Escribe Adolfo Santos
Los sistemas electorales en los regímenes patronales contienen todo tipo de trampas para garantizarse el control sobre las masas para tratar de mantenerse en el poder. La elección indirecta en los Estados Unidos es uno de ellos. En la Argentina conocemos otros basados en leyes que permiten instituciones antidemocráticas como, por ejemplo, el Senado, o que impiden el acceso al Parlamento a partidos minoritarios, sobre todo de izquierda, imponiendo un alto piso electoral.
A muchos compañeros les llamó la atención que Biden, con millones de votos al frente de Trump, demorara tanto para tener certeza del triunfo. Esto es así porque la elección presidencial no se decide por el voto directo del elector. El voto de cada persona elige una lista de delegados designados por cada partido, en cada estado, que conforman un colegio electoral nacional de 538 representantes. Estos serán los que luego votarán al candidato por el cual se postularon. O sea, es una elección indirecta.
Pero las dificultades para entender este mecanismo no acaban ahí. Además se aplica lo que se denomina winner-take-all (el ganador se lleva todo), así, el candidato presidencial más votado en cada estado se lleva todos los delegados aunque haya ganado por un voto, es decir, no se considera el criterio de proporcionalidad, con lo que se ignora el sufragio de los perdedores. Por eso suele suceder que un candidato con más votos populares a nivel nacional acaba no teniendo mayoría en el colegio electoral. Por lo tanto, el colegio electoral no siempre representa la voluntad mayoritaria de los electores, algo que ya aconteció cinco veces en la historia de ese país.
O sea, no se considera el voto directo obtenido por cada candidato a nivel nacional, sino los representantes elegidos en cada uno de los cincuenta estados, que varían según su población. Por eso puede resultar más útil ganar en muchos estados, aunque sea por un voto de ventaja, que ganar en unos pocos estados por una abrumadora diferencia de millones de votos.
En 2016 Hillary Clinton consiguió casi tres millones más de votos que su rival, pero esos triunfos los obtuvo en apenas veinte estados y sumó 227 electores para el colegio electoral. Mientras que Donald Trump triunfó en treinta estados y sumó 304 votos del colegio electoral, quedándose con la presidencia aunque recibió menos votos. Otro caso reciente ocurrió en las elecciones de 2000, cuando el demócrata Al Gore, con 500.000 votos más que su adversario, perdió la presidencia frente a George W. Bush (hijo).
Esta vez el voto popular coincide con el resultado final que, se espera, determinará el colegio electoral. Biden obtuvo 76.402.525 votos, 50,8%, y Trump 71.492.918, 47,5 por ciento. Para el colegio electoral, 290 electores para Biden y 214 para su rival. La elección final y definitiva ocurrirá el 14 de diciembre y los miembros de ese cuerpo se reunirán en sus respectivos estados para emitir dos votos separados, uno para presidente y otro para vice. Significa que, además de todos los vericuetos antidemocráticos, aunque es difícil por la fidelidad de los electores, puede surgir un presidente de un partido y un vice de otro.
Una encuesta realizada por Gallup reflejó que el 61% de los norteamericanos está a favor de la abolición del colegio electoral y la instauración del voto directo. Este debate cobró intensidad después de la elección de 2016, sin embargo hay serias dificultades para que avance un cambio en ese sentido. Existe una gran resistencia de parte de los republicanos, que se benefician con la influencia electoral con que cuentan en estados rurales menos poblados. Por eso, sólo una gran movilización podría forzar una reforma del antidemocrático sistema electoral norteamericano.
Escribe Adolfo Santos
La disputa presidencial de los Estados Unidos generó un fenómeno particular, una llamativa unidad mundial alrededor de la derrota de Trump, lo que acabó aconteciendo y fue muy festejado. Claro que ese resultado confirmó el triunfo del Partido Demócrata y sus candidatos, Joe Biden y Kamala Harris y eso, evidentemente, no es para festejar.
Por más rechazo que nos provoquen la figura de Trump y sus políticas reaccionarias no se puede embellecer la figura de Joe Biden. El “tío Joe”, como lo llaman sus seguidores, es parte del establishment político norteamericano desde hace casi cuarenta años, cuando fue elegido senador por primera vez, en 1973. En estas cuatro décadas representó al Partido Demócrata, uno de los dos grandes partidos del imperialismo norteamericano, financiado por los banqueros de Wall Street, que ha apoyado guerras sangrientas y dictaduras asesinas y ha saqueado a los pueblos del mundo.
