El Socialista

7 de junio de 2006 Nro. 033

El Socialista es una publicación de Izquierda Socialista

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Patricia Walsh
Escribe:
Patricia Walsh

A cincuenta años de los fusilamientos de José León Suárez

“Hay un fusilado que vive”

El club de ajedrez donde mi padre, Rodolfo Walsh, jugaba algunas noches a la semana, en la ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires, todavía está allí en una de las esquinas de la plaza San Martín. Se sigue jugando al ajedrez.
El 7 de junio es el Día del Periodista, recordando a Mariano Moreno. El 7 de junio de 1810 se publicó el primer diario de la Revolución, la Gazeta de Buenos Aires.
Y este 9 de junio del 2006 se cumplen cincuenta años de un fusilamiento de trabajadores en un basural de José León Suárez, provincia de Buenos Aires. Quien denunciara, en 1956, aquellos fusilamientos en el basural, fue un joven periodista, mi padre, Rodolfo Walsh.

Operación Masacre en historieta.

Operación Masacre en historieta.

Rodolfo Walsh

Rodolfo Walsh

A mi padre, traductor, periodista, escritor, que tenía entonces 29 años, le había parecido bien el derrocamiento de Juan Domingo Perón, un año antes.

Antiperonista, pero no gorila - como se describiría a sí mismo, años más tarde, al momento de denunciar los fusilamientos del basural-, mi padre acordó con el derrocamiento de Perón y confió en que cierto clima que él consideró asfixiante, para su oficio de periodista, terminaría con el gobierno del golpista general Eduardo Lonardi.

Mi padre era entonces nacionalista y lonardista, y un antiperonista que acordó con el golpe, confiando en que no hubiera vencedores ni vencidos. Esa ilusión le duró tres meses.

Cuando Pedro Eugenio Aramburu e Isaac Rojas desplazaron en el ejercicio del poder dictatorial al enfermo general Lonardi, y cuando se conoció la verdadera cara del llamado Plan Prebisch y la autodenominada Revolución Libertadora se convirtió en la Revolución Fusiladora, Rodolfo Walsh fue el periodista que denunció los fusilamientos de civiles en el basural.

Los restantes fusilados, el general Juan José Valle y los militares sublevados que lo acompañaron, condenados a muerte por haber pretendido recuperar el poder desalojado por el golpe militar, en septiembre de 1955, salieron con sus nombres y apellidos en todas las páginas de los diarios. Una prensa, siempre cómplice al poder de turno, justificaba los crímenes de Pedro Eugenio Aramburu y de Isaac Rojas bajo el fundamento de la aplicación de la “justicia” militar.

Pero los civiles fusilados en el basural, obreros peronistas, asesinados, heridos, o sobrevivientes y fugitivos, fueron completamente silenciados, ignorados, ocultados. Hasta que mi padre quebró el silencio de la impunidad con su denuncia periodística.

La vida de mi familia, mi propia vida, que entonces tenía 4 años de edad, cambió para siempre. Fue precisamente jugando al ajedrez, en diciembre de 1956, cuando alguien le dijo a mi padre, en voz baja, “hay un fusilado que vive”. Era Juan Carlos Livraga.

Operación Masacre

Los fusilados del basural eran civiles, eran obreros, eran peronistas. Algunos de los fusilados en el basural participaban de la fallida insurreccción del general Valle. Otros ni siquiera sabían.

Quiénes eran, por qué se los llevaron detenidos de sus casas y se los fusiló en el basural, por qué mentían con la aplicación de la ley marcial, que se dictó después de la detención, y quiénes dieron las órdenes de asesinar trabajadores, fue la denuncia que mi padre escribió y publicó. Y la llamó Operación Masacre.

Años después contaría que al comenzar la investigación, él era un periodista oscuro, que le costaba ganarse el mango, que ya estaba casado y con dos hijas, que quería ganar dinero y prestigio, un premio internacional de periodismo, y que la política le importaba poco, cuando no le importaba nada.

Cuando logró la entrevista con “el fusilado que vive”, cuando escuchó el testimonio de Juan Carlos Livraga, que se pudo escapar malherido del basural, pero lo volvieron a secuestrar del hospital, y moribundo lo metieron preso para que se muriera, abandonado en una celda, y sin embargo nuevamente logró sobrevivir; cuando vio el tiro que le había atravesado dos veces la cara y que había dejado su huella terrible, mi padre dijo que se sintió ofendido.

Y con esa ofensa al hombro, que sintió como una obligación, sin querer pensarlo mejor, su denuncia sobre la Operación Masacre cambió su compromiso con el oficio, que a su vez cambiaría la forma de hacer periodismo en la Argentina. Y también cambió su relación con la política, que le interesaba poco, que le importaba nada, y que ahora lo volvía a él mismo un perseguido, y si denunciaba, un condenado.

Dicen que mi padre inventó, con Operación Masacre, el periodismo de investigación, y es cierto, porque aunque nos parezca raro, eso no existía como tal.

Yo agrego que inventó la llamada campaña periodística, las notas por entrega, y es así que años más tarde publicaba campañas que pudieran ser actuales, “La secta del gatillo alegre”, “La secta de la picana”, “La secta de la mano en la lata”. Esos eran sus títulos de ayer, y siguen siendo títulos de hoy.

“Escribo este libro para que actúe”, dijo mi padre cuando no se calló. Y el libro actuaba, porque no sólo era verdadero lo que allí se denunciaba, con nombres y apellidos, sino que el temible rumor de que fusilaron en el basural era una denuncia ya publicada, escandalosa, con todas las letras.

Yo también fui fusilado

Así nace lo que hoy llamamos prensa alternativa, prensa de denuncia, periodismo de investigación, que poco o nada tienen que ver con los multimedios de hoy, con los medios del poder que denuncian con todos los recursos del poder algunos chanchuyos del propio poder.

El periodismo de Walsh era el periodismo de recurso cero, y su herencia no puede ser otra que la prensa alternativa, una prensa que no calle y que no practique la obsecuencia.

Para él fue andar sin un mango, fugado, cobijado por los muy pocos amigos que se bancaban algo así. El que le prestó el rancho helado en Merlo, el que le dio una cédula falsa, a nombre de Francisco Freyre. Y los que sostuvieron la investigación con valentía, la joven periodista Enriqueta Muñiz, el locutor de Radio Nacional que le entregó el libro de locutores, que probaba que a la hora de las detenciones no había Ley Marcial, y por eso fue cesanteado.

Un héroe puede ser cualquiera, bromeaba mi padre, cuando recordaba los actos de coraje personales y colectivos. Salir a la calle el 29 de mayo, en Córdoba, en 1969, eso era ser un héroe. Y hablaba y escribía sobre el Cordobazo.

Fue recién años más tarde -que ahora ya no parecen tantos, porque su vida tampoco fue tan larga-, hacia fines de la década del 60, que mi padre se sumará al peronismo, a la izquierda del peronismo. Sus razones quedaron escritas por él mismo, y como todas las razones, no deberían pensarse sin tener en cuenta el contexto histórico.

Es la clase obrera la que es peronista, decía, y yo escribo para esta clase. También escribió: “Soy lento. He tardado más de quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda”. Y bromeaba diciendo “se trata de un avance laborioso a través de la propia estupidez”.

Mi padre formó parte del Peronismo de Base, primero, y más tarde, sobre el final de su vida, se sumó a la organización Montoneros. Militante crítico de su propia organización, advirtió con lucidez la derrota de la que formaba parte. Escribió sobre los errores a la dirección de su organización, practicó la crítica y la autocrítica, en condiciones muy adversas, y sus críticas, que fueron silenciadas, no pudieron ya impedir que ocurriera lo que advirtió: la consumación de una Gran Masacre por la última dictadura militar y una derrota que lleva muchos años revertir.

Sabiendo que le quedaban pocas chances de sobrevivir, negándose a ir al exilio, proponiendo el paso a una forma diferente de lucha, la resistencia, no pudo ser ni siquiera escuchado, leído, comprendido o discutido, hasta muchos años después. Para entonces él también había sido fusilado, y como tantos otros, él también era un desaparecido. Tenía 50 años.

En esta semana de aniversarios, recordando aquel basural donde se fusiló, a las víctimas y a las razones de sus asesinos, a Mariano Moreno - cuya lectura tanto le gustaba a mi padre-, y a más de un centenar de trabajadores de prensa, víctimas también de la última dictadura militar, no imagino a la mayoría de estos hombres, con sus valientes biografías, adhiriendo al oficialismo de turno, que incluso les rinde homenaje, mientras sigue aplicando impunemente la miseria planificada para millones de argentinos.


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IS

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