Apr 08, 2026 Last Updated 2:41 PM, Apr 8, 2026

Escribe Josep Lluis de Alcázar, dirigente de la Unidad Internacional de Trabajadoras y Trabajadores - Cuarta Internacional (UIT-CI)
Nota publicada en la Correspondencia Internacional Nro. 50
*Nota escrita el 16 de julio de 2022

Tras casi cinco meses de ataque imperialista ruso, Ucrania vive una guerra de desgaste que tiene repercusiones mundiales. La resistencia derrotó el plan inicial de Putin para colocar a Ucrania bajo su control con la caída de Zelensky y la ocupación de Kiev. Pero Zelensky no huyó, como le proponían Macron y Biden, se quedó en la capital y llamó a la resistencia. Mientras el ejército resistía en las puertas de la ciudad, el pueblo se organizaba en la defensa territorial. Putin tampoco encontró militares dispuestos a derrocar al presidente. Finalmente, un mes y medio después, la ofensiva rusa sobre Kiev fue derrotada. El plan también incluía ocupar y anexionar la zona rusófona, desde Kharkiv a Odesa, pasando por el Donbass, como ocurrió con Crimea en 2014. Pero para ello era imprescindible cierto apoyo de la población civil rusófona que, lejos de salir a recibir a las tropas del Kremlin con flores, se organizó para resistir la invasión. El asalto sobre Karkiv, la segunda ciudad ucraniana, fue frenado y el ejército ruso expulsado hasta la frontera. Las tropas rusas solo consiguieron controlar Kherson y, más tarde, Mariúpol después de intensos combates. 

El régimen ruso tuvo que reorganizar sus fuerzas para concentrarlas en el Donbass. Putin ahora tiene la imperiosa necesidad de obtener algún triunfo territorial, aunque sea un territorio destruido y vaciado, para justificar ante la población rusa el enorme costo en vidas y económico. Ese cambio de guión significó un giro en la estrategia militar. En nuestra visita a Kiev, en mayo, para entregar material médico a los activistas de izquierda y los sindicatos, Aleksander Skiba, dirigente del sindicato ferroviario, nos contó que inicialmente el ejército ruso prácticamente no atacaba objetivos civiles o infraestructuras, pero que la dinámica había cambiado completamente. El Kremlin aplicó la política de tierra quemada: la destrucción de infraestructuras, ataques sobre la población civil para provocar el pánico y la desmoralización con ciudades convertidas en escombros, como Mariúpol o Sverodonetsk. Una estrategia que Rusia aplicó en la segunda guerra chechena y en Siria que elimina toda duda de que el objetivo de la invasión fuera liberar a alguien. La mayoría de la población huyó y quedan solo los ancianos. 

Putin y el pueblo ruso 

El ascenso y la consolidación de Putin y la recomposición del Estado ruso tras la restauración capitalista se hicieron utilizando la guerra en Chechenia. La columna vertebral del poder de Putin está en el Servicio Federal de Seguridad (FSB wpor su sigla en ruso), antiguo KGB. Una fuerza integrada por 300.000 o 400.000 agentes. El FSB hizo estallar apartamentos en los que murieron civiles para culpar a los chechenos y justificar la brutal ocupación de su país. Putin busca repetir esto en Ucrania, pero veremos con qué consecuencias.

Hasta el momento, el régimen ruso mantiene con mano de hierro el control de toda disidencia. Los principales partidos de oposición, el Partido Comunista de Rusia y el ultranacionalista Partido Liberal-Demócrata, han apoyado la invasión. Miles son los detenidos acusados de propaganda contra el Estado ruso por oponerse a la invasión. Pero la resistencia ucraniana no se detiene. La lista de muertos y heridos crece, y por ello el Kremlin la mantiene en secreto. Se conoce la indignación de las familias de los marineros que murieron en el hundimiento del Moskva, el buque insignia de la flota del Mar Negro. 

Por miedo a la reacción popular, Putin evitó declarar como guerra a la invasión de Ucrania, la llama “operación militar especial”. Sin problemas, como si todo hubiese sido resuelto en tres días. Pero hoy no le permite recurrir al reclutamiento general. En mayo tuvo que cambiar la ley para eliminar el límite de 40 años para los soldados contratados. Hay numerosos anuncios de búsqueda online de las oficinas regionales de reclutamiento del Ministerio de Defensa que prometen 53 dólares diarios, complementados según las especializaciones, muy por encima de los 500 dólares mensuales del salario medio. 

