El Socialista

6 de octubre de 2010  Nro. 176

El Socialista es una publicación de Izquierda Socialista

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Escribe:
Mercedes Petit

Un gran militante revolucionario y escritor

Recordando a John Reed

Este norteamericano inquieto y brillante fue ante todo un dirigente revolucionario de la Tercera Internacional. Quienes seguimos luchando por el triunfo de nuevas revoluciones socialistas con democracia obrera estamos en deuda con él, no solo por su ejemplo de vida militante, Nos dejó un libro imprescindible, "Diez días que estremecieron al mundo".

John Reed

John Reed

El 17 de octubre de 1920, hace 90 años, falleció en Moscú John Reed, víctima del tifus. Era una más de las miles de muertes provocadas por las penurias inmensas que sufría la Rusia Soviética en medio de la guerra civil. Reed había participado en el Segundo Congreso de la Tercera Internacional, fundada el año anterior en Moscú. Le faltaban pocos días para cumplir 33 años. A su lado estaba su esposa Louise Bryant, también norteamericana, socialista, feminista y escritora, que había viajado en esos días desde EE.UU. para visitarlo.

De Harvard a la lucha por la liberación de los trabajadores

John Reed nació en octubre de 1887 en Portland, ciudad situada en el extremo norte de la costa oeste de Estados Unidos. Su padre era un hombre que se forjó enfrentando a los monopolios que se apoderaban de las enormes riquezas vírgenes de aquellas regiones. Un buen pasar económico familiar y su gran inteli- gencia le permitieron a Reed ingre- sar en la Universidad de Harvard, la más prestigiosa del país, donde se educaban los hijos de los más ricos y privilegiados. Estudió, pero

también formó allí un club socialista. Cuando dejó la universidad comenzó una vertiginosa carrera de escritor, poeta y periodista viajero. Rápida- mente sus traslados comenzaron a acompañar las huelgas obreras del momento. Fue la voz de los mine- ros de Colorado que enfrentaron a Rockefeller y la represión asesina. Acompañó a los campesinos en armas y a Pancho Villa en la marcha sobre el Palacio Nacional, y los retrató como nadie en su libro “México en armas”. Cuando volvió de allí denunció la intervención de las compañías petroleras inglesas y norteamericanas que enviaban oro y armas para combatir la revolución. Fue detenido infinidad de veces.

Al estallar la guerra interimpe- rialista fue corresponsal en Francia, Alemania, Italia, Turquía, los Balcanes y Rusia. Denunció incansablemente esa carnicería, lo que le valió detenciones y juicios. Cuando EE.UU. entró en el conflicto, se salvó de ser alistado porque se tuvo que extirpar un riñón. Con ironía decía que la operación lo “puede liberar de hacer la guerra entre dos pueblos. Pero no me exime de hacer la guerra entre las clases”.

El cronista de la revolución

En julio de 1917 viajó a Petrogrado, en plena revolución, y se quedó. Fue el testigo y participante directo de muchas acciones de aquellos meses decisivos, que llevarían al poder por primera vez en la historia a un gobierno revolucionario de obreros y campesinos, asentado en los Soviets y dirigido por los bolcheviques. Fue juntando los periódicos (Pravda e Izvestia en primer lugar), los volantes y afiches, todo lo impreso que encontraba a su paso (tanto por los revolucionarios como por la contrarrevolución). Cuando volvió a los Estados Unidos logró rescatar su formidable colección aunque al desembarcar en Nueva York se la incautó la policía. Y se encerró a escribir. En poco tiempo nació esa única e irremplazable crónica de la insurrección de octubre: “Diez días que estremecieron al mundo” (ver recuadro). Grupos fascistas norteamericanos intentaron varias veces robar su manuscrito de la casa editorial, pero afortunadamente no lo lograron.

Un militante de la clase obrera

La rica producción de Reed como publicista e historiador fue resultado de su dedicación a la militancia revolucionaria. Formó parte del Partido Socialista de EE.UU. En abril de 1918 acompañó con sus crónicas el juicio contra los 101 miembros de los IWW (International Workers of the World). En septiembre de 1919 el PS se dividió y John Reed encabezó su ala izquierda, que fundó el Partido Comunista Obrero. Al mes siguiente fue incorporado al Comité Ejecutivo de la Tercera Internacional y regresó a Rusia.

