Escriben Federico Novo Foti y Adolfo Santos
A fines de junio de 1941 el nazismo comenzó la invasión a la Unión Soviética en lo que se conoció como Operación Barbarroja. Buscaba terminar con el gobierno obrero, aunque estuviera en manos de la burocracia estalinista, y quedarse con sus recursos. Pese a un primer avance arrollador, gracias a la heroica y sacrificada resistencia del pueblo soviético, la invasión terminaría siendo el principio del fin del régimen nazi.
La mañana del 22 de junio de 1941, el mariscal Georgi Zhukov llamó a la residencia de José Stalin, líder totalitario de la Unión Soviética: “¡Despiértelo inmediatamente! ¡Los alemanes están bombardeando nuestras ciudades!”. Por entonces, el nazismo se hallaba en la cumbre de su poder en la continuidad de la Segunda Guerra Mundial y su líder, Adolf Hitler, había decidido lanzarse a la conquista de la Unión Soviética, para terminar con el poder obrero, aunque éste estuviera en manos de la burocracia estalinista, y apoderarse de los recursos de ese extenso y rico país.
Después de la fácil conquista de gran parte de Europa Occidental, incluida Francia, los nazis suponían que el dominio de la Unión Soviética solo les llevaría tres o cuatro meses. La nueva campaña, que denominaron en clave “Operación Barbarroja”, se inició con una barrera de artillería sobre las posiciones rusas, seguida de un ataque aéreo de la Luftwaffe (su aviación). En el primer día de la invasión destruyeron cerca de 1.100 aviones rusos, lo que aseguró a los alemanes una cobertura aérea indiscutible en los primeros meses de la invasión. El avance del ejército nazi siguió a un ritmo de 32 kilómetros por día, atravesando la desprevenida línea de defensa soviética y llegando a Smolensk (a 369 kilómetros de Moscú) el 18 de julio.
Las sorprendidas tropas soviéticas sintieron el golpe y en pocos días sufrieron fuertes bajas y perdieron gran parte del territorio. En poco más de un mes, habían muerto casi un millón de soldados. El responsable de aquel aniquilamiento inicial no era otro que José Stalin.
El infame pacto Hitler-Stalin
Casi dos años antes, en agosto de 1939, la Alemania nazi y la Unión Soviética de Stalin habían firmado en Moscú el Pacto Molotov–Ribbentrop, un infame acuerdo de no agresión y partición de Polonia. León Trotsky, el revolucionario ruso que por entonces sufría la persecución del estalinismo, calificó el pacto como “una capitulación de Stalin ante el imperialismo fascista con el fin de resguardar a la oligarquía soviética”.1 Así, con las manos libres, Hitler invadió Polonia, dando inicio a la Segunda Guerra Mundial. Para fines de junio de 1940 las tropas alemanas ya ocupaban Dinamarca, Noruega, Países Bajos, Bélgica y Francia.
La invasión a la URSS comenzó a prepararse en los primeros meses de 1941. Sin embargo, Stalin continuaba confiando en que Hitler iba a respetar el pacto y había desestimado, una y otra vez, las permanentes advertencias hechas por sus agentes de inteligencia diseminados por Europa.2 Pero el 22 de junio los alemanes cruzaron la frontera e iniciaron la invasión de la Unión Soviética. Con la invasión a la Unión Soviética los nazis provocaron un realineamiento decisivo que definió los dos bloques de la Segunda Guerra Mundial. Los países agrupados en el Eje, por un lado: encabezados por Alemania, con Italia y Japón. Por el otro, los Aliados: con Francia e Inglaterra, a los que se sumaron la URSS en agosto y Estados Unidos en diciembre, después de sufrir el ataque japonés en Pearl Harbor.