No es casual que el triunfo de Biden-Harris haya sido saludado con entusiasmo por los principales capitalistas del mundo, comenzando por los dos hombres más ricos del planeta, Jeff Bezos, dueño de Amazon, y Bill Gates, de Microsoft. Ese apoyo de los grandes empresarios también se vio reflejado en los aportes financieros que recibió Biden, muy superiores a los que obtuvo Trump. Alphabet Inc., el holding de Google, encabeza la lista, con más de 1.700 millones de dólares, seguido de cerca por las nombradas Amazon y Microsoft, Facebook, Apple, AT&T Corporation (telecomunicaciones), Walt Disney y las financieras Wells Fargo, Morgan & Morgan y JPMorgan Chase, entre otros. Apuestas que, sin dudas, esperan jugosos retornos.
Biden no representa nada nuevo, es lo viejo y conocido
Sus primeros pasos por el Congreso ya mostraban su perfil. A pesar de presentarse siempre como defensor de los derechos civiles, una de las primeras batallas que dio en el Senado fue al lado de parlamentarios segregacionistas, oponiéndose a la orden de un tribunal para que los alumnos fuesen llevados a frecuentar escuelas en barrios populares para combatir la segregación racial. Años después se negó a votar favorablemente en relación con las cuotas raciales para favorecer a los negros.
Tampoco las mujeres tienen una buena imagen de Biden. Existen denuncias de mujeres con las cuales se ha relacionado. Una de ellas, Lucy Flores, una política demócrata de Nevada, señaló que en un encuentro que tuvo con Biden en 2014, el vicepresidente acabó tocándola de una manera íntima, algo que ella solo acostumbraba a hacer con familiares o en relaciones románticas. “Me dejó paralizada”, dijo. El caso fue confirmado por el propio Biden, que divulgó un video afirmando que en adelante sería “más cuidadoso y respetuoso para no dejar a las mujeres incómodas”.
En 1988 apoyó la Ley Antidrogas, que establecía penas más duras para consumo de drogas como crack, usadas por minorías étnicas pobres. En 1994 presentó un proyecto que aumentó las sentencias mínimas y el financiamiento federal para policías y prisiones, lo que, según especialistas, fue un factor decisivo que contribuyó al aumento de la población carcelaria. Ese fue Biden senador, alguien que se diferenció poco de cualquier congresista conservador.
Un vice al servicio de las multinacionales y el sistema financiero
Pero su papel más sobresaliente como político patronal, defensor de los intereses de los grandes empresarios, lo tuvo como vice de Obama. Fueron ocho años de un gobierno que se dedicó a resolver la grave crisis económica desatada en 2008 bajo el gobierno de Bush y no fue para auxiliar a los trabajadores y los sectores populares, sino para montar un salvataje en favor de las grandes empresas multinacionales y los bancos.
El ejemplo más claro de esta política fue General Motors. El gobierno “estatizó” la empresa adquiriendo el 60% de las acciones por un valor superior a los 30.000 millones de dólares, pero para sanear las deudas disminuyó 20% los gastos salariales, despidió trabajadores y redujo los sueldos con el apoyo del Sindicato de Trabajadores de la Industria Automotriz (UAW). “Saneada”, GM fue devuelta a sus antiguos dueños. Lo mismo pasó con otras empresas automotrices en crisis, como Chrysler. Esos miles de trabajadores despedidos, que engrosaron el ejército de desocupados, fueron la base de apoyo para el triunfo del ultrarreaccionario Donald Trump.
Obama-Biden también fueron generosos con el sistema financiero. Mientras la población trabajadora sufría las consecuencias de la crisis con despidos y rebajas salariales y la pobreza crecía, el gobierno abría los cofres para los banqueros. En 2009, a través de su flamante secretario del Tesoro, Timothy Geithner, anunciaba un plan para estabilizar el sistema financiero a un costo de 2 billones de dólares, una suma equivalente a seis veces la economía de la Argentina (Clarín, 11/2/09).
Sin dudas, Biden llega para gobernar al servicio de las multinacionales y el sistema financiero repitiendo una política que ha dejado a millones de trabajadores en la calle y ha afectado la vida de los sectores más vulnerables. Este abogado de 77 años, exitoso económicamente, con cara de “tío simpático”, no trae nada nuevo, mucho menos de bueno para los trabajadores, las mujeres, los negros, las minorías étnicas y los sectores populares norteamericanos.
