Foto de portada: Ilustración de La revuelta de Haymarket, protesta obrera en Chicago el 4 de mayo de 1886 que terminó en enfrentamiento entre trabajadores y policías y marcó un hito en la lucha por la jornada laboral de ocho horas
Escribe Federico Novo Foti
El 1° de mayo de 1886, una huelga por la jornada de 8 horas en Chicago terminó con represión, asesinatos y la ejecución de dirigentes obreros, luego recordados como los mártires de Chicago. En 1889, la Internacional Socialista convirtió esa fecha en un símbolo de lucha obrera internacional.
Desde finales del siglo XVIII se produjo un avance arrollador de la industria capitalista. Las cuantiosas ganancias que la burguesía industrial comenzó a obtener se basaban en la brutal explotación de obreras y obreros, incluso niñas y niños. Debían realizar jornadas de trabajo de doce horas en promedio, con bajos salarios y en condiciones de vida miserables. Pero, a mediados del siglo XIX, comenzaron a fortalecerse las luchas obreras que exigían mejoras en las condiciones laborales. Uno de los reclamos más sentidos fue la jornada laboral de ocho horas.
Los mártires de Chicago
En Estados Unidos, en 1881, tras años de luchas reivindicativas, se constituyó la American Federation of Labor (Federación Norteamericana del Trabajo). Desde su nacimiento, la AFL exigió el cumplimiento de la jornada laboral de ocho horas. Pero las dilaciones y negativas patronales la llevaron a anunciar en 1884 que, si para el 1° de mayo de 1886 no se había implementado en todos los lugares de trabajo, comenzaría la huelga.
La fecha llegó sin respuestas por parte de las patronales y del gobierno, y la huelga estalló, a pesar de las dudas de muchos dirigentes sindicales. Nunca antes el país había vivido un levantamiento obrero de esas dimensiones. Más de cinco mil fábricas pararon y 340 mil obreros y obreras salieron a las calles y plazas a manifestar sus reclamos: “¡8 horas de trabajo! ¡8 horas de reposo! ¡8 horas de recreación!”. Ese mismo día, unos 125 mil obreros conquistaron la jornada laboral de ocho horas. A fin de mes, otros 200 mil. Para fin de año, un millón ya lo había logrado.
Pero en Chicago, uno de los grandes centros comerciales e industriales del país, el conflicto recrudeció. Las y los obreros allí vivían en peores condiciones. Muchos trabajaban todavía catorce horas diarias. Numerosas familias vivían hacinadas en condiciones precarias. Por eso, el 2 de mayo la huelga continuó. Ese mismo día, la policía dispersó violentamente una concentración de 50 mil trabajadoras y trabajadores en el centro de la ciudad. Al día siguiente, la policía volvió a reprimir y asesinó a seis obreros que se encontraban en una protesta frente a la fábrica de maquinaria agrícola McCormick. El 4 de mayo, al finalizar un acto en la plaza Haymarket convocado para denunciar esos asesinatos, la policía volvió a cargar contra la multitud. Murieron treinta y ocho obreros. Durante la noche, el gobierno decretó el estado de sitio, estableció el toque de queda, los militares ocuparon los barrios obreros y realizaron violentos allanamientos en locales sindicales y hogares de dirigentes.
El gobierno culpó a anarquistas y socialistas por lo sucedido. Los dirigentes y activistas August Spies, Albert Parsons, Samuel Fielden, Adolph Fischer, George Engel, Michael Schwab, Louis Lingg y Oscar Neebe fueron llevados a un juicio sin pruebas, orquestado para escarmentar a los huelguistas, en el que se les impuso a cinco de ellos la pena de muerte. Así lo reconocía el fiscal Julius Grinnell en su alegato final: “Estos hombres han sido seleccionados porque fueron líderes. No fueron más culpables que los millares de sus adeptos. Señores del jurado: ¡declarad culpables a estos hombres, haced escarmiento con ellos, ahorcadles y salvaréis a nuestras instituciones, a nuestra sociedad!”.1 Los sentenciados a la pena capital fueron ejecutados el 11 de noviembre de 1887 como parte de la violenta reacción patronal y gubernamental contra aquella huelga y sus dirigentes. Su crimen había sido exigir un límite a la explotación laboral. Pasarían a la historia como “los mártires de Chicago”.
Una jornada de lucha obrera, socialista e internacionalista
En 1889, cuando se fundó la Internacional Socialista (Segunda Internacional), se resolvió impulsar la jornada del 1° de mayo para unificar las luchas obreras en todos los países. El congreso reunido en París denunció que el avance de la producción capitalista “implica la explotación creciente de la clase obrera por la burguesía […] y tiene por consecuencia la opresión política de la clase obrera, su servidumbre económica y su degeneración física y moral”. Por ello, establecía que las y los trabajadores de todos los países tenían “el deber de luchar por todos los medios a su alcance contra una organización social que les aplasta y, al mismo tiempo, que amenaza el libre desenvolvimiento de la humanidad”.2
Al año siguiente, por primera vez, marcharon miles de obreros y obreras en decenas de ciudades del mundo en homenaje a los mártires de Chicago, por la jornada de ocho horas y otros reclamos, y por el socialismo. Así, de la mano del socialismo revolucionario, nació la tradición del 1° de mayo como una jornada de lucha obrera, socialista e internacionalista.
Hoy, en pleno siglo XXI, el capitalismo imperialista sigue demostrando que solo puede ofrecer guerras, explotación, opresión y pobreza para la clase trabajadora y los pueblos del mundo. Es el camino que vienen impulsando gobiernos ultraderechistas, como el de Donald Trump en Estados Unidos y Javier Milei en nuestro país.
Frente a ellos, las y los socialistas revolucionarios seguimos conmemorando el 1° de mayo como una jornada de lucha. Es un día para honrar a los mártires de la clase obrera y reivindicar todas las luchas, en la perspectiva de lograr gobiernos de trabajadoras y trabajadores que terminen con la explotación capitalista.
1. Citado en Ricardo Mella. Los mártires de Chicago. Omegalfa, 2019.
2. AAVV. Llamamiento a la clase obrera. Primer Congreso de la II Internacional, París, 1889.










