Sep 25, 2026 Last Updated 3:29 PM, Sep 25, 2026

A 80 años del dictado de las sentencias / Los juicios de Núremberg

Federico Novo Foti

El 1º de octubre de 1946 el tribunal internacional que sesionó en Núremberg (Alemania) dio su veredicto final. Culminaba así un proceso judicial iniciado en noviembre de 1945 en el que terminarían condenados algunos de los principales líderes nazis por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. El 16 de octubre diez de ellos fueron ahorcados. La derrota nazi-fascista fue un enorme triunfo democrático.

El 20 de noviembre de 1945 comenzó a sesionar en el Palacio de Justicia de la ciudad de Núremberg el Tribunal Militar Internacional que tendría la tarea de juzgar a 22 líderes nazis en el juicio principal y a otros 160 altos funcionarios del régimen nazi en juicios paralelos que duraron hasta 1949. El tribunal de los “juicios de Núremberg” estaba integrado por ocho jueces, representantes de Estados Unidos, Inglaterra, Francia y la Unión Soviética, las potencias aliadas, recientes vencedoras en la Segunda Guerra Mundial.[1]  

La elección de Núremberg, en la región bávara de Alemania, no era caprichosa. La ciudad tenía un enorme simbolismo, ya que el nazismo había celebrado allí anualmente sus congresos y, en su apogeo, había realizado sus más grandes actos y movilizaciones. En 1935, Adolf Hitler había anunciado las “leyes de Núremberg”, que habían legalizado la discriminación y persecución contra la población judía alemana.    

En el proceso judicial los jefes nazis fueron juzgados por crímenes contra la paz, crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y, en algunos casos, por conspiración para cometer esos crímenes. 

A lo largo de poco más de los 10 meses que duró el juicio principal testificaron 240 sobrevivientes de los campos de concentración y exterminio. Se leyeron 300 mil declaraciones juradas de otros testigos. Se presentaron cerca de 3 mil toneladas de documentos del ejército nazi, como el “Protocolo de la Conferencia de Wannsee”, sobre ejecuciones masivas y la “solución final de la cuestión judía”.[2]  Se exhibieron 7.300 metros de películas, como “Campos de concentración nazis”, filmada por los aliados tras la liberación de los campos alemanes de Buchenwald y Bergen-Belsen. Así por primera vez se hicieron visibles las topadoras arrojando miles de cadáveres desnudos en zanjones o los prisioneros que apenas conservaban aspecto humano, las cámaras de gas y las chimeneas humeantes. La maquinaria de persecución y exterminio nazi quedó retratada en toda su espantosa dimensión.

De los principales acusados, doce fueron condenados a pena de muerte, entre ellos, Joachim von Ribbentrop, ministro de Relaciones Exteriores, y Martin Bormann, secretario privado de Hitler (sentenciado en ausencia). El día previo a su ejecución logró suicidarse con veneno Hermann Goering, ministro de Aviación. Tres líderes nazis fueron condenados a cadena perpetua, entre ellos Rudolph Hess, principal dirigente del Partido Nazi. Cuatro funcionarios fueron condenados a 10 y 20 años de prisión y tres fueron absueltos.

Adolf Hitler no llegó a ser castigado porque se había suicidado en su búnker a comienzos de mayo de 1945, cuando era inminente la caída de Berlín y de su régimen atroz. Lo mismo había hecho su ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, quien se suicidó junto a su esposa, luego de envenenar sus seis pequeños hijos.[3] 

Un enorme triunfo democrático

En la Segunda Guerra Mundial, el aplastamiento del fascismo y el nazismo se logró gracias a la heroica resistencia de las masas, la acción del Ejército Rojo y de los ejércitos estadounidense e inglés. El punto de inflexión había sido el triunfo soviético en Stalingrado en 1943. Luego, en poco más de dos años, Adolf Hitler y Benito Mussolini fueron derrotados. La toma de la ciudad de Berlín por el Ejército Rojo, en mayo de 1945, marcó el fin de la guerra en Europa y la derrota definitiva del nazi-fascismo. Una inmensa victoria democrática de las masas.

