto con un sector de la burguesía francesa con el Frente Popular, desmovilizaron a la clase trabajadora. Se lograron grandes conquistas económicas y sociales, pero el capitalismo imperialista salvó su dominio del país.

En mayo de 1936 comenzó una oleada huelguística en Francia. El detonante fue el despido de dos obreros, el 11 de mayo, de la fábrica de aviones Breguet en la región de Le Havre, por haber asistido a los actos del 1º de Mayo. En respuesta las y los trabajadores pararon la producción, ocuparon la planta y eligieron un comité de fábrica votado en asamblea. En sólo una noche lograron las reincorporaciones. Pero el movimiento huelguístico no se detuvo. Pronto se extendió a Toulouse y Courbevoie. El 24 de mayo más de 600 mil personas participaron de la manifestación para conmemorar la Comuna de París.[i] El 28 de mayo, las y los trabajadores de la planta de Renault en Billancourt dejaron de trabajar. En los días siguientes quedaría paralizada toda la actividad industrial en la región parisina. Para comienzos de junio cerca de dos millones de obreros de 12 mil empresas se encontraban en huelga, con más de dos tercios de ellas ocupadas. Todas las capas de la clase trabajadora del país, desde los talleres a las fábricas, en cada gremio y en los barrios se sumaron a la lucha por sus reivindicaciones.

En la huelga general con ocupaciones de fábrica surgió una nueva generación de activistas y dirigentes obreros que crearon comités de fábrica para el control de la propiedad y administración. El 10 de junio delegados metalúrgicos de 700 fábricas votaron que de no aceptarse inmediatamente sus reclamos (salario mínimo, reconocimiento de delegados y semana de 40 horas) exigirían al gobierno la nacionalización de las empresas y su puesta en funcionamiento bajo control obrero. La burguesía francesa, “las 200 familias” que dominaban el país, reconoció en aquella demanda una amenaza al orden capitalista y entró en pánico.

El revolucionario ruso León Trotsky, perseguido y exiliado por el estalinismo, seguía los acontecimientos por la radio desde una aldea al sur de Noruega: “Las palabras ‘revolución francesa’ pueden parecer exageradas. ¡Pero no! No es una exageración. Es precisamente así que nace la revolución. En general, no pueden nacer de otro modo. La revolución francesa ha comenzado.”[ii]

La lucha contra el fascismo y el Frente Popular

En la década del treinta, Francia y casi toda Europa estaban convulsionadas por el crecimiento del fascismo y por el ascenso de las luchas obreras, en medio de la crisis económica del capitalismo mundial. Ya desde 1922 el fascista Benito Mussolini gobernaba Italia. En 1933 Adolf Hitler había accedido al poder en Alemania. Aquellas derrotas fueron favorecidas por la política equivocada y traidora que imponía José Stalin a los poderosos partidos comunistas: el rechazo a la unidad de acción obrera en la lucha contra el fascismo, poniendo un signo igual entre éste y la socialdemocracia, a la cual llamaba “socialfascistas”.

El 6 febrero de 1934 la liga de los fascistas y realistas franceses realizó un alzamiento en París. La huelga general del 12 de febrero fue la respuesta obrera al desafío fascista. Trotsky calificó la asonada fascista de “primer ensayo general del bandidaje fascista” y, mientras denunciaba la política capituladora de la socialdemocracia y divisionista del estalinismo, planteaba la necesidad de la unidad de acción obrera contra el fascismo y llamaba a constituir milicias para responder a los golpes fascistas.[iii] Finalmente, bajo la presión de las luchas obreras los dirigentes socialistas y comunistas se vieron obligados a unirse contra los fascistas.

Pero el Partido Comunista transformó el paso positivo de la unidad de los obreros comunistas y socialistas para enfrentar al fascismo en la trampa suicida del “Frente Popular”: la unidad política permanente de los dirigentes reformistas y burocráticos con sectores burgueses “democráticos”. En julio-agosto de 1935 el Séptimo (y último) Congreso de la III Internacional Comunista proclamó esa política de conciliación con la burguesía como ley universal y permanente para todos los partidos comunistas del mundo.

