
José Castillo
Tras la fachada del desarrollo tecnológico, se esconde otro uso sombrío de la inteligencia artificial: la automatización de la violencia sistemática, el despojo y la persecución contra los pueblos oprimidos. La IA es utilizada por las potencias imperialistas para optimizar la escala, la velocidad y el distanciamiento moral necesarios para cometer masacres y controles represivos sin asumir responsabilidad humana.
Los ejemplos abundan. En el genocidio de Gaza, el Ejército israelí ha desplegado sistemas algoritmitizados como Lavender y Where’s Daddy? Lejos de garantizar la “precisión” prometida por la propaganda sionista, estas redes neuronales procesan datos masivos de la población para señalar automáticamente a miles de personas como objetivos a eliminar. La IA degrada la vida humana a un cálculo probabilístico, mientras autoriza bombardeos sobre residencias familiares con márgenes de “daños colaterales” preaprobados. La masacre deja de ser un error operativo para convertirse en una meta de eficiencia algorítmica industrial.
La IA también es utilizada por gobiernos como el de Donald Trump como una frontera invisible, pero letal, en el control migratorio. En Estados Unidos, la policía migratoria ICE emplea herramientas de reconocimiento facial, análisis predictivo y minería de datos suministradas por gigantes tecnológicos. Estos sistemas tejen una red de vigilancia que criminaliza la movilidad humana. Al cruzar bases de datos privadas con registros públicos, se facilitan redadas masivas y deportaciones bajo la lógica del perfilamiento automatizado.
Para justificar el despliegue de estas tecnologías de control y exterminio, los gobiernos imperialistas apelan a la retórica del “ciberterrorismo” y la “seguridad nacional”, con una tecnología que opera como un cheque en blanco para normalizar un estado de excepción perpetuo. Bajo la excusa de neutralizar amenazas, se aprueban marcos legales de vigilancia masiva y se persigue a los luchadores, o simplemente a quiénes se solidarizan con una causa justa. El pretexto de la seguridad digital legitima la militarización de la infraestructura tecnológica global.
En conclusión, la IA aplicada a la guerra y la persecución representa un “estado superior” de deshumanización absoluta de la violencia. Al delegar las decisiones de vida o muerte en algoritmos opacos, los gobiernos imperialistas buscan lavarse las manos ante acusaciones de violaciones a los derechos humanos. Denunciar el uso de la inteligencia artificial como maquinaria de masacre no es oponerse a la tecnología, sino resistir a que se conviertan los derechos de las y los trabajadores y los pueblos oprimidos en meros datos prescindibles que pueden ser eliminados por un simple click.










