Foto de portada: Escena de la película Operación Masacre basada en el libro de Rodolfo Walsh
Escribe Federico Novo Foti
El 9 de junio de 1956 se recuerda como la fecha en que fueron fusilados trabajadores en un basural de José León Suárez, provincia de Buenos Aires, algunos de los cuales preparaban un levantamiento contra la dictadura militar de Aramburu, tras el golpe gorila de 1955 que había derrocado a Juan Perón. El hecho expuso los límites de la conducción peronista, incluido Perón, ante los desafíos que enfrentaba el movimiento obrero y popular.
Aquella noche, un grupo de personas estaba reunido en una casa en la localidad de Florida, en el partido de Vicente López para escuchar la transmisión radial de la pelea por el título sudamericano de boxeo. Pero a las 23.30 horas, policías encabezados por el teniente coronel Desiderio Fernández Suárez, asaltó de manera intempestiva la vivienda. Doce personas fueron detenidas y trasladadas a una Comisaría del partido de San Martín. Allí se las interrogó y se las despojó de sus pertenencias. En la madrugada del día siguiente, sin juicio previo, Fernández Suárez dio la orden de fusilarlos. Los prisioneros fueron subidos a un carro de asalto y trasladados a José León Suarez donde fueron obligados a bajar y caminar hacia el interior del basural bajo la luz de los faros de una camioneta policial, y comenzaron a dispararles.1
La masacre de José León Suárez fue parte de la brutal represión orquestada por la dictadura militar de Pedro Eugenio Aramburu contra el intento de alzamiento militar y civil encabezado por el general Juan José Valle, que buscaba terminar con la dictadura y restituir a Juan Perón en el gobierno. Algunos de los fusilados no eran parte ni conocían los planes del levantamiento. En los días siguientes, se realizaron procedimientos represivos similares en La Plata, Lanús y distintos destacamentos militares. Fueron fusilados 13 civiles y 18 militares, incluido el general Valle.
Perón se despegó de los sublevados en una carta del 12 de junio: “Los dirigentes de ese movimiento han procedido hasta con ingenuidad. Lástima grande es que hayan comprometido inútilmente la vida de muchos de nuestros hombres, en una acción que, de antemano podía predecirse como un fracaso”.2
El golpe gorila y la resistencia peronista
En septiembre de 1955, había triunfado la autodenominada “Revolución Libertadora”. El “golpe gorila” derrocó al gobierno de Perón, quien había rechazado armar a los trabajadores, pese a los pedidos reiterados, y partió rumbo a Paraguay. Fue una dura derrota para el pueblo trabajador, que permitió que se consolidara un gobierno militar pro-patronal, proyanqui y clerical.3 Tras el golpe comenzaron dieciocho años de proscripción para el peronismo.
Bajo las dictaduras del general Eduardo Lonardi y, luego, de Aramburu se impusieron planes para trasformar a la Argentina en una semicolonia de Estados Unidos. Se firmaron los pactos con la OEA y el país ingresó al FMI. El “Plan Prebisch” se centró en liquidar las conquistas obtenidas por la clase trabajadora. Pero para ello la dictadura debía terminar de destruir la organización del movimiento obrero. Ese era el significado de la “desperonización” (la proscripción y persecución al peronismo) a la que se unía una represión generalizada sobre el conjunto de los sectores populares. La dictadura intentó inter-venir los gremios con la colaboración de viejos dirigentes sindicales radicales, del PS y el PC.
Ante la ofensiva contra el movimiento obrero se inició lo que se conocerá como “Resistencia Peronista”, entre 1956 y 1959. Al comienzo, la resistencia no fue alentada ni por Perón ni por los burócratas sindicales, quienes llamaban a la pacificación, sino que fue producto de los activistas que actuaron espontáneamente en defensa propia, de la clase obrera y del peronismo. La conducción peronista, así como no había llamado a los trabajadores a resistir el golpe, después de su caída tampoco buscó apoyarse en el movimiento obrero que, sin duda, dio muestras de estar dispuesto a luchar.