El 14 de julio de 1935 con una imponente manifestación que cantó La Marsellesa y la Internacional se proclamó el Frente Popular (Rassemblement Populaire), integrado por los socialistas (León Blum), comunistas (Maurice Thorez) y el Partido Radical Socialista (Eduardo Daladier), un partido de la burguesía democrática, apoyados por la conducción burocrática de la Confederación General del Trabajo (CGT).

El 26 de abril y 3 de mayo se realizaron las elecciones, triunfando el Frente Popular con casi el 60% de los votos. Dentro de la coalición ganadora los candidatos del PC casi duplicaron sus anteriores votaciones (1,5 millones de votos). Pero sus dirigentes favorecieron en los cargos a los socialistas, que a su vez pretendían ceder posiciones ante los burgueses radicales, que habían retrocedido en su caudal electoral. Pero la presión obrera obligó a que el socialista León Blum fuera elegido primer ministro.

El Frente Popular salvó al capitalismo

Entretanto, a finales de mayo estalló la huelga general. Días después, Trotsky afirmaba que “los días de febrero de 1934 marcaron la primera ofensiva seria de la contrarrevolución unificada. Los días de mayo-junio de 1936 son el signo de la primera ola poderosa de la revolución proletaria” y llamaba a la unificación de todos los comités de fábrica, a los que consideraba embriones de poder obrero.[iv]

Sin embargo, a pesar de no haber asumido formalmente el gobierno, los líderes del Frente Popular se ocuparon de las negociaciones con la burguesía y los dirigentes sindicales burocráticos (socialistas y comunistas) para detener el movimiento huelguístico que amenazaba el orden capitalista. El 4 de junio, adelantando la fecha prevista, León Blum asumió como primer ministro y días más tarde se reunieron en el Palacio de Matignon los negociadores del gobierno y la burguesía, junto a la cúpula de la CGT, donde firmaron los “Acuerdos de Matignon” en los que la burguesía se comprometía a otorgar importantes concesiones frente a la perspectiva de perderlo todo.

Sin una dirección alternativa que les señalara con audacia el camino de apoderarse del poder, las y los trabajadores se conformaron con las importantes concesiones que otorgó la aterrorizada burguesía francesa. Se lograron históricas conquistas como la semana de 40 horas, aumento de salarios, la firma de convenios colectivos, las vacaciones anuales pagas de un mes y el compromiso (nunca cumplido) de un plan de obras públicas para enfrentar la desocupación. Sin embargo, por seguir a los dirigentes traidores del Frente Popular, las y los trabajadores franceses se fueron desmovilizando y dieron una sobrevida al capitalismo imperialista francés. Esa pasividad facilitó también en 1940 que los ejércitos de Hitler ocuparon Francia. A lo que siguieron cinco años de tremendos sufrimientos y resistencia.

En los años y décadas siguientes, los ataques permanentes de la burguesía francesa y sus gobiernos obligaron a la clase trabajadora a defender parte de aquellas conquistas logradas en 1936. Ese es el caso del llamado “Mayo Francés” de 1968, las movilizaciones contra el “Plan Juppé” de 1995 o, más recientemente, las rebeliones de los “chalecos amarillos” de 2018 y las de 2023 y 2025. Sigue aún pendiente la tarea de lograr una nueva dirección política y sindical que permita que esa gran combatividad, que surge desde abajo y desbordando a las direcciones reformistas tradicionales, pueda terminar derrotando a los gobiernos capitalistas y logrando gobiernos de la clase trabajadora y los sectores populares que abran el camino del socialismo con democracia para el pueblo trabajador.


[i] Ver El Socialista Nº 187, 14/04/2011
[ii] L. Trotsky. ¿Adónde va Francia? Fundación F. Engels, Septiembre, 2006.
[iii] L. Trotsky. “Francia es ahora la clave de la situación” en The Militant, 31 de marzo de 1934.
[iv] L. Trotsky. ¿Adónde va Francia? Op. Cit.

