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Escribe:
José Castillo

Alimentos

Las rebajas mentirosas de Kirchner

En una maniobra claramente electoral, se acaba de “acordar”, a 15 días de las elecciones, que habrá una rebaja generalizada del valor de 400 productos, cuyos precios al público se reducirían un 5%. Firmaron el acuerdo las más importantes cadenas de supermercados y las firmas que concentran la producción de los principales artículos de consumo masivo. Pero nadie sabe qué productos son y no se sentirá ningún alivio en los bolsillos de los trabajadores

Volvieron “los acuerdos de precios”. Aunque esta vez no se sabe qué productos estarán incluidos, ni cuándo empezarán a regir. Y como pasó en otras ocasiones, ya empezaron a aparecer las zonas grises: desde Mastellone, que anuncia “no poder sumarse porque no le dan los costos”, hasta confusas declaraciones de los hipermercadistas que afirman que el acuerdo no es sobre un producto en particular sino sobre una serie y que, si el producto rebajado es muy demandado, podrá subir de precio y ser reemplazada la rebaja por otro artículo. Como ya podemos imaginarnos, nadie sabrá qué producto ha bajado de precio. Encima, por supuesto, el acuerdo es voluntario: “no queremos obligar a nadie”, dijo Kirchner. En síntesis, podemos apostar que difícilmente este “acuerdo” se materialice en alguna ventaja percibible en los bolsillos de la clase trabajadora.

No es la primera vez

Recordemos: en febrero de 2006 el gobierno y los supermercados acordaron mantener los precios de 351 productos, que incluían artículos de higiene y perfumería, alimentos, bebidas y artículos escolares. El fracaso fue total: hoy a más de un año y medio todos esos bienes, sin excepción, registran subas considerables. Si venimos más acá en el tiempo, podemos recordar el acuerdo sobre el precio del pescado, firmado antes de Semana Santa, para que la merluza no costara más de 10 y el calamar 3 pesos por kilo respectivamente. Hoy, en cualquier pescadería, esos productos se exhiben a valores de 17 y 5 pesos. O el más escandaloso, el “acuerdo sobre el pan”, por el cual se mantendría en 2,50 el kilo, cuando hoy se vende a 4 pesos. También podemos recordar el archipublicitado pacto sobre los precios de la carne, que abarcaba los 11 cortes de consumo popular: ¿alguien se acuerda que el asado no debía costar más de 6,50 el kilo? Hoy en las carnicerías se vende a no menos de 10. Y por último recordemos un caso parecido al actual del tomate, sucedido hace poco tiempo con la papa, cuyo precio también se había disparado: el gobierno destinó 30 millones para compensar a los vendedores para que el producto se estabilizara en 1,40 el kilo. Sin embargo hoy, la papa se vende a 4 pesos.

El problema de fondo

Venimos insistiendo en reiteradas ocasiones que el problema de la inflación no se resuelve escondiendo los números. Tomar el toro por las astas es comenzar por un diagnóstico de nuestra realidad económica: la Argentina tiene una concentración extrema de su producción en muy escasas manos. Si hacemos una estudio sector por sector vemos que una, dos, o a lo sumo tres grandes firmas, concentran la inmensa mayoría de los productos que se ofrecen en cada rubro. ¿Alguien tiene dudas que si sólo hay dos empresas controlando todo el mercado de aguas gaseosas lo más probable es que no sea “la oferta y la demanda” quien fije los precios, sino la decisión monopólica de esas firmas? Y lo mismo podemos decir de los lácteos, los artículos de limpieza e higiene personal, y una larga serie de rubros. Y también están monopolizadas las redes de comercialización: cada vez más un grupo reducido de grandes hipermercados concentran las bocas de expendio minoristas.

Frente a esta realidad, los acuerdos de precios son como usar balines para matar a un elefante. El propio gobierno reconoció que el boicot es más eficiente. Está claro que hacen falta medidas de fondo, como mostramos en estas páginas.