En julio de 1920 participó del Segundo Congreso. Luego viajó a Bakú, en el Cáucaso, para acompañar el Congreso de los Pueblos de Oriente. A su regresó a Moscú murió a los pocos días, el 17 de octubre, víctima del tifus. El dirigente e historiador trotskista Pierre Broue escribió: “Con él desaparecía no solo un incomparable cronista e historiador de la revolución rusa, un enorme periodista, sino también un hombre generoso, entusiasta, sincero y desinteresado, convencido de lo que decía y dispuesto a sufrir y morir por sus ideas, un hombre auténtico...” Y agregó que era mucho más que un “revolucionario romántico” como se lo suele presentar: “Un revolucionario cabal, con una inmensa inteligencia, un coraje a toda prueba, una lucidez que le ganaba el respeto de todos.”*

John Reed no titubeó al dejar de lado las ventajas y comodidades que hubiera disfrutado como periodista y escritor graduado en Harvard y afín a su clase de origen. Abrazó con fervor y consecuencia la lucha por el triunfo de la revolución obrera y socialista, cuyos primeros pasos pudo acompañar antes de que lo sorprendiera tempranamente la muerte.

Sus restos fueron depositados en un lugar que tanto amó: la Plaza Roja de Moscú, en las murallas del Kremlin. Los cubren una piedra de granito sin pulir, donde está su mejor epitafio: John Reed, delegado a la Tercera Internacional, 1920.

 

* Histoire de l’Internationale Communiste (1919-1943). Fayard, París, 1997. Se puede ver la película de 1981 Reds, escrita, producida y dirigida por Warren Beatty, quien también interpreta a John Reed, más allá de que comparta el ángulo de “romántico” que señala Broué.


Un libro inmortal: Diez días que estremecieron al mundo

En un pequeño prefacio a su primera edición en 1919 en Estados Unidos, Lenin escribió que había leído el libro "con vivísimo interés y profunda atención". Y se lo recomendó "con toda el alma a los obreros de todos los países". Reproducimos un pequeño fragmento, en el cual Reed pinta dramáticamente el choque de clases que se vivía en la revolución de octubre.

La anécdota del soldado*

Nos encaminamos a la ciudad. A la salida de la estación había dos soldados armados de fusiles con la bayoneta calada. Los rodeaba un centenar de comerciantes, funcionarios y estudiantes, que los atacaban con apasionados argumentos e increpaciones. Los soldados se sentían molestos, como niños castigados injustamente.

Dirigía el ataque un joven alto de uniforme estudiantil y expresión muy altanera.

“Creo que está claro para vosotros -decía insolente- que, al levantar las armas contra vuestros hermanos, os convertís en instrumento en manos de bandidos y traidores”.

“No, hermano -respondía seriamente el soldado-, vosotros no comprendéis. En el mundo hay dos clases: proletariado y burguesía. ¿No es eso? Nosotros...”

“¡Me sé yo esas estúpidas charlatanerías! -le interrumpió con rudeza el estudiante-. Los mujiks [campesinos] ignorantes como tú os habéis hartado de consignas, pero no sabéis ni quien lo dice ni lo que eso significa. ¡Repites como un papagayo!..” La gente se echó a reír... “¡Yo mismo soy marxista! Te digo que eso, por lo que vosotros peleáis, no es socialismo. ¡Eso no es más que anarquía al servicio de los alemanes!”.

“Bueno, sí, comprendo -respondía el soldado. A su frente asomaba el sudor-. Usted, por lo visto, es un hombre instruido y yo soy muy simple. Pero me figuro que...”

“¿Crees en serio -le interrumpió con desprecio el estudiante- que Lenin es un amigo verdadero del proletariado?”

“Sí que lo creo” -respondió el soldado, que estaba pasando un gran apuro.

“Bien, amigo. ¿Pero sabes tú que a Lenin lo mandaron de Alemania en un vagón precintado? ¿Sabes que a Lenin le pagan los alemanes?”

“Bueno, eso yo no lo sé -respondió terco el soldado-. Pero a mí me parece que Lenin dice lo que yo quisiera escuchar. Y toda la gente del pueblo dice lo mismo. Porque hay dos clases: burguesía y proletariado...”.

“¡Imbécil!¡Yo, hermano, me pasé dos años en [la cárcel de] Schlüsselburg por actividades revolucionarias cuando tu todavía disparabas contra los revolucionarios y cantabas el Dios salve al Zar! Me llamo Vasili Gueórguievich Panin. ¿No has oído nunca hablar de mí?”

“Nunca, y perdone... -respondió humilde el soldado”. Yo no soy un hombre de muchas luces. Y usted debe ser un gran héroe...”

“Así es -dijo el estudiante en tono convincente-. Y me opongo a los bolcheviques porque están destruyendo Rusia y nuestra libre revolución. ¿Qué dices ahora?”

El soldado se rascó la nuca. “¡No puedo decir nada! -el esfuerzo mental contraía su rostro-. Para mí la cosa está clara, pero no tengo instrucción. Parece que es así: hay dos clases, el proletariado y la burguesía...”

“¡Y dale con tu necia fórmula!” -gritó el estudiante.

“...dos clases nada más -prosiguió tozudo el soldado- Y el que no está con una clase, está con la otra...”

 

* Hyspamérica, Buenos Aires, 1985. Capítulo VII, “El frente revolucionario”.


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