 

Foto de portada: Ilustración de La revuelta de Haymarket, protesta obrera en Chicago el 4 de mayo de 1886 que terminó en enfrentamiento entre trabajadores y policías y marcó un hito en la lucha por la jornada laboral de ocho horas

Escribe Federico Novo Foti
 
El 1° de mayo de 1886, una huelga por la jornada de 8 horas en Chicago terminó con represión, asesinatos y la ejecución de dirigentes obreros, luego recordados como los mártires de Chicago. En 1889, la Internacional Socialista convirtió esa fecha en un símbolo de lucha obrera internacional.

Desde finales del siglo XVIII se produjo un avance arrollador de la industria capitalista. Las cuantiosas ganancias que la burguesía industrial comenzó a obtener se basaban en la brutal explotación de obreras y obreros, incluso niñas y niños. Debían realizar jornadas de trabajo de doce horas en promedio, con bajos salarios y en condiciones de vida miserables. Pero, a mediados del siglo XIX, comenzaron a fortalecerse las luchas obreras que exigían mejoras en las condiciones laborales. Uno de los reclamos más sentidos fue la jornada laboral de ocho horas.

Los mártires de Chicago

En Estados Unidos, en 1881, tras años de luchas reivindicativas, se constituyó la American Federation of Labor (Federación Norteamericana del Trabajo). Desde su nacimiento, la AFL exigió el cumplimiento de la jornada laboral de ocho horas. Pero las dilaciones y negativas patronales la llevaron a anunciar en 1884 que, si para el 1° de mayo de 1886 no se había implementado en todos los lugares de trabajo, comenzaría la huelga.

La fecha llegó sin respuestas por parte de las patronales y del gobierno, y la huelga estalló, a pesar de las dudas de muchos dirigentes sindicales. Nunca antes el país había vivido un levantamiento obrero de esas dimensiones. Más de cinco mil fábricas pararon y 340 mil obreros y obreras salieron a las calles y plazas a manifestar sus reclamos: “¡8 horas de trabajo! ¡8 horas de reposo! ¡8 horas de recreación!”. Ese mismo día, unos 125 mil obreros conquistaron la jornada laboral de ocho horas. A fin de mes, otros 200 mil. Para fin de año, un millón ya lo había logrado.

Pero en Chicago, uno de los grandes centros comerciales e industriales del país, el conflicto recrudeció. Las y los obreros allí vivían en peores condiciones. Muchos trabajaban todavía catorce horas diarias. Numerosas familias vivían hacinadas en condiciones precarias. Por eso, el 2 de mayo la huelga continuó. Ese mismo día, la policía dispersó violentamente una concentración de 50 mil trabajadoras y trabajadores en el centro de la ciudad. Al día siguiente, la policía volvió a reprimir y asesinó a seis obreros que se encontraban en una protesta frente a la fábrica de maquinaria agrícola McCormick. El 4 de mayo, al finalizar un acto en la plaza Haymarket convocado para denunciar esos asesinatos, la policía volvió a cargar contra la multitud. Murieron treinta y ocho obreros. Durante la noche, el gobierno decretó el estado de sitio, estableció el toque de queda, los militares ocuparon los barrios obreros y realizaron violentos allanamientos en locales sindicales y hogares de dirigentes.

El gobierno culpó a anarquistas y socialistas por lo sucedido. Los dirigentes y activistas August Spies, Albert Parsons, Samuel Fielden, Adolph Fischer, George Engel, Michael Schwab, Louis Lingg y Oscar Neebe fueron llevados a un juicio sin pruebas, orquestado para escarmentar a los huelguistas, en el que se les impuso a cinco de ellos la pena de muerte. Así lo reconocía el fiscal Julius Grinnell en su alegato final: “Estos hombres han sido seleccionados porque fueron líderes. No fueron más culpables que los millares de sus adeptos. Señores del jurado: ¡declarad culpables a estos hombres, haced escarmiento con ellos, ahorcadles y salvaréis a nuestras instituciones, a nuestra sociedad!”.1 Los sentenciados a la pena capital fueron ejecutados el 11 de noviembre de 1887 como parte de la violenta reacción patronal y gubernamental contra aquella huelga y sus dirigentes. Su crimen había sido exigir un límite a la explotación laboral. Pasarían a la historia como “los mártires de Chicago”.

Una jornada de lucha obrera, socialista e internacionalista

En 1889, cuando se fundó la Internacional Socialista (Segunda Internacional), se resolvió impulsar la jornada del 1° de mayo para unificar las luchas obreras en todos los países. El congreso reunido en París denunció que el avance de la producción capitalista “implica la explotación creciente de la clase obrera por la burguesía […] y tiene por consecuencia la opresión política de la clase obrera, su servidumbre económica y su degeneración física y moral”. Por ello, establecía que las y los trabajadores de todos los países tenían “el deber de luchar por todos los medios a su alcance contra una organización social que les aplasta y, al mismo tiempo, que amenaza el libre desenvolvimiento de la humanidad”.2

Al año siguiente, por primera vez, marcharon miles de obreros y obreras en decenas de ciudades del mundo en homenaje a los mártires de Chicago, por la jornada de ocho horas y otros reclamos, y por el socialismo. Así, de la mano del socialismo revolucionario, nació la tradición del 1° de mayo como una jornada de lucha obrera, socialista e internacionalista.

Hoy, en pleno siglo XXI, el capitalismo imperialista sigue demostrando que solo puede ofrecer guerras, explotación, opresión y pobreza para la clase trabajadora y los pueblos del mundo. Es el camino que vienen impulsando gobiernos ultraderechistas, como el de Donald Trump en Estados Unidos y Javier Milei en nuestro país.

Frente a ellos, las y los socialistas revolucionarios seguimos conmemorando el 1° de mayo como una jornada de lucha. Es un día para honrar a los mártires de la clase obrera y reivindicar todas las luchas, en la perspectiva de lograr gobiernos de trabajadoras y trabajadores que terminen con la explotación capitalista. 

1. Citado en Ricardo Mella. Los mártires de Chicago. Omegalfa, 2019.
2. AAVV. Llamamiento a la clase obrera. Primer Congreso de la II Internacional, París, 1889.

Escribe Federico Novo Foti

El 1° de mayo de 1890 se reunieron unos tres mil trabajadores y trabajadoras en el Prado Español, en Recoleta, en la ciudad de Buenos Aires. Los presentes eran mayoritariamente inmigrantes que daban los primeros pasos del movimiento obrero en la Argentina. Desde aquella primera jornada, el Día Internacional de las y los trabajadores vivió las alternativas de la lucha de clases y de la política de las direcciones mayoritarias del movimiento obrero en nuestro país.

El 1° de mayo de 1909, un acto anarquista en Plaza Lorea (hoy parte de Plaza Congreso) fue reprimido por orden del jefe de Policía, Ramón Falcón. La muerte de ocho obreros desencadenó una huelga general que exigió su renuncia. Seis meses después, el joven obrero anarquista Simón Radowitzky hizo justicia por mano propia y asesinó a Falcón. Esa noche se desató otra brutal represión bajo el estado de sitio, con cientos de detenidos, torturados y deportados por la Ley de Residencia.

En las décadas de 1920 y 1930, el avance de las direcciones reformistas en el movimiento obrero, primero los sindicalistas y socialdemócratas del Partido Socialista y después los estalinistas del Partido Comunista, fue transformando el 1° de mayo en una jornada “democrática”, de apoyo a gobiernos o sectores patronales considerados “progresistas”.

Finalmente, en 1947, Juan Domingo Perón impuso la “Fiesta del Trabajo”, un día de festejo, bailes, desfiles y hasta la elección de la “reina del trabajo”. Así buscó transformar la jornada del 1° de mayo en un día festivo o de descanso.

Pero las históricas banderas de lucha del 1° de mayo siguen vigentes. El plan motosierra de Javier Milei y el FMI, que cuenta con la complicidad del peronismo, busca profundizar el saqueo, la precarización y la explotación laboral, liquidando conquistas históricas. Sin embargo, el movimiento obrero no ha sido derrotado y sigue dando pelea, como lo muestran las luchas de las y los trabajadores de FATE, la docencia y el Hospital Garrahan.

Este 1° de mayo, en el acto unitario de Plaza de Mayo y en todo el país, volveremos a gritar: abajo el plan motosierra de Milei y el FMI; plata para salario, jubilaciones y trabajo, no para el FMI; que la crisis la paguen los capitalistas; por un gobierno de trabajadores y trabajadoras; por el socialismo mundial.

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