Se recluta mayormente en las repúblicas más pobres y pobladas por minorías étnicas, como el Daguestán, en el Cáucaso, y Buriatia, en el sur de Siberia, que tienen un alto número de bajas respecto de las cifras que afectan a Moscú o San Petersburgo. En los territorios ucranianos ocupados el alistamiento es obligatorio para los hombres de 18 a 65 años. En su canal de Telegram, el defensor del pueblo de la República Popular de Donetsk a principios de junio afirmaba que 2.061 de sus hombres habían muerto y 8.509 habían resultado heridos, de una fuerza de 20.000 al comienzo de la invasión.  

El imperialismo yanqui hace su propia guerra

Ucrania exige armamento para poder recuperar el territorio perdido, pero el imperialismo yanqui y europeo juegan su propia partida, que no es la de la victoria de un pueblo que resiste heroicamente una invasión. Fue la resistencia del pueblo ucraniano la que puso en un brete a los Estados Unidos y las potencias europeas, que tuvieron que reaccionar más allá de los exabruptos y sanciones limitadas de 2014 ante la ocupación de Crimea. La entrega limitada de armamento no ha equilibrado las fuerzas militares, sólo sirve para resistir. 

El gobierno norteamericano no quiere precedentes que animen a los pueblos a resistir, su interés es aprovechar la guerra para implementar sus planes. A golpes de misiles rusos, la OTAN resucita de la “muerte cerebral” diagnosticada por Macron dos años antes. Lo escenificó a fines de junio en Madrid, con Finlandia y Suecia pidiendo la entrada en la alianza imperialista después de décadas de neutralidad y con un vuelco en la opinión pública en pocos meses. El “nuevo concepto estratégico” de la OTAN da como titulares la necesidad de enfrentar la agresión rusa y la vigilancia de China como “competidora estratégica”. Pero en realidad, pone en el punto de mira las reacciones de masas contra el brutal empobrecimiento consecuencia de la crisis capitalista, agravada con la pandemia, el cambio climático y el impacto de la guerra sobre los precios de los granos y la energía. 

Para ello mantiene la guerra global “contra el terrorismo, en todas sus formas y manifestaciones”. Señala la inestabilidad de África y Oriente Próximo que “afecta directamente a nuestra seguridad y la de nuestros socios”. Y, aun con los asesinatos de inmigrantes en la valla de Melilla, la OTAN se ofrece para la vigilancia de fronteras y define la inmigración como “amenaza” a la “soberanía e integridad territorial” de los Estados miembros.

El otro triunfo para los Estados Unidos, como principal exportador de armas, es el aumento de los presupuestos militares, una exigencia que sucesivos presidentes norteamericanos habían pedido sin éxito. Y ahora, con el fervor militarista, se fija el 2% del PIB como objetivo mínimo de gasto militar. 

La crisis económica como arma de guerra

Putin bloquea el comercio de granos y el abastecimiento energético como respuesta a las sanciones y el suministro de armamento a Ucrania. Las exportaciones de trigo de Rusia y Ucrania representaron 23% del comercio internacional en 2021/2022. Egipto, Líbano, Libia y Túnez son grandes importadores de trigo. La hambruna amenaza a África y Oriente Medio. Pero las dictaduras petroleras tendrán más recursos y reconocimiento, como demostró la visita de Biden a Arabia Saudí, o las renovadas relaciones de Italia con Argelia.   

En la Unión Europea, el ministro de Economía alemán, Robert Habeck (Los Verdes), afirmó: “La situación es grave y el invierno llegará. Jamás hemos estado en esta situación”. Y añadió: “Algunas fábricas tendrán que cerrar y para algunos sectores será una catástrofe”. Francia prepara la nacionalización de la eléctrica EDF, que ya venía con graves pérdidas antes de la guerra, y una ley para controlar las infraestructuras gasísticas en caso de una crisis de suministro. 
El imperialismo, inmerso en una grave crisis económica, no quiere que el conflicto se alargue y alimente una recesión. Se prepara el terreno para la negociación, paz por territorios. Primero Henry Kissinger, en el Foro de Davos, afirmó que había que evitar “humillar a Rusia” para no provocar una mayor desestabilización. Más tarde, Macron repitió la misma frase, lo que provocó una respuesta airada de Zelensky, que rechazaba la entrega de territorios. Pero la discusión ya está en la mesa. 

