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Mercedes Petit

1956: XX Congreso del PCUS

Kruschev critica a Stalin

El célebre informe “secreto” de Nikita Kruschev condenó los “errores” y el “culto a la personalidad” del fallecido Stalin. Expresaba las luchas internas dentro del aparato burocrático soviético y la crisis que comenzaba a provocarle el ascenso de masas en la Unión Soviética y mundial. La “desestalinización” no modificó la política de pactos con el imperialismo y la burguesía para impedir que los obreros tomaran el poder en otros países, ni la opresión y los desastres económicos en la URSS y Europa del Este.

Nikita Kruschev, 1961.

Nikita Kruschev, 1961.

En la noche del 24 al 25 de febrero de 1956, en una reunión sin invitados, los delegados al XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), escucharon sorprendidos el informe “secreto”. Poco después, se conoció en todo el mundo por una versión en inglés difundida por el Departamento de Estado de los EE.UU. desde Washington.

Stalinismo sin Stalin

Cuando murió el “padrecito” Stalin en 1953, ya el ascenso de masas en la Unión Soviética y otros países de Europa del Este venía provocando una crisis creciente en la cúpula del PCUS (ver recuadro), y en el aparato mundial de la burocracia estalinista. La sucesión abrió una lucha interna entre distintos sectores, que culminó con el triunfo del ala de Kruschev, quien asumió como secretario general.

En el informe al XX Congreso se condenó a Stalin como responsable de las décadas de feroz represión, los desastres que pusieron a la URSS al borde de la derrota ante la invasión nazi, y otros problemas. Hubo golpes de efecto muy grandes, como la reaparición del testamento de Lenin (ocultado por toda la cúpula burocrática desde su muerte en 1924), donde éste criticaba muy duramente a Stalin y hablaba bien de Trotsky.

El sector kruschevista pudo consolidarse y poner fin a las convulsiones que durante tres años sacudieron a la cúpula soviética. Todos cerraron filas y condenaron a Stalin, que después de muerto, se transformó en un chivo expiatorio -su figura, no su política ni los crímenes de la burocracia que él encarnaba y de las cuales Kruschev también era parte-. De todos modos, la presión del descontento de las masas soviéticas hizo que fueran quedando atrás los aspectos más atroces de la represión estalinista, como las deportaciones masivas, los fusilamientos indiscriminados y los campos de concentración y trabajos forzados en Siberia y otras regiones. La oposición antiburocrática siguió siendo perseguida, se siguió enviando a los opositores a los hospitales psiquiátricos, pero se fueron conquistando ciertos resquicios de legalidad antes inexistentes. Nada pudo frenar el descontento de los trabajadores soviéticos y la crisis inexorable de los burócratas.

Ninguna rectificación política

En el informe casi no hubo referencias a temas políticos y del momento. Hubo promesas de regreso al “marxismo-leninismo”, de combate a los “criterios erróneos” que dieron lugar al culto a la personalidad, de restauración de la “democracia soviético- socialista”. Pero la cúpula del PCUS al mismo tiempo estaba dando continuidad a la política tradicional de Stalin del “socialismo en un solo país” y de coexistencia pacífica con el imperialismo, y a sus métodos dictatoriales y monolíticos. Ni un solo renglón del informe permitía alentar ninguna esperanza de que la burocracia modificara su rumbo contrarrevolucionario dentro y fuera de la URSS.

Esto se vio confirmado con toda claridad nueve meses después del informe. Ante la insurrección de los trabajadores húngaros contra la dictadura del Partido Comunista de ese país y la opresión de Moscú, Kruschev, en la mejor tradición de Stalin, envió al Ejército Rojo a aplastarlos.


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