Propuestas para combatir la suba de precios

• Salarios y jubilaciones iguales a la canasta familiar, hoy calculada en $2.900. Ajuste mensual automático de acuerdo al aumento real del costo de vida.

• Eliminación del IVA a los productos de la canasta familiar, lo que permitiría la reducción inmediata de un 21% en el precio de esos bienes.

• Fijación de precios máximos a los productos de esa canasta, y establecimiento de un estricto control de precios supervisado por organizaciones de trabajadores y consumidores.

• Aplicación real de la Ley de Abastecimiento, que permite multar, clausurar, encarcelar e incluso expropiar a aquél que viole el control de precios, ya sea vendiendo en el mercado negro o provocando desabastecimiento.

• ¡Basta de índices de precios truchos! Terminar ya con la intervención en el INDEC, restableciendo en sus puestos a los técnicos desplazados y recalculando todos los indicadores desde el momento del comienzo de la intervención. Por un INDEC independiente de cualquier gobierno de turno, gestionado por sus trabajadores y técnicos.


¿Nuevo método yanqui de medición?

El gobierno ya no sabe qué inventar para seguir dibujando la inflación. Ahora, “a propuesta” del candidato a Vice de Cristina, el mendocino Cobos, varios de los funcionarios de la intervención del INDEC se fueron a pasear a Estados Unidos para “estudiar” cómo se calculan ahí los índices. Más allá de que para averiguar eso no hace falta ningún viaje, ya que se puede consultar todo por Internet, parece que ahora descubrieron que en el país del norte habría un indicador, llamado “core inflation” (inflación núcleo), que no toma en cuenta los alimentos ni ningún producto con variaciones estacionales. Por ejemplo, no hubiera medido el aumento del tomate. La excusa es que si un producto sufre fuertes modificaciones, probablemente el consumidor no lo adquiera, reemplazándolo por otro de características similares.

Eso de que “los bienes que suben se reemplazan por otros”, puede estar bien para las góndolas de los hipermercados del país del norte, pero difícilmente tenga algo que ver con la realidad de cualquier familia trabajadora de acá, desesperada porque los lácteos aumentan, y cualquier marca sustituta “misteriosamente” desaparece de la góndola: ¿Cómo hacer para reemplazar la carne, la leche o las verduras?. Ya son millones los que fueron obligados a comer sólo arroz y fideos, generando terribles carencias alimentarias en las embarazadas y niños recién nacidos. ¿O alguien cree que la suba astronómica del tomate no repercutió sobre los bolsillos porque, así simplemente, los consumidores pasaron a reemplazarlo por cualquiera de las ¿miles? de verduras alternativas.

Nuestros afamados interventores quieren en cambio que desaparezca, que el aumento de los alimentos y otros productos de la canasta básica no se calculen nunca más. En síntesis, un nuevo escándalo.


Cristina y Carrió: candidatas de la inflación

Cristina y Carrió van y vienen contradictoriamente cuando hablan de la inflación. Eso sí, nunca se equivocan ni por casualidad planteando algo que favorezca a los trabajadores.

Veamos sus planteos: Cristina pasa de su famoso “la inflación no existe”, y “yo creo en los número del INDEC” a otras veces donde, en especial si su auditorio son empresarios, pontifica que “un poco de inflación está bien”, que “el crecimiento se sostendrá con un dólar alto”, demostrándoles la realidad que ellos están ganando justamente porque la inflación ha bajado un 25% los costos salariales desde la devaluación hasta hoy.

Lo de Lilita no tiene desperdicio: pasa de proponer “enfriar” la economía (léase bajar salarios y achicar los gastos sociales) para combatir el “flagelo” inflacionario, a defender a la oligarquía. Así, no le importa cuánto subirán los alimentos que se exportan, ya que lo importante es eliminar las retenciones al agro para garantizarles ganancias a los terratenientes y monopolios exportadores.

Como quien diría, dos candidatas, cuatro discursos, todos contra el salario de los trabajadores. ¿Le parece que merecen ser votadas?


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IS

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