Consumado el triunfo, los gobiernos de las tres potencias imperialistas vencedoras (Estados Unidos, Inglaterra y Francia) y la Unión Soviética negociaron la ocupación de Alemania. La burocracia que conducía la Unión Soviética, encabezada por José Stalin, había comenzado a pactar desde 1943 con Estados Unidos e Inglaterra una división territorial de la Europa de posguerra, con “esferas de influencia”, cuyo objetivo debía ser la reconstrucción capitalista de gran parte del continente.[4] 

Entre tanto, las masas europeas, protagonistas de aquella enorme victoria, expresaban sus profundas aspiraciones democráticas. En muchísimos casos, la resistencia misma persiguió y castigó a los responsables de las atrocidades nazis y a quienes colaboraron con ellos. Hubo tribunales populares y fusilamientos sumarios. El más célebre y conocido fue el del propio Mussolini, capturado por los partisanos italianos cuando intentaba huir disfrazado de oficial alemán, en abril de 1945.[5] 

El castigo a los máximos responsables del nazismo fue, entonces, una decisión política prácticamente ineludible, discutida y pactada por las potencias aliadas como parte de sus negociaciones para la reconstrucción capitalista de la Europa de posguerra. Que esos monstruos hayan muerto ahorcados, y otros miles de condenados, fueron grandes conquistas democráticas impuestas por la victoria de las masas que aplastaron a la bestia fascista. Pero fueron logros parciales que no impidieron la política de “desnazificación”, que impulsaron Estados Unidos, Inglaterra y Francia junto con el gobierno de Alemania Federal. Así, miles de nazis pudieron huir impunes, gracias a la ayuda directa de los servicios de inteligencia estadounidenses y del Vaticano, que protegieron y permitieron su radicación en América del Sur o, incluso, en Estados Unidos en lo que se conoce como “ruta de las ratas”.

Los crímenes de genocidio no prescriben

Las condenas y castigo limitados a los líderes y funcionarios del régimen nazi no pueden esconder que los juicios de Núremberg establecieron de manera pública e internacional la condena jurídica a los crímenes de lesa humanidad y el genocidio nazi. También, el reconocimiento de las responsabilidades individuales que caben a los altos mandos políticos y militares en el ejercicio de sus funciones y que las órdenes de un superior (obediencia debida) no exime de responsabilidad ante los crímenes de Estado.

A pesar de la complicidad de los gobiernos, para 1950 ya habían sido condenados otros 6 mil nazis y fascistas en Estados Unidos, Inglaterra y Francia por la fuerza del reclamo de familiares y sobrevivientes. Muchos más fueron condenados en los países de Europa oriental y la Unión Soviética. En Alemania Federal, desde 1950, se continuó persiguiendo a los criminales nazis y se fueron ampliando los plazos de prescripción. Hasta que en 1968 se reconoció a nivel internacional que los crímenes de lesa humanidad no prescriben.

En nuestro país la lucha contra el genocidio perpetrado por la última dictadura militar se ha inspirado en la lucha heroica contra el nazi-fascismo. El reclamo sostenido de juicio y castigo a los genocidas logró derrotar las leyes de impunidad de Raúl Alfonsín (Punto Final y Obediencia Debida), así como los indultos de Carlos Menem. Hoy, a pesar del gobierno ultraderechista y negacionista de Javier Milei y Victoria Villarruel, nuevas generaciones se incorporan a la pelea. Así, junto a la consigna “¡Son 30.000! Fue genocidio” se sigue escuchando en las calles una advertencia que nos recuerda a aquel juicio de hace 80 años: “¡Como a los nazis les va a pasar, adonde vayan los iremos a buscar!”.

[1] Ver El Socialista Nº 604, 07/05/2025. Disponible en www.izquierdasocialista.org.ar Ver película “Núremberg: el juicio del siglo” (2025), dirigida por James Vanderbilt.
[2] Disponible en www.museodelholocausto.org.ar
[3] Ver El Socialista. Op. Cit. Ver la película “La caída” (2004), dirigida por Oliver Hirschbiegel.
[4] Ver El Socialista Nº 608, 10/07/2025. Disponible en www.izquierdasocialista.org.ar
[5] Ver El Socialista Nº 602, 1/04/2025. Disponible en www.izquierdasocialista.org.ar

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