Escribe Adolfo Santos
La designación de Kamala Harris en la fórmula presidencial puede haber generado expectativas en el movimiento de mujeres por ser la primera vez en la historia que se elige a una negra como vicepresidenta de Estados Unidos. Sin embargo, su curriculum está lejos de ser feminista y progresista. Los demócratas necesitaban alguien con su perfil para ampliar sus votos entre minorías étnicas, las mujeres y los negros. Muchos dudaban de su elección, sobre todo por el duro enfrentamiento que había protagonizado durante las primarias, cuando en uno de esos debates Harris colocó a Biden en apuros. Ella, de madre india y padre jamaiquino, le recordó que había sido “esa pequeña niña negra que sufrió por la segregación en las escuelas públicas y que aunque no creía que él (Biden) fuera racista, le había dolido su apoyo a senadores de esa época que apoyaban la división racial”.
Kamala, veintiún años más joven que Biden, se ha convertido en la primera mujer vicepresidente de los Estados Unidos, y además, negra. Ex procuradora general de California, está en su primer mandato como senadora, cargo al que accedió en 2017. Si bien desde su banca realizó críticas a las políticas trumpistas, al candidatearse sus posiciones comenzaron a ser colocadas bajo la lupa. Los sectores más progresistas la criticaron por no dar respuestas claras a problemas importantes como los ataques de Trump a la salud. Ya nominada candidata, comenzó a caminar en el filo de la cornisa para no incomodar a moderados ni a progresistas, pero no lo logró con ninguno de los dos.
Sus posiciones dubitativas en relación con temas como la reforma policial, el combate a las drogas o las condenas equivocadas, que han tomado fuerza con motivo de la lucha antirracista, le han causado críticas de sectores progresistas del Partido Demócrata. Salió a la luz que ella se abstuvo de tomar posición frente a un proyecto de ley que determinaba “investigaciones independientes” en casos que envuelvan “uso de fuerza letal” por parte de la policía, siendo que en los Estados Unidos la policía mata personas de comunidades negras y latinas de forma desproporcionada. Con todo, durante la campaña se tuvo que reacomodar y defender la prisión de los policías que mataron a Breonna Taylor, mujer negra asesinada por la policía en su casa, y reivindicar uno de los símbolos de las protestas, #BlackLivesMatter (Las Vidas Negras Importan).
El origen indio y jamaiquino no cambia el carácter de clase de esta abogada, egresada de Harvard. Ella también es parte del establishment político del Partido Demócrata, si no fuese así no habría sido elegida a ocupar el segundo cargo en importancia del principal país imperialista del mundo. Kamala Harris, cambiando de opinión según las circunstancias, ha demostrado que le resulta fácil acomodarse a las necesidades de su partido, representante de los banqueros de Wall Street y del país imperialista que representa. Como vimos con Obama, el color de la piel de Kamala Harris no cambia el carácter burgués imperialista de la fórmula triunfante.
¡Luchemos por una salida independiente ante la crisis y por un gobierno de los trabajadores!
En las alturas del descompuesto régimen político, el Congreso ha vacado al gobierno de Vizcarra. De esta manera, AP, SP, PP y APP, los partidos del régimen, cambiaron oportunistamente su posición, rompiendo coyunturalmente el Pacto Perú que negociaron con Vizcarra, sacándolo del gobierno con el único objetivo de negociar mejor y sin intermediarios sus intereses patronales para repartirse el botín que, con la reactivación económica neoliberal, les roban a los trabajadores formales, informales y a los pueblos. Desde el Partido de los Trabajadores Uníos y nuestro compañero Enrique Fernández, votamos a favor de la vacancia desde una perspectiva independiente, de la clase trabajadora y anticapitalista: Vizcarra se debía ir por corrupto, pero también por explotador y por ser, junto a la Confiep, el responsable de los salarios y las pensiones de hambre, de los siete millones de despidos y del salvataje a los grandes empresarios. Llamamos a los trabajadores a no dejarse estafar por ninguna de las dos facciones en pugna. No defender a Vizcarra ni confiar en Merino y su nuevo gabinete. Los trabajadores y los pueblos debemos ganar las calles contra el actual gobierno de Merino que, gracias a la Constitución heredada del fujimorismo, se queda ahora con el poder para usarlo contra el pueblo trabajador siguiendo la detonada cadena de mando del Estado capitalista. Los trabajadores y el pueblo debemos movilizarnos para conquistar las medidas urgentes para salir de la crisis, no para cuidar a Vizcarra o a Merino, ni esperar algo bueno de la estafa electoral 2021. Necesitamos poner en pie la unidad de las luchas y luchadores por un inmediato aumento de salarios y jubilaciones sin AFP, para anular los decretos de urgencia 14 y 16, para terminar con la suspensión perfecta de labores, prohibir los despidos y suspensiones, repartir las horas de trabajo e incorporar a los miles de desocupados e informales al trabajo formal, terminar con los CAS y la tercerización. Exigimos un inmediato aumento de presupuesto para la salud y la educación no menor a 8% del PBI, terminar con la especulación de la salud privada que hace negocios con más de 30.000 muertos por Covid-19. ¡Por una salud y educación 100% pública, laica, gratuita y de calidad! Rechazamos la política neoliberal de Vizcarra y la de Merino, que representa la continuidad, y exigimos plata para empleo, salud, educación y que se termine con los subsidios a los grandes empresarios que se llevaron más de S./130.000 millones de soles en los últimos diez años mientras el pueblo vive en la pobreza y la informalidad. ¡Este modelo no va más! Luchemos por una asamblea constituyente libre y soberana sin restricciones que garantice la participación de todas las organizaciones obreras, sociales, populares, campesinas, de las mujeres y la juventud para terminar con la Constitución del ’93, que solo privilegia a los ricos, sostiene la explotación y permite el pasamanos del gobierno en manos de los poderosos. Luchemos en las calles por un gobierno de los que nunca gobernaron, por un gobierno de las y los trabajadores y el pueblo para que la crisis la paguen los capitalistas, no los trabajadores. ¡Abajo el ajuste neoliberal de Vizcarra, la Confiep y Merino contra el pueblo trabajador! ¡Luchemos en las calles por salario, jubilaciones y para terminar con los despidos y las suspensiones! ¡Más plata para empleo, salud y educación, no para los capitalistas! ¡Asamblea constituyente libre y soberana! ¡Por un gobierno de los trabajadores y los pueblos!