En 1956 y 1957 se sucedieron paros, luchas parciales, reagrupamientos, se crearon listas y se realizaron plenarios sindicales. En ese proceso la corriente trotskista dirigida por Nahuel Moreno jugó un papel importantísimo publicando boletines diarios de huelga y vendiendo 10 mil periódicos semanales con sus propuestas políticas. A fines de 1956 el morenismo jugó un papel destacado en la huelga de la Unión Obrera Metalúrgica que duró 40 días donde el propio Moreno se convirtió en una referencia del Comité Nacional de Huelga.
Esa política de resistencia fue asumida por una nueva dirección que estaba surgiendo en el movimiento obrero y que abrumadoramente se reivindicaba peronista. Sin embargo, los dirigentes peronistas, incluido Perón en el exilio, quien comenzó a enviar sus “Instrucciones” y “Directivas”, entendían que la “resistencia” debía consistir en una sucesión de acciones que desgastaran a la dictadura y sirvieran de soporte para un golpe militar nacionalista peronista. Aquella experiencia fue la que fracasó estrepitosamente en junio de 1956 con el levantamiento del general Valle.
La corriente morenista, que había enfrentado el golpe gorila en 1955 y era parte de la resistencia a la dictadura, señalaba los límites del peronismo para enfrentar a la dictadura: “El golpe [de Valle] fracasó porque no se basó ni en la organización, ni en la movilización de la clase obrera” 4. De igual manera, señalaba la responsabilidad y los límites de la conducción peronista y su orientación golpista, apoyada en los militares y no en el movimiento obrero.
“Operación Masacre”
Seis meses más tarde, a fines de 1956, en un café de la ciudad de La Plata, un hombre susurraría al oído del joven periodista Rodolfo Walsh: “hay un fusilado que vive”. Aquella revelación dio lugar al inicio de una investigación en la que Walsh, con ayuda de la periodista Enriqueta Muñiz y algunos de los siete sobrevivientes, logró documentar y denunciar públicamente la masacre de José León Suárez.
Los medios nacionales, cómplices de la dictadura, no habían expuesto hasta entonces los fusilamientos. Pero entre mayo y julio de 1957, Walsh publicó en forma de notas en el diario Mayoría los resultados de su investigación. En diciembre de ese año se publicaría en forma de libro bajo el título Ope-ración Masacre.5 La difusión de sus crímenes llevó a que la dictadura de Aramburu fuera popularmente conocida como la “revolución fusiladora”.
A pesar de la derrota del levantamiento del general Valle y los fusilamientos de José León Suárez, las luchas obreras continuaron. Recién en enero de 1959, la derrota de los obreros del frigorífico Lisandro de la Torre marcó el cierre de la resistencia peronista. Vinieron luego diez años de batallas defensivas y derrotas obreras. Hubo importantes conflictos, pero fueron menores respecto a los del período de la resistencia.
En este período el peronismo profundizó su línea de integración al régimen iniciado con la “fusiladora”. Ejemplo de ello fue en 1966, cuando la burocracia sindical peronista se hizo presente en la asunción del dictador Juan Carlos Onganía, al tiempo que Perón llamaba a “desensillar hasta que aclare”. La tarea por construir una nueva dirección política y sindical en el movimiento obrero y popular sigue vigente.
1. Rodolfo Walsh. Operación Masacre. Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 2000.
2. Citado en Ernesto González (coord.). El trotskismo obrero e internacionalista en Argentina. Tomo 2. Editorial Antídoto, Buenos Aires, 1996. Disponible en www.marxists.org
3. Nahuel Moreno. El golpe gorila de 1955. Las posiciones del trotskismo. Ediciones El Socialista, Buenos Aires, 2012. Disponible en www.nahuelmoreno.org
4. Rodolfo Walsh. Op. Cit.
5. “Sólo la organización y actividad de la clase obrera podrán solucionar los problemas del país y de los trabajadores”, en Separata de Unidad Obrera Nº 1 (junio de 1956) en Ernesto González (coord.) Op. Cit.