Mantener la solidaridad con la izquierda política y sindical ucraniana

Impulsamos la solidaridad internacional contra la invasión rusa en la defensa del pueblo ucraniano, por su derecho a armarse, desde una posición independiente de Zelensky y contra la OTAN. Una solidaridad que se extiende a los represaliados rusos y bielorrusos que exigen el fin de la guerra.

Esta posición nos enfrenta con el “neoestalinismo”, que sigue buscando bloques antiimperialistas, en este caso a Rusia, como un sector progresivo al que apoyar. Ya lo vimos en Siria. Pero no hay nada de progresivo en el régimen capitalista imperialista de Putin que reprime, explota, persigue a las minorías, discrimina a las mujeres y LGBTI y entra en disputa con el imperialismo para perpetuarse en el poder.  

La activista siria Leyla al Shami, autora de El antiimperialismo de los imbéciles, lo describió así en 2018: “El hecho de que una cierta izquierda pueda considerar al Estado ruso como antiimperialista ilustra una desconexión de la realidad y una actitud política reaccionaria en la que los Estados en competencia por el poder serían el centro del conflicto, ignorando las luchas de los pueblos contra los regímenes represivos”. La misma autora dijo al inicio de la invasión de Ucrania: “Los sirios comprenden mejor que nadie el trauma que viven los ucranianos. Y hay rabia, porque los años de normalización con el régimen ruso –en Siria, en Georgia, en Chechenia o en la República Centroafricana – le han animado a cometer estos actos con un sentimiento de impunidad”.

Nuestro apoyo va dirigido a la juventud antiautoritaria de la Campaña Solidaridad que enfrentó la represión del Estado y la violencia de la extrema derecha. Va a los activistas del Movimiento Social Ucraniano que batallan por construir un partido por el socialismo. Va a los sindicatos combativos, como los de los mineros o los ferroviarios, que participan de la primera línea del frente sin dejar de enfrentar la política del gobierno. Y ese apoyo es político y material, por lo que estamos preparando un segundo envío en las próximas semanas. 



Escribe Unidad Internacional de Trabajadoras y Trabajadores – Cuarta Internacional

Salma al Shehab tiene dos hijos, es odontóloga y preparaba su doctorado sobre salud bucal en la ciudad de Leeds, en el Reino Unido, hasta el 15 de enero de 2021, cuando fue arrestada al viajar a su país para pasar las vacaciones con la familia. Se la detuvo y luego condenó a 34 años de cárcel por publicar tweets en defensa de los derechos de las mujeres.

Estuvo detenida varios meses, durante los cuales sufrió maltratos y no se le permitió contratar a un abogado antes de ser juzgada por un tribunal especializado en delitos de terrorismo que la condenó inicialmente a seis años de cárcel.

Pero el 9 de agosto, el Tribunal Penal Especializado de Apelación en la revisión de la causa, emitió una sentencia de 34 años con cargos como “desestabilizar la seguridad de la sociedad y del Estado”, “propagar la sedición”, “proporcionar ayuda a quienes buscan perturbar el orden público” o “difundir rumores falsos y maliciosos en Twitter”. El Tribunal le agregó una prohibición de viajar al extranjero por otros 34 años cuando deje la prisión.

Amnesty International, el Centro del Golfo para los Derechos Humanos y varias organizaciones más de derechos humanos salieron a denunciar la situación y lanzaron pedidos de anulación de la sentencia junto a la libertad de Salma al Shehab. La condena impuesta representa una alarmante escalada del uso de la ley antiterrorista de Arabia Saudita para criminalizar y restringir indebidamente el derecho a la libertad de expresión. La ultrareaccionaria monarquía saudí a la vez, busca intimidar a las mujeres y disidencias que en el marco de la cuarta ola feminista, vienen peleando por la igualdad de derechos.

