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Escribe:
Hernán Marquetich

El flagelo de la droga

¿Legalidad o despenalización?

Se ha reiniciado el debate alrededor de la despenalización de la droga. Una vez más se escuchan distintas voces a favor y en contra de esta medida.

Actualmente todo consumidor de drogas que sea detenido con dichas sustancias es considerado un delincuente, con penas que van de un mes a dos años de prisión. De estas causas se inician diez mil por año, pero la mayoría termina prescripta o con el acusado aceptando que es un adicto para que le permitan conmutar la pena por un tratamiento. Está a la vista que la política prohibicionista es un fracaso, porque no soluciona el problema, sólo lo criminaliza, de la misma manera que en su momento la “ley seca” en Estados Unidos no acabó con el consumo de alcohol, sino que además generó un gran negocio para las mafias; de la misma manera que ahora la comercialización de la droga lo es para los grandes grupos vinculados al narcotráfico.

Lo que no se escucha en el debate actual es que la adicción a las drogas (legales e ilegales) es un de las lacras que produce el sistema capitalista- imperialista, tanto desde el punto de vista del consumidor como desde el fabuloso negocio que mueve cientos de miles de millones de dólares por año. El grueso de las ganancias, más del 90 % se lo embolsan los grandes narcotraficantes y sus socios del mundo de las finanzas. Y el centro de esos peces gordos está en EE.UU (se estima que más de ocho mil millones de dólares provenientes sólo del tráfico de cocaína son blanqueados en bancos norteamericanos). Las vinculaciones del narcotráfico con otras actividades como el turismo, los negocios inmobiliarios, las empresas financieras fantasmas, entre otros son secretos a voces. Ni hablar de las relaciones con el poder político y judicial.

Los problemas actuales vinculados a la droga se acrecientan por su ilegalidad. La legalidad implica que el Estado toma el control del suministro y venta de ciertas sustancias, mientras que la despenalización se refiere a no condenar a quien consume sino a quien trafica. Si se legalizan, la producción y el mercado estarían sujetos a las regulaciones de los países consumidores y productores, se percibirían impuestos y obligaciones, los consumidores tendrían mucha mejor información sobre los productos y se ahorraría el alto costo económico, social y político de la prohibición y la represión. La legalización tendría que estar vinculada a que el Estado asuma el tratamiento de las adicciones como cuestión de salud pública. Esta medida sería una salida transitoria, ya que sólo una sociedad socialista podría erradicar de raíz estos males. En manos de un gobierno irresponsable y propatronal como el de Cristina Kirchner, una medida parcial de despenalización muy probablemente crearía más problemas que soluciones ante este flagelo social.

Estar por la legalización no significa estar de acuerdo o recomendar el consumo de marihuana o cocaína. Siendo legal o ilegal, no recomendamos a ningún trabajador, estudiante o intelectual que consuma drogas. De la misma manera que no recomendamos a nadie que consuma alcohol, tabaco o estimulantes. La legalización permitiría ubicar el tema de las drogas en su problemática y consecuencias humanas y sociales, separándolo de la represión y del suculento negocio que significa hoy para las grandes mafias y el imperialismo.


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