Partido de los Trabajadores - Uníos, 10/11/2020
¡Construyamos el Partido de los Trabajadores-Uníos!
Desde hace más de veinte años nuestra corriente, Alternativa Socialista, trató denodadamente de construirse como una alternativa socialista revolucionaria en Ayacucho. Hemos hecho nuestra experiencia, desde un pequeño grupo fundacional, que apenas “cabía en un sillón”, como decía Lenin, hasta un grupo de vanguardia de compañeros fieles a la causa de Marx, Lenin, Trotsky y Moreno. ¿Trotskismo en Ayacucho?, sí compañeros, desde el bastión histórico del maoísmo y del estalinismo, en un combate a muerte contra el frentepopulismo, el reformismo y el socialismo del siglo XXI. Por nuestra corriente han pasado innumerables compañeros, retirados porque fueron ganados a la vida y porque no les ofrecimos comodidades ni puestos estatales, a partir de acondicionarnos al facilismo de apostar por cualquier proyecto burgués o de izquierda reformista, solo les ofrecimos socialismo, sacrificio y entrega concentrada en la clase trabajadora y sus aspiraciones.
Desde nuestros inicios hasta ahora hemos demostrado coherencia programática y política, luchando siempre y en donde sea por nuestros postulados, a pesar de estar en minoría, recibir insultos y otras diatribas. En la universidad, Frente de Defensa, sindicatos y lugares donde nos ha tocado intervenir, lo hemos hecho siempre con honestidad y moral revolucionaria, entregando lo mejor a nuestra clase y pueblo.
Hoy, que los partidos burgueses y reformistas de toda laya no tienen ninguna respuesta al problema económico, político y social del pueblo trabajador, ahondando la crisis del capitalismo neoliberal y su régimen democrático burgués decadente, ha llegado la hora de unificar nuestros esfuerzos con otros compañeros que tienen el mismo programa, la mismas lecturas políticas sobre la realidad y que ofrecen construir un referente nacional e internacional, fiel a las enseñanzas del marxismo leninismo y con el objetivo de impulsar el gobierno de los trabajadores, que no es más ni menos el socialismo, con democracia obrera, que será forjada por los propios trabajadores, con un programa de recuperación de nuestra soberanía, combate a muerte contra el imperialismo y el capitalismo y sus depredaciones, luchando contra la burguesía, ya sea nacional e internacional, vividora de la fuerza de trabajo ajena.
Es en este contexto que Alternativa Socialista-Ayacucho desde hoy pasará a unificarse para ser parte del Partido de los Trabajadores-Uníos, con su referente internacional, la UIT (Unidad Internacional de los Trabajadores) en el objetivo estratégico de reconstruir la IV Internacional, para lo cual llamamos a los trabajadores ayacuchanos y peruanos en general a venir a construir una herramienta política de los ellos mismos, de los trabajadores. Llamamos a los campesinos, a las amas de casa que día a día trabajan, a los maestros, a la juventud estudiosa, a la mujer combativa, a compartir nuestro proyecto, a discutir nuestro programa, en suma, a militar con nosotros.
¡Por un gobierno de los trabajadores!
¡Hasta el socialismo… siempre!
Comisión política Alternativa Socialista-Ayacucho
#PartidoDeLosTrabajadores-Uníos