Desde la Unidad Internacional de Trabajadoras y Trabajadores- Cuarta Internacional (UIT-CI) repudiamos esta condena y llamamos a la más amplia solidaridad internacional para exigir la inmediata libertad de Selma al Shehab. Nos solidarizamos con todas las mujeres saudíes en su lucha contra la opresión patriarcal y en la pelea por conquistar la igualdad de derechos.

 

Unidad Internacional de Trabajadoras y Trabajadores- Cuarta Internacional (UIT-CI)
22 de agosto de 2022

 

Una nueva edición con temas de la actualidad mundial

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Presentación

Esta nueva edición de Correspondencia Internacional está dedicada al agravamiento de la crisis global del sistema capitalista-imperialista que ha provocado la invasión de Putin y Rusia a Ucrania.

Y a sus consecuencias nefastas sobre las masas con aumento de los precios de la energía, de los alimentos, aumento de la desigualdad social o más gastos en armamentos. Todo esto está produciendo una nueva y vertiginosa caída del nivel de vida de los pueblos del mundo.

Otra expresión de la profundización de la crisis es la ola extrema de calor de Europa que muestra los avances de la destrucción ambiental capitalista. Ya se han quemado más de 500 mil hectáreas de bosques (ver página 33). El río Po, el mayor de Italia, se seca por la falta de lluvias y de nevadas en el invierno. Italia está experimentando la peor sequía en 70 años También la guerra en Ucrania afecta el cambio climático. Alemania y Austria, por ejemplo ampliarán la producción de carbón, aumentando de paso la generación de CO2, por los cortes de suministro de gas por parte de Rusia.

El hambre no deja de crecer. A esto hay que sumarle la crisis migratoria por guerras y hambre. Pero los pueblos del mundo están respondiendo a esta contraofensiva capitalista con huelgas obreras y rebeliones populares como se han dado, por ejemplo, en Sri Lanka, en Ecuador, Panamá o las huelgas obreras en Europa. Dedicamos en esta nueva edición, espacio a estas luchas y rebeliones. Como también a la resistencia del pueblo ucraniano contra la invasión criminal de Putin; y a la lucha de las mujeres de los Estados Unidos y del mundo por el derecho al aborto.

Desde estas páginas impulsamos y apoyamos esas rebeliones y luchas de los pueblos en el mundo para “Que la crisis no la paguen las y los trabajadores. Que la paguen los capitalistas”.

Frente a la embajada de Israel el diputado Juan Carlos Giordano, quien encabezó una delegación de Izquierda Socialista, junto a Norita Cortiñas (Madres Línea Fundadora), participaron en la actividad del Comité Argentino de Solidaridad con el Pueblo Palestino.

 

Escribe Miguel Lamas, dirigente de la UIT-CI

En las últimas semanas se agudizó este conflicto con la visita a Taiwán de Nancy Pelosi, la presidenta de la Cámara de Representantes (Diputados) de los Estados Unidos, así como por las posteriores maniobras militares chinas como “represalia” a dicha visita.

Aunque este conflicto tiene su origen histórico hace más de 70 años, se agudizó en el marco de la creciente crisis económica, política y desorden mundial capitalista. Estados Unidos, aunque sigue siendo la principal potencia imperialista mundial, ya no puede imponer su orden hegemónico en muchas regiones del mundo. Rusia, un imperialismo menor, se atreve a invadir a Ucrania, pese a la oposición de Estados Unidos. China, como segunda potencia capitalista-imperialista mundial, viene declarando en los últimos tiempos que quiere reincorporar a Taiwán al que considera parte del territorio chino.

El avance de la crisis económica capitalista mundial es el marco para no descartar que los roces interimperialistas abran paso a un nuevo choque armado o una guerra en el Asia que traería más desastres humanitarios y sociales para las y los trabajadores y sectores explotados de China, Taiwán y del mundo.

¿Cómo surge Taiwán?

Desde la década del treinta China fue ocupada en sus zonas económicamente más importantes por el imperialismo japonés. La ocupación japonesa tuvo una gran resistencia popular durante 8 años, con 14 millones de muertos de China. Finalmente en septiembre de 1945, en el marco de la segunda guerra mundial, Japón es derrotado y tuvo que retirarse de China.