Contrariamente a lo que preveían Hitler y la oficialidad nazi, de que el desánimo y la desmoralización llevarían a la deserción en masa de sus enemigos, resultó lo opuesto. Pese a la traición de Stalin, los soldados soviéticos resistieron con un heroísmo sorprendente. Lo que los alemanes creían que se resolvería en pocos meses se extendió más de la cuenta y Alemania tuvo que movilizar a todos los varones de entre 15 y 55 años para relevar a los agotados soldados del frente. Entre las tropas alemanas se generalizó la expresión “son preferibles tres campañas en Francia que una sola en Rusia”.3 Mientras tanto, en las zonas ocupadas de la Unión Soviética aumentaba la actividad de los partisanos, combatientes que eran un verdadero martirio para la retaguardia alemana.
Octubre y noviembre fueron cruciales. La llegada anticipada del invierno, con las primeras nevadas y lluvias, con temperaturas bajo cero, fueron aliados fundamentales de una resistencia encarnizada. Aunque los ejércitos nazis consiguieron llegar a las puertas de Leningrado (hoy San Petersburgo) y Moscú no consiguieron su objetivo de ocuparlas y fueron rechazados. El 25 de noviembre, más de cien mil obreros se movilizaron en Moscú para sumarse a la defensa de la ciudad. Se cavaron 160 kilómetros de zanjas para evitar el paso de los Panzer (tanques) y se colocaron kilómetros de alambrados y otros obstáculos, una acción de la población civil que elevó la moral de los soldados soviéticos.
En diciembre, a las puertas de Moscú, Alemania cedió la iniciativa y perdió su potencial militar frente a la tenaz resistencia de los soldados y el pueblo soviético. Pese al deseo de Hitler de un esfuerzo final, el comandante Gunther Von Kluge dio la orden de detener la ofensiva el 4 de diciembre. La Operación Barbarroja llegaba a su fin. Era la primera gran derrota del ejército nazi.
El comienzo del fin del régimen nazi
Tras la Operación Barbarroja, en 1943, ocurrieron dos grandes y decisivas batallas. En febrero terminó la batalla de Stalingrado (hoy Volgogrado), que marcó un punto de inflexión. En agosto, la división tanques del ejército soviético trabó la mayor batalla de tanques de la historia y detuvo la última ofensiva nazi a gran escala imponiéndole una derrota categórica en la batalla de Kursk. Fueron momentos decisivos para quebrar las fuerzas y la moral del ejército alemán. La derrota sobre los nazis no solo estimuló a las tropas soviéticas, también insufló fuerzas a la resistencia antifascista en los países ocupados facilitando el avance de las tropas aliadas.
En mayo de 1945 las tropas soviéticas tomaron Berlín y terminaron definitivamente con el régimen nazi y la Segunda Guerra Mundial.4 Por la cantidad y ferocidad de los enfrentamientos, la derrota de los nazis se debe en gran parte al valor y la determinación del pueblo soviético que, según estadísticas, aportó 75% de los 50 millones de soldados y civiles muertos durante la guerra.
El papel jugado por el pueblo y el ejército soviético en la derrota del nazismo generó una corriente de simpatía con el comunismo, fundamentalmente en los países de Europa. Terminada la guerra, la fuerza y las armas estaban en manos de las y los trabajadores y de la resistencia, que se sentían y eran los verdaderos ganadores. Podrían haberse apropiado del poder en países como Francia, Italia o Grecia. Sin embargo, una vez más, la burocracia estalinista utilizó su influencia para cometer una nueva traición. Exigió deponer las armas y convocó a la clase obrera a colaborar con la reconstrucción económica de Europa al servicio del capitalismo, impidiendo el triunfo de revoluciones obreras y socialistas.
1. León Trotsky. "Stalin, el comisario de Hitler” (2/9/1939) y “La alianza germano-soviética” (4/9/1939) en Escritos, tomo XI, vol. 1. Pluma, Bogotá, 1979. Disponible en www.marxists.org
2. Leopold Trepper. El gran juego. Editorial Ariel, Barcelona, 1977.
3. Jean López. Historia visual de la Segunda Guerra Mundial. Editorial Planeta, Madrid, 2019.
4. Días antes había caído el régimen fascista en Italia y semanas después, tras el lanzamiento de las bombas atómicas sobre las ciudades de Nagazaki e Hiroshima, se rendiría Japón.










