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Tito Mainer

12/10/1812: hace 200 años fallecía Juan José Castelli

Un hombre clave de la Revolución

Castelli fue uno de los pioneros en la lucha independentista. Lamentablemente, su aporte resultó breve: un cáncer lo consumió y murió a los 48 años en octubre de 1812, cuando se creaba la Sociedad Patriótica que recogía su herencia y la de Mariano Moreno.

Fusilamiento del Virrey Liniers ordenado por Mariano Moreno y ejecutado bajo las órdenes de Castelli

Fusilamiento del Virrey Liniers ordenado por Mariano Moreno y ejecutado bajo las órdenes de Castelli

Nacido en 1764, abogado con estudios en Córdoba y Chuquisaca, era ya un hombre formado y con trayectoria pública cuando estalla la revolución de 1810.

Uno de los primeros “patriotas”

Su febril actividad iniciada en las logias secretas que se reunían desde 1805, ubicaron a Castelli en el grupo de intelectuales revolucionarios -junto a su primo Manuel Belgrano- quien exploró posibilidades que abrieran un camino hacia la independencia. Finalmente, durante los sucesos que desembocaron en la Revolución de Mayo, exhibió una elocuencia especial para expresar sus puntos de vista. Esto no era casual: Castelli, junto con Mariano Moreno, era uno de los pocos que conocía en profundidad los ideales de libertad e igualdad emanados del Contrato social de Jean-Jacques Rousseau, teórico de las ideas burguesas republicanas y antimonárquicas.

Su visión de que “solo el Pueblo es el origen de toda autoridad” le confería una solidez teórica que lo hizo sobresalir de tal modo en las reuniones, a punto tal que se ganó el mote de “el orador de Mayo” y quedó así inscripto en la historia como el más intransigente partidario de un cambio de gobierno. Si hay en esto alguna nota de exageración -la revolución constituyó un frente único de sectores burgueses y plebeyos porteños precipitados por lo hechos a hacerse del poder- puede sí asegurarse que junto con los ya mencionados Moreno y Belgrano, y Vieytes, los Rodríguez Peña, French, Paso, Beruti y algunos otros, fue un animador decisivo en los días clave. Su protagonismo creció aún más en los dos años siguientes cuando tuvo las principales responsabilidades en la lucha política y militar con la contrarrevolución. Está claro que su personalidad era la de un hombre en extremo apasionado y de decisiones firmes.

El “jacobino”

Su actuación en los dos primeros años de la revolución lo exhiben tan leal con los amigos como implacable con los enemigos, por lo que recibió el calificativo de “jacobino”, en referencia al ala más radical y revolucionaria de la Revolución Francesa de 1789-93.

Poco después de instalada la Primera Junta de la que Castelli fue vocal, en Córdoba, el ex Virrey Liniers encabezó la contrarrevolución realista que desafió al naciente gobierno criollo. “Vaya usted y espero que no incursione en la misma debilidad que nuestro general [Ortiz de Ocampo]... iré yo mismo si es necesario”. Palabras más o menos, se asegura que así fue como Moreno envió a Castelli a poner fin con el alzamiento y con la orden de ejecutar al ex virrey Liniers que, aún capturado, no había sido fusilado ni siquiera por el propio Vieytes, del mismo núcleo político revolucionario. El prestigio de Liniers, héroe en las invasiones inglesas, era grande y la decisión, difícil. Castelli -acompañado por Balcarce- garantizó que la orden de la Junta se cumpliera a fines de agosto de 1810.

No fue la única vez que mostró una gran firmeza en sus determinaciones. Al mando del Ejército del Norte ocupa la zona de Potosí (Alto Perú, actual Bolivia) y disuelve los tercios de milicias locales que habían servido a los españolistas y hace cumplir la instrucción de que todos los cargos de importancia sean cubiertos por criollos y de “no quede un solo europeo, militar o paisano, que haya tomado las armas contra la capital”. Se trataba de quebrar la alianza entre la elite criolla y española en una sociedad fuertemente marcada por el régimen de castas que separaba blancos de indios, mestizos y negros. Así, Castelli impuso un “castigo ejemplar” contra los principales jefes realistas allí donde, en 1809, se había reprimido a sangre y fuego uno de los primeros alzamientos criollos por instalar Juntas en América. El 14 de diciembre de 1810 Castelli sentenció a muerte a los principales jefes: Nieto, Sanz y Córdoba fueron fusilados. Goyeneche, el obispo de La Paz y otros condenados lograron huir al Perú. Siempre siguiendo disposiciones de la Junta -aún estaba Moreno-, Castelli dispuso también el destierro de más de 50 “notables”, tanto españoles como criollos.

Descripto como “responsable, tenaz, enérgico e indeclinable en sus resoluciones” Castelli se destacó entre sus pares porque, además de promover un cambio de régimen, de monárquico a republicano (o a una monarquía “a la inglesa”, esto es, constitucional), supo hablar también de “revolución social”, en términos roussonianos, como Moreno, que escribió sus páginas más radicalizadas llamando a dar forma a una “nueva constitución del Estado”. Ambos, por lo tanto, fueron los precursores locales de una “nueva democracia” acuñada por los pensadores más avanzado de la burguesía de la época, cuando el término apenas se mencionaba en la literatura política y no había más que un país en el mundo, los Estados Unidos, organizado de ese modo. Compartió con Moreno otro punto de acuerdo básico: la política de integración hacia los pueblos autóctonos, en particular en el Alto Perú, donde la población aborigen era amplia mayoría y sus condiciones de explotación, terribles (ver recuadro)

Muerte y legado político

La primera ola de movilización militar para “extender la revolución” logró ser contenida por los monárquicos, que tuvieron triunfos decisivos y lograron mantener el dominio en el Alto Perú e, incluso, avanzar, hasta que fueron frenados por los patriotas en la batalla de Tucumán, en septiembre de 1812. Entretanto, en el gobierno central comenzaron a primar posiciones conservadoras que fueron enfrentadas por los herederos del morenismo, encarnados en Bernardo de Monteagudo que funda la Sociedad Patriótica y escribe páginas memorables por su espíritu combativo en el periódico Mártir o Libre. Entretanto, Castelli, derrotado en junio de 1812 en Huaqui, fue juzgado por su conducta militar -su defensa estuvo a cargo de otro “jacobino”, Monteagudo- pero, enfermo de cáncer en la lengua, falleció mientras se instruía la causa, de la que, después de su muerte, fue sobreseído. La Sociedad Patriótica sumará sus fuerzas con las de San Martín y Alvear, que regresan al país, para fundar la Logia Lautaro. Se retomará así el camino libertario señalado por Castelli con la concreción de la Asamblea del Año XIII, y los ejércitos que tomarán Montevideo en 1814 y cruzarán a Chile tres años después.

No adherimos a la idea simplista -y muy en boga por los historiadores mediáticos- de que la historia se divide en “buenos” y “malos” o en “héroes” y “villanos”. La explicación de los fenómenos y procesos históricos es siempre producto de una serie de acontecimientos y combinaciones. Pero en ellos hay lugar para el papel decisivo de ciertos protagonistas, el llamado “rol de la gran personalidad”. Sin duda, en aquel primer tramo revolucionario en el Cono Sur de América, la figura de Juan José Castelli emerge, junto a las de Moreno y Belgrano primero, y las de Artigas, O’Higgins, San Martín, Güemes y la pareja de Azurduy y Padilla después, como una de las más destacadas de la región.


Proclama de los pueblos del Perú

Juan Jose Castelli

Ciudadanos compatriotas:

Al fin ha llegado la época suspirada en que los infaustos opresores de la Patria vacilan, tiemblan y se estremecen sin poder ya reanimar su moribundo despotismo, ni sostener por más tiempo el cetro de bronce que por tantos siglos ha hecho gemir al nuevo Mundo sin más desahogo que el sufrimiento, ni más recursos que el de un tímido silencio. El grito de la naturaleza y el clamor de la razón han sofocado ya la débil y amenazadora voz de los tiranos. [...]

Ser libres y proteger a todos los Pueblos que quieran serlo: he aquí el fondo de todos los planes y proyectos [de la Junta de Buenos Aires]. El único tributo que exige en recompensa de sus auxilios es la unidad, la fraternidad y la uniformidad de ideas y sentimientos. Y si los de ese Virreinato anhelan recuperar el precioso don de la libertad y lo consiguen con nuestros esfuerzos, nunca me creeré con derecho a más de lo que he dicho: lo juro por lo más sagrado, y lo protesto como funcionario público. [...]

Por eso me siento obligado a conjurar a esas provincias para que en uso de sus naturales derechos expongan su voluntad y decidan libremente el partido que toman en este asunto que tanto interesa a todo americano.

Juan José Castelli
Mayo de 1811


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