La retirada de Japón de China llevó al país a una nueva guerra civil entre el partido burgués Kuomintang, dirigido por el dictador Chiang Kai Shek, quien pretendía retomar el gobierno del país, luego de haber estado en el poder desde 1928. Su objetivo era aplastar a la guerrilla popular- campesina que había enfrentado a los japoneses, dirigida por Mao Tse Tung y el Partido Comunista Chino (PCCH), la cual ocupaba las tierras de los terratenientes explotadores de los campesinos, en una gigantesca revolución agraria. Esta guerra civil culminó en 1949 con el triunfo de la revolución China, tomando el poder el Partido Comunista Chino. Chiang Kai Shek escapó con gran parte de la burguesía y terratenientes chinos a la isla de Taiwán, que en ese momento era parte del territorio de China, contando con el apoyo económico y militar del imperialismo yanqui. Desde allí Chiang Kai Shek proclamó la “República China” como un bastión anticomunista y pronorteamericano. Desde entonces el gobierno de Taiwán fue protegido por Estados Unidos, el cual hasta 1972 lo consideró el gobierno “legítimo” de toda China.

Los acuerdos de Mao y Nixon

En 1972 el presidente yanqui Richard Nixon, asesorado por Henry Kissinger, cambia radicalmente la política yanqui, viaja a China y pacta con Mao. Uno de los puntos del acuerdo fue reconocer al gobierno de Mao y el Partido Comunista, y que había “una sola China”. Producto de ese acuerdo, que en realidad ya se había concretado un año antes, se le otorga a la República Popular China un puesto entre los 5 miembros con poder de veto del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidad (los otros eran la URSS, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia). Antes ese asiento de privilegio lo ocupaba la “República de China”, es decir Taiwán.

Se inicia así una nueva etapa en las relaciones EE.UU.-China que se profundizará en 1979, ya fallecido Mao, con los acuerdos con Deng Xiaoping, que iniciaría el proceso de semicolonización del país, acordando la entrada de las multinacionales en China, proceso que culmina con la restauración capitalista en 1992.

Este pacto con el imperialismo yanky llevaría a que los Estados Unidos, hasta el día de hoy, solo reconociera como legítimo gobierno de toda China al régimen del PCCh, el cual proclamó en ese entonces el lema “un país, dos sistemas”. Se pactaba también con el imperialismo mundial la entrega de Hong Kong (1997), que era colonia inglesa, y de Macao (2001), excolonia portuguesa. Dejando abierta una futura integración de Taiwán a la China continental, cuestión que quedó pendiente sin ningún acuerdo concreto.

En la actualidad solo 16 países reconocen diplomáticamente a Taiwán. Salvo el Vaticano (el único de Europa) son países de poco peso económico y político. Del continente americano (Paraguay, Honduras, Belice, Guatemala, Haití, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía y San Vicente y las Granadinas); uno del africano (Suazilandia); y algunos de Oceanía como Tuvalu, Palaos, Nauru, Kiribati, Islas Salomón e Islas Marshall.

Taiwán uno de los “Tigres asiáticos”

Taiwán es una isla de 36.197 km2, con un poco más de 23 millones de habitantes. Es uno de los llamados “tigres asiáticos”, uno de los polos del desarrollo capitalista asiático reciente. Taiwán, junto con Corea del Sur, Singapur y Hong Kong, esta última hoy una Región Administrativa Especial de China, crecieron industrialmente desde los años 60-70, con la reorientación de la inversión de las multinacionales en la búsqueda de mayores cuotas de ganancias, en base a la superexplotación de la mano de obra barata que ofrecían estas semicolonias asiáticas. Comenzó así una producción de la industria manufacturera para la exportación hacia el mercado mundial.

Luego a ese proceso se sumaría la China capitalista. El país se abre desde entonces a la inversión imperialista yanqui, europea y japonesa. Hoy hay 70.000 empresas imperialistas que fabrican de todo con mano de obra barata y sin derechos sindicales de los chinos, bajo la dictadura del Partido Comunista.

