El Socialista

3 de febrero de 2010  Nro. 158

El Socialista es una publicación de Izquierda Socialista

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Escribe:
Mercedes Petit

Hace 410 años la Iglesia Católica lo quemó vivo

Giordano Bruno, mártir de la ciencia

En el siglo XVI, un hombre brillante, pero más que nada honesto y consecuente con sus convicciones, se atrevió a desafiar las falsas “verdades absolutas” del dogma católico. En febrero de 1600, la Inquisición lo quemó en la hoguera.

Monumento en homenaje a Giordano Bruno, inaugurado en 1889 en Campo di Fiore (Roma). En ese lugar fue donde lo quemaron

Monumento en homenaje a Giordano Bruno, inaugurado en 1889 en Campo di Fiore (Roma). En ese lugar fue donde lo quemaron

El naciente sistema capitalista estaba cambiando el mundo. La todopoderosa Iglesia Cristiana se había complementado durante muchos siglos con el feudalismo en su funcionamiento totalitario jerarquizado. En 1517, Martín Lutero clavó sus “95 tesis” en las puertas de una iglesia en Alemania, denunciando las prácticas de la Iglesia Católica. La reforma protestante se extendió a través de Europa. El Vaticano respondió con un contraataque -la Contrarreforma- para cualquier persona que se atreviera a desafiarla.

El monje hereje

Giordano Bruno nació en la ciudad de Nola, cerca de Nápoles, en 1548. Apenas cinco años antes había comenzado lo que se llamó la “revolución copernicana”. En 1543 el astrónomo Nicolás Copérnico afirmó que el Sol, no la Tierra, era el centro de un universo finito, con los planetas en órbitas circulares alrededor, y más lejos las estrellas, en una esfera fija a una distancia considerable. Esa idea, que había estado presente en antiguos pensadores griegos y luego prácticamente se borró, era un desafío a las posiciones (indiscutibles) cosmológicas de la Iglesia. La visión religiosa del Universo, cuidadosamente ordenada, con la Tierra como centro, reforzaba el rígido orden feudal, con los siervos en la base, los señores arriba, y el Papa en el pináculo.

En ese ambiente de efervescencia, el inquieto joven Bruno ingresó en 1562 a la orden de los dominicanos en Nápoles, más preocupado por leer e investigar que por consagrar su vida a la oración. Poco después habrían empezado los procedimientos en su contra por sospechas de herejía. Desde 1576 en adelante ya no dejará de ser un perseguido y exiliado, un viajero incansable que fue ganando prestigio por sus obras y sus enseñanzas. Sus años en Inglaterra fueron de los más productivos.

Sus ideas sobre el universo

La definición de gigante (ver recuadro de Engels) le cabe ampliamente a Giordano Bruno. No sólo por lo que representó como actitud ética -preferir quemarse vivo antes que abjurar de sus convicciones-, sino que además fue un gran científico, que aportó en el hervidero de avances y elaboraciones de su época. Fue uno de los primeros filósofos en discutir cuestiones científicas en su idioma, desafiando a la Iglesia, que imponía el uso del latín para evitar la difusión de las ideas y dificultar las discusiones. La obra de Copérnico sólo estaba en latín.

En 1584 fue uno de los primeros pensadores que planteó la existencia de un universo infinito, que contiene un número infinito de mundos similares a la Tierra. El rechazó los límites del sistema de Copérnico, que postulaba un universo finito limitado por una esfera fija de estrellas un poco más allá del Sistema Solar. Bruno argumentó que el Sol no era el centro del Universo, y que si fuera observado desde cualquier otra estrella no se vería diferente de ellas.

La Iglesia lo hizo arrestar en Venecia el 23 de mayo de 1592. Lo interrogaron sobre sus trabajos filosóficos, y el 27 de enero de 1593 lo enviaron a la Inquisición en Roma por petición directa del nuncio papal, Taverna, actuando en nombre del papa Clemente VIII.

Durante su detención en Roma lo interrogaron por siete años sobre todos los aspectos de su vida y de sus opiniones filosóficas y teológicas. El 15 de febrero de 1599 la Inquisición encontró a Bruno culpable de ocho actos específicos de herejía, los que la Iglesia no ha revelado hasta ahora. Según los limitados documentos disponibles, fue procesado por sus opiniones “ateas” y por la publicación de “La expulsión de la bestia triunfante”. Él se negó a retractarse. Sobre todas sus obras, dispusieron que fueran destruidas y quemadas públicamente en la Plaza San Pedro, y colocadas en el índice de Libros Prohibidos.

Mártir de la verdad científica y contra la iglesia

A lo largo del siglo XIX su nombre y su obra fueron ganando peso. Tanto filósofos idealistas (entre otros Hegel) como racionalistas, masones y materialistas, lo reivindicaron. En 1889 fue inaugurado un monumento en su memoria en el “Campo di Fiori”, en Roma, donde funcionó aquella hoguera. Uno de sus impulsores fue el marxista italiano Antonio Labriola.

Lo que más le debemos a Giordano Bruno no pasa quizá por la astronomía, la filosofía o la ciencia de la naturaleza. Lo que lo hizo único e imprescindible fue su desafío a la Iglesia Católica y sus falsos dogmas, su defensa sin condiciones de la investigación, el debate libre y de la verdad científica. Fue quien echó en cara al Vaticano y su aparato todopoderoso sus más de mil años de mentiras. Por eso lo quemaron vivo.

Ahora, en el siglo XXI, cuando hay modas intelectuales que postulan la inexistencia de “verdades”, y recaen en el irracionalismo idealista, vale la pena recordarlo*. Por su parte, la Iglesia Católica, que desde 1992 comenzó a plantearse el problema de “pedir disculpas” por haber obligado a retractarse al fundador de la ciencia moderna, Galileo Galilei, sigue guardando total silencio sobre Bruno. Como él les dijo a sus verdugos antes de que le clavaran un clavo en la lengua en la tortura previa al fuego, “Acaso tengáis más miedo vosotros al pronunciar mi sentencia, que yo al recibirla”.

 

* Se puede bajar de Internet la película “Giordano Bruno, el monje rebelde”, dirigida en 1973 por Giuliano Montaldo y encabezada por Gian María Volonté.


Uno de aquellos gigantes

Refiriéndose a los siglos XVI y XVII, decía Federico Engels, fundador junto con Marx del socialismo científico en el siglo XIX: “Fue la más grande revolución progresista que la humanidad había vivido hasta entonces, una época que necesitaba gigantes y engendró gigantes: gigantes en poder de pensamiento, pasión y carácter, en multilateralidad y sabiduría. […] la investigación de la naturaleza se movía entonces en medio de la revolución general y era, ella misma, totalmente revolucionaria, puesto que tenía que luchar por su derecho a la existencia. [..] es significativo que los protestantes se adelantaran a los católicos en la persecución de la libre investigación de la naturaleza. Calvino quemó a Miguel Server, cuando estaba a punto de descubrir la circulación de la sangre […] la Inquisición se contentaba siquiera con quemar lisa y llanamente a Giordano Bruno.” (Dialéctica de la naturaleza).


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