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José Castillo

A 150 años de la Contribución a la Crítica de la Economía Política

¿Sigue vigente el marxismo?

Se cumple un siglo y medio de la publicación de una obra que puede ser considerada como un anticipo de El Capital, el monumental texto marxista. En el prólogo, Marx va a sintetizar, en una de sus páginas más brillantes, lo que el llamó “el resultado general” de sus investigaciones. Le seguirán 150 años, donde innumerables tergiversaciones e intentos de mellarle el filo revolucionario al marxismo, buscaron apoyarse y, en definitiva, se estrellaron contra el extraordinario texto de Marx

Karl Marx: su figura se agiganta ante la crisis capitalista mundial

Karl Marx: su figura se agiganta ante la crisis capitalista mundial

A comienzos de 1859 Marx envía finalmente a la imprenta su Contribución a la Crítica de la Economía Política. Parecían terminar ocho largos años de investigaciones minuciosas en la Biblioteca del Museo Británico. Un trabajo monumental realizado en medio de las más indescriptibles miserias materiales, enfermedades físicas y dramas familiares.

La Contribución de 1859 no será todavía el libro definitivo. Es más: para muchos de sus amigos resultará un texto oscuro, difícil de entender y donde todavía no están las grandes explicaciones sobre la dinámica del capitalismo y la explotación de los trabajadores. Sí contendrá, en cambio, una primera versión de lo que luego serán los tres primeros capítulos de El Capital, que terminará apareciendo en 1867.

Pero lo más interesante no será, contradictoriamente, el conjunto del texto, sino su prólogo. Si alguien nos preguntara sobre la existencia de un “resumen” del marxismo que entre en un párrafo, no dudaríamos en responder que ello existe, y que fue escrito por el propio Marx en 1859.

En la producción social de su existencia, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se eleva una superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre lo que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia…

La historia de la humanidad es, y ha sido siempre, la historia de sus condiciones materiales de existencia. Como el propio Marx ya había afirmado en un texto anterior (La Ideología Alemana), el ser humano antes de reflexionar sobre religión, filosofía, arte o ciencia, tiene que resolver qué comerá esta noche, cómo se vestirá y dónde dormirá: sus condiciones materiales de existencia. El desarrollo de las fuerzas productivas ha sido entonces la tarea central, luchando por apropiarse de la naturaleza, dominarla, tratar de sacarle más y más frutos, inventando para ello herramientas, técnicas y tecnologías. Pero los seres humanos no nos relacionamos “individualmente con la naturaleza”. Somos, como ya antes había dicho Aristóteles, y Marx reivindicado, “animales sociales”. Nos relacionamos con los otros seres humanos, entre otras cosas, para producir. Y el drama de la historia de nuestra especie es que, salvo el período del comunismo primitivo, esas relaciones son de opresión o explotación: las relaciones sociales entre los seres humanos son, en realidad, las de una clase social que explota a otra. “La historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases”, dirá Marx en el Manifiesto Comunista, otro de sus textos clásicos. Y esa lucha irreconciliable, a muerte, contra la miseria y la explotación, es lo central para entender todos los conflictos políticos que cruzan a la humanidad. Hoy, en nuestra sociedad capitalista, es la lucha entre la clase trabajadora y los patrones.

Son 150 años de miles de “teóricos”, sacerdotes, filósofos y políticos tratando de esconder esto. Hablando de “el bien común de las sociedades”, de la “conciliación de los intereses entre el capital y el trabajo”, de que “si le va bien al patrón le va bien al obrero”. ¡Mentira!, parece gritarnos Marx desde sus páginas.

El marxismo en el siglo XXI

Pasaron 150 años desde la publicación del prólogo. La “revolución social” dejó de ser una hipótesis y se hizo realidad. Vimos revoluciones triunfantes y expropiación de la burguesía en Rusia primero, y en muchos otros lugares después, como China, Cuba o Vietnam. Pero el socialismo, que Marx siempre había pensado como un modo de producción a escala mundial, no llegó a reemplazar al capitalismo. Peor aún: con el estalinismo lo vimos burocratizarse, transformarse en terribles dictaduras contra la propia clase obrera, negarse a extender internacionalmente la revolución y, finalmente, cerrar el ciclo transformándose en los propios agentes de la restauración capitalista.

¿Fracasó el marxismo, como nos lo repite la propaganda capitalista, y tantos “expertos” del negocio académico del “posmarxismo”? ¿Ya no son necesarias la revolución social y el programa de la expropiación del capital, bastando con “redistribuir la riqueza” conviviendo con los capitalistas, como nos explican los teóricos del “socialismo del siglo XXI”?

El marxismo no es una iglesia, ni Marx un sumo sacerdote. Seguramente se equivocó en muchas afirmaciones, como creer en la inminencia de la revolución obrera en el siglo XIX. Pero acertó en lo fundamental: el capitalismo no pudo resolver la miseria de las masas. Por el contrario, las profundizaría, hundiéndolas en el horror de la más absoluta pobreza en medio de los grandes avances tecnológicos y el despilfarro de los ricos.

Marx también tuvo razón cuando afirmó que no habría solución a esos problemas, ni camino posible al socialismo, sin revolución social, la toma del poder por la clase obrera y la expropiación de los capitalistas. Una vez más, como decía Marx en 1859: “…las fuerzas productivas que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa brindan, al mismo tiempo, las condiciones materiales para la solución de este antagonismo. Con esta formación social se cierra, por tanto, la prehistoria de la sociedad humana”. Leamos con cuidado: “Brindan las condiciones”, no se darán indefectible ni automáticamente. Como diría décadas después Nahuel Moreno, el fundador de nuestra corriente: “Yo no creo que sea inevitable el triunfo del socialismo. Entonces, lo indispensable es luchar, luchar con rabia para ver si triunfamos, porque podemos triunfar. No hay ningún dios que haya fijado que no podemos hacerlo”.


Marxismo y revisionismo

Así titulaba Lenin en 1908 un texto donde afirmaba que, tras varios años donde los empresarios, políticos patronales y la iglesia habían intentado infructuosamente silenciar al marxismo o “refutarlo”, se daba un nuevo peligro. El marxismo había adquirido prestigio y millones de trabajadores se organizaban en partidos y sindicatos que decían referenciarse en las enseñanzas de Marx. Pero ahora se trataba de socavar la esencia revolucionaria del marxismo desde adentro.

Marx había dicho en su texto del ´59: “…Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de estas fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Se abre así una época de revolución social”.

Muchos líderes de la socialdemocracia (porque a ellos se refería Lenin) que, obviamente, se decían socialistas, consideraban sin embargo una exageración que hiciera falta nada más y nada menos que ¡una revolución social! ¿Acaso no era posible alcanzar la sociedad ideal “paulatinamente” por medio de una serie de pacientes “reformas”?

Pero si la historia de la humanidad es la historia de la lucha entre las clases y no un simple cambio de opiniones sobre cuál es la supuesta “sociedad mejor”, ninguna clase económica explotadora y políticamente dominante cede su lugar sin dura resistencia. Ese era el abecé de la necesidad de la revolución social. Pero había algo más: el capitalismo ingresó al siglo XX comenzando su decadencia: la época imperialista. La propiedad privada burguesa y los estados nacionales, que habían sido el puntal del crecimiento material de la revolución industrial, eran ahora trabas para la continuidad del desarrollo de la humanidad. 1914 y los horrores de la guerra mundial, fueron la primera confirmación brutal de todo esto. Y volveríamos a escuchar esos debates varias veces en el siglo XX.


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