Paralelamente Taiwán se fue transformando en el mayor exportador mundial de semiconductores o microchips, y el tercero en circuitos integrados. Con una alta concentración económica, ya que fabrica los productos electrónicos más sofisticados.

Su producto interno per cápita es de 28.400 dólares, similar al de Corea del Sur (el triple de Argentina y 4 veces el de Brasil). Este desarrollo está basado, como en todo el capitalismo asiático, en inversión extranjera, una alta explotación laboral, con mano de obra calificada y relativamente barata en relación a Europa y Estados Unidos. Un país con bajo consumo interno y cuya economía está dedicada fundamentalmente a la exportación de los productos electrónicos.

El principal país de intercambio comercial de Taiwán es China, a la cual van un tercio de sus exportaciones totales. ¡En el 2021 exportó a China 188.000 millones de dólares! China y Taiwán tienen un tratado de libre comercio desde el 2010. Se estima que empresas de Taiwán tienen inversiones por 150.000 millones de dólares sólo en la República Popular China y también inversiones importantes en otros países asiáticos como Vietnam, Indonesia, Birmania, Tailandia, India, donde tienen mano de obra mucho más barata que en Taiwán.

Esta expansión es encabezada por la empresa TSMC, que produce el 84% de los chips avanzados del mundo y es considerada la vigésima segunda empresa más valiosa del mundo por la revista Fortune (Datos Clarín, Argentina, 4/8/2022).

Los peligros de la carrera armamentista entre China-Estados Unidos y Taiwán

¿Por qué se reactiva ahora el conflicto? Muchos comentaristas burgueses se preguntan ¿Por qué hizo el viaje Nancy Pelosi a Taiwán, cuestionado duramente por el gobierno de China, en medio de la invasión a Ucrania, incluso, el propio alto mando militar norteamericano lo desaconsejaba? Como señalamos, el marco es la agudización de la crisis económica capitalista mundial, incentivada con la invasión de Rusia y Putin a Ucrania.

Todo indica que ni el imperialismo norteamericano ni el chino quieren verse involucrados en una guerra. Los principales oponentes son las multinacionales y la gran burguesía china, taiwanesa y norteamericana. Dada la interrelación que tienen en sus inversiones y cuotas de explotación y ganancias tanto en China como en Taiwán.

El régimen dictatorial chino es consciente de que una guerra en el estrecho de Taiwán podría tener consecuencias muy graves sobre su propia economía, siendo uno de los países más integrados al mercado mundial, gran exportador e importador.

En Taiwán hay divisiones en la misma burguesía taiwanesa. Insólitamente el viejo Koumintang (KMT), hoy en la oposición al gobierno liberal burgués, lleva años con una política de conciliación con el régimen del PCCh. Al punto que en medio de la actual crisis, un representante del KMT viajaba a China para reunirse con empresarios.

El presidente Lee Teng-hui, conocido como el «padre de la democracia» en Taiwán, lideró los cambios constitucionales que llevaron a la apertura política democrática-burguesa y que desembocaron en la elección del primer presidente no ligado al KMT, Chen Shui-bian, en el año 2000.Desde entonces los gobiernos liberales amenazan con declarar la independencia. Cosa que formalmente nunca la burguesía taiwanesa ha hecho.

Los elementos de cierto descontrol en la situación regional tienen que ver con la crisis económica y política que sufren tanto el gobierno de Biden como el régimen chino.

La economía china ya no crece a dos dígitos, retrocede la inversión extranjera, crecen las protestas de los ahorristas por bancos que no les devuelven sus ahorros, y la caída del consumo mundial la va afectar.

La dictadura del Partido Comunista chino (PCCH) viene levantando el objetivo de recuperar Taiwán como agitación interna “popular nacionalista”, frente a la crisis latente económica y social y como arma de chantaje para negociaciones con Estados Unidos. Xi Jinping busca consolidarse en el poder del PCCh, cuando está próxima la reunión del XX Congreso que tendría que resolver que Xi Jinping tenga un tercer mandato.

