Federico Novo Foti
En la década de 1950 se dieron los primeros pasos de lo que León Trotsky definió como “revolución política”, la lucha obrera y popular contra la burocracia que, encabezada por José Stalin, había usurpado el poder en la URSS a partir de la década de 1920.
A comienzos de 1957, en un artículo publicado en la revista Estrategia, Nahuel Moreno definía así los acontecimientos en Europa oriental. “La revolución polaca y en grado mucho mayor la húngara se han caracterizado por ser revoluciones nacionales (contra el opresor extranjero) y democráticas (contra el totalitarismo político y las injusticias sociales). Ninguna de las dos ha tenido el menor síntoma de querer volver atrás, hacia el régimen de los terratenientes, el imperialismo y el capitalismo. La base de ambas revoluciones ha sido el pueblo en su conjunto, incluyendo como ala derecha del movimiento a un sector de la burocracia, el más nacionalista. Pero este movimiento popular, conjunto, tuvo una espina dorsal, un sustento y una dirección que fue la clase obrera, organizada en Polonia en los Comités de Fábrica y en Hungría en los Consejos Revolucionarios. Concretamente, el movimiento obrero inició una revolución política por la democratización del régimen y por la expulsión de la burocracia del gobierno.”[1]
A pesar del aplastamiento de la revolución húngara de 1956, el proceso de revolución política en Hungría, la URSS, Alemania Oriental y los países del llamado “socialismo real” se retomó en la década de 1980. La caída del Muro de Berlín en 1989 y el derrumbe del estalinismo marcaron las primeras etapas de la revolución política.
Hoy, a pesar de la restauración capitalista, sigue vigente la necesidad de la revolución política, ahora como lucha contra los aparatos burocráticos nacionales y sindicales que, aunque no sean estalinistas, dominan y controlan al movimiento obrero en cada país.
1. Nahuel Moreno. “El marco histórico de la revolución húngara” en Revista Estrategia (segunda época), 1957. www.nahuelmoreno.org