Por otro lado, la ida de Nancy Pelosi a Taiwán solo se puede explicar por las dificultades internas que está teniendo el gobierno demócrata de Biden. Desgastado por la inflación, la solución de los problemas sociales, la inmigración y los gastos por la guerra de Ucrania. Cuando están próximas las elecciones legislativas de noviembre que pueden debilitar al gobierno si tiene un retroceso electoral a manos de los republicanos. Eso ha llevado a que Biden quiera mostrarse como un “duro” ante China y en “defensa de Taiwán” ante la base electoral conservadora y reaccionaria de una parte importante del electorado popular norteamericano.

Tanto Biden como Xi Jinping juegan con fuego como expresión de la crisis global del sistema capitalista-imperialista. Lo que deriva en un peligroso aumento de los roces interimperialistas y de la carrera armamentística y lleva al peligro de una posibilidad de guerra regional que repudiamos.

Taiwán: un país capitalista artificial sostenido por el imperialismo yanqui

Taiwán está sostenido por el imperialismo norteamericano desde su artificial creación a manos del genocida Chaing Kai Shek en 1949. Desde entonces tienen estrechas relaciones políticas, militares y económicas, sosteniéndolo como un bastión contrarrevolucionario en Asia.

Por eso Taiwán es un país capitalista artificial, que siempre ha sido una semicolonia yanky con fuertes elementos de enclave político y militar.

Pese al pacto de los imperialismos yanqui, japonés y europeo con China y la dictadura del PCCh, Estados Unidos no dejó de proteger a Taiwán, pero en una posición subordinada a los acuerdos con China. Por eso Taiwán también es hoy un socio comercial e inversor en China.

Taiwán debería ser parte de la nación China. Desde 1972 hasta el mismo Estados Unidos y la ONU formalmente lo reconocen. Por eso está tan aislada Taiwán que solo 16 países menores la reconocen.

Como socialistas revolucionarios reconocemos ese derecho y está pendiente esa tarea nacional no resuelta. Pero lo que no aceptamos es que eso se resuelva bajo la política de la dictadura capitalista de China y menos con una invasión o una guerra regional.

También repudiamos la histórica presencia de los Estados Unidos y su política en Taiwán y en toda el Asia, donde tiene 200 bases militares instaladas luego de la segunda Guerra Mundial. Solo en Japón tiene 112 bases, 83 en Corea del Sur y 5 en Filipinas. El portaviones norteamericano Ronald Regan, por ejemplo, está instalado en forma permanente en una base japonesa y es el apoyo de todos los movimientos de vigilancia en el Pacifico y los mares de Asia.

Estamos por la inmediata retirada yanqui de todas sus tropas y bases militares en Taiwán y Asia, ya que no es para defender a los pueblos sino a sus intereses empresariales e imperialistas y para actuar como el gendarme policial de la región y del mundo.

Al mismo tiempo repudiamos a la dictadura imperialista china que superexplota al pueblo trabajador chino, y es resistida, por ejemplo, por el pueblo de Hong Kong (ex colonia británica que hoy es parte de China). China años atrás ejecutó agresiones militares fronterizas contra Vietnam, y oprime a los pueblos de Sing Kiang y Tibet como colonias internas. El imperialismo chino también era uno de los apoyos principales para el corrupto régimen de Sri Lanka contra el que se rebeló su pueblo.

Por eso estamos contra cualquier ataque militar a Taiwán que sería solo en defensa de los negocios de la burguesía imperialista china. Así también repudiamos la presencia militar y política imperialista en Taiwán y en Asia, lo cual contribuye a incentivar una intervención militar del imperialismo yanqui.

Una verdadera reunificación de los pueblos de China y Taiwán, que sirva a las necesidades de las y los trabajadores y sectores populares, vendrá de un cambio socialista, en primer lugar en China y también en Taiwán. Por eso desde la Unidad Internacional de Trabajadoras y Trabajadores-Cuarta Internacional (UIT-CI) apoyamos las luchas obreras, populares y campesinas en la perspectiva de terminar con la dictadura capitalista de China para lograr un gobierno de la clase trabajadora, los campesinos y los sectores explotados que termine con la explotación capitalista y retome la construcción de un verdadero socialismo con democracia para el pueblo trabajador. De la misma manera apoyamos las luchas obreras y populares en Taiwán en la perspectiva de lograr un gobierno obrero y popular.

12 de